Nacional

Un baile al que Anaya no supo entrarle a tiempo

La última charanga, antes de arribar al Gran Forum, pareció prefigurar el estado actual de su campaña: “Llorar, llorar y llorar, al verte entrar con flores de azahar, me pongo a llorar”.

Se escuchaban las notas de Los Socios del Ritmo cuando Ricardo Anaya apareció con una flor blanca entre las manos, regalo de una actriz de medio pelo, como lo sería también el acto organizado por el partido Movimiento Ciudadano.

Habrían querido bailarse aquí, como cada fin de semana, las rolas de la Sonora Ponceña o el Gran Combo de Puerto Rico, pero en cambio irrumpió hasta el hartazgo la canción de Yuawi y su “na-na-na-na-na”.

No era Willie Colón ni Oscar D’León… Esta vez era Anaya, el de la sonrisa congelada, quien subió a la tribuna arropado por las adiestradas banderas naranja y los franquiciatarios del Frente. Ahí estaban Miguel Ángel Mancera, presentado como el principal promotor de la coalición en crisis, y Dante Delgado, jefe de clan desde hace más de 20 años.

No era Simón, El Gran Barón, aquel enfermo de la cama 10 a quien nadie lloró, muerto después en la sala de un hospital por una extraña enfermedad en el verano del 93… No. Ricardo recorrió el mismo escenario acaparado hace unos días por Merenglass con la intención de mostrarse sano y apasionado rumbo a la jornada del 1 de julio, vacunado contra cualquier fiebre de encuestas, aunque su disfraz no resultó del todo creíble.

Como si se tratara de conjuros para ahuyentar el mal, los acarreados de Dante le dedicaron desde el principio frases de arrojo: “¡Venga Ricardo, tú puedes!”, “¡Arriba, no es tiempo de flaquear!”.

Pero el candidato presidencial no prendió: ofreció el discurso más corto de los oradores, lejos de los dotes imaginarios de gran disertador; y fue incluso superado en entusiasmo por el propio Mancera—en su camino al Senado— y por Alejandra Barrales, aspirante a la Jefatura de Gobierno de la CDMX y quien al menos aceleró a los asistentes con sus medias negras y con expresiones como: “Soy una mujer que donde pongo el ojo pongo la bala”, “mi apuesta es por las jefas que con o sin marido saben sacar adelante a los hijos” y “los del otro proyecto dicen que ya ganaron, pero ni ellos se la creen, en el fondo nos tienen miedo”.

Anaya, en cambio, tardó más en agradecer el respaldo de sus padrinos políticos; nervioso y aferrado al cuadernillo de anotaciones, se limitó a evocar la manoseada amnistía de Andrés Manuel López Obrador: “¿Ustedes quieren perdón para los criminales?”, preguntó, y luego, de una manera fría y superficial, enumeró los ejes de su cada vez más quimérico programa de gobierno: combate a la corrupción y a la pobreza extrema, igualdad, ataque a la impunidad y seguridad pública.

Se presentó con la camisa arremangada, los botones del pantalón deshilachados y botines de gamuza ligera, listo en el papel para ofrecer un inusual bailoteo salsero, pero en la pista resultó casi un fiasco, sin técnica ni sabor. No hubo enchufes, guarapos ni balseros. Tampoco sambucas ni abanicos.

Por eso entre la concurrencia continuaron los exorcismos. Una mujer adiposa se abrió paso para ofrecerle plegarias divinas: oprimió sus manos y le dijo: “En el nombre de Cristo se irá todo mal de su camino y quedará declarado que usted será presidente”.

A esa oleada de buenas vibras se unió el exbeisbolista Matías Carrillo, quien fuera jugador de Grandes Ligas con los Cerveceros de Milwaukee y los Marlines de Florida. “Éste sí batea por encima de los 300, no como otros”, dijeron los presentadores en son de burla cuando fue anunciada su presencia.  El exjardinero llegó al palacio de la salsa sólo para obsequiarle al panista una casaca con el número 18, en alusión al año de la añorada fortuna.

Después de siete minutos sobre la plataforma cumbianchera, Anaya guardó su inservible acordeón y comenzó a despedirse azuzando el movimiento de banderolas naranjas. Con las orejas rojas bajó la escalinata y se dispuso a las selfies y poses de fotografía, con la sonrisilla de piedra ya conocida, el rictus gélido de sus días de campaña.

Yuawi volvió a sonar. Se guardó la pista de los lloriqueos con flores de azahar, “porque no le conviene al candidato”, aunque sí refleje su realidad. Entró el mariachi y al final, ya cuando Anaya había huido de los flashazos, se anunció al longevo cantante Humberto Cravioto, pero sus palomas queridas y nubes viajeras no retuvieron a la multitud, ansiosa ya por subir a los camiones rentados, cobrar su comisión y volver a casa.

Llorar, llorar y llorar… Y en esa partida incierta, aún sobre la pista del Gran Forum, cómo dieron ganas de mover la chancla, un poquito siquiera, con el “Idilio” de don Willie o, ya ni modo, con el “Llorarás” del gran Óscar de Venezuela…

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