Demócratas liberales en crisis

Francisco Báez Rodríguez

Las señales se acumulan. Apenas la semana pasada, el gobierno de Estados Unidos dio un viraje hacia el proteccionismo comercial, golpeando a sus socios y aliados; en Italia, se formó un gobierno de alianza de dos formaciones populistas; en Colombia, la segunda vuelta estará polarizada entre extremos. En México, las encuestas apuntan a una victoria de López Obrador. Algo muy profundo está cambiando y más vale entenderlo.

No es que las democracias liberales, que tras su victoria en la Guerra Fría parecían destinadas a convertirse en la norma, estén encontrando problemas en su irresistible avance hacia el futuro. Están en una franca crisis, de la que pueden no salir.

Ése es un problema para todos. Y más para quienes pensamos que la democracia es el mejor régimen político, que las libertades individuales son importantes, que el capitalismo funciona pero debe y puede ser acotado, y que no existen soluciones fáciles para problemas complejos.

La ola no se detuvo con el brexit y la elección de Donald Trump. Ha continuado en todo el mundo y, si analizamos las perspectivas en varias naciones, encontraremos que las ideologías y las prácticas políticas que eran hegemónicas a principios de siglo, hoy están en retirada. Ni la derecha liberal ni la socialdemocracia han podido evitar una sangría que se ve por todas partes. El capitalismo democrático, tal y como lo conocimos, puede desaparecer (o, al menos, puede irse desvaneciendo). Al contrario, fenómenos como el de Putin, que podrá ser muy antidemocrático pero es popular en su nación, tienden a repetirse.

El mundo, de repente, empieza a parecerse al de hace un siglo, cuando la crisis de los viejos regímenes dio luz a otros, casi siempre nacionalistas, a menudo autoritarios, pero que decían tener las soluciones a los problemas de la humanidad. Ahora, además, ni siquiera existen los faros ideológicos que guiaban las luchas sociales. Todo es un arroz con mango.

Una cosa en común que tienen nuestros tiempos con los de hace un siglo es un severo problema de distribución del ingreso. Tras un periodo de igualación relativa, en las últimas décadas hemos regresado al punto de partida en esa materia. Por supuesto, lo hemos hecho a un nivel más alto de desarrollo: hay menos miseria, menos hambre, más satisfactores materiales. A cambio, las bajas expectativas de bienestar futuro, la falta de movilidad social y la desesperanza están de regreso.

El gran problema de quienes han estado al mando en las democracias liberales es que no han querido ver eso. O peor: sí lo han visto, pero han considerado que el actual ordenamiento es capaz de solucionar paulatinamente el problema. Por eso, la crisis política les estalla en la cara.

Hace no mucho se le preguntaba a un importante funcionario mexicano por qué, si los números macroeconómicos son decentes y las reformas estructurales están funcionando, el Presidente no es popular. Su primera, genuina, reacción fue decir “no sé”. Luego, claro está, dio una explicación estructurada. Esa explicación no quitaba una incomprensión de fondo de las razones del malestar social. Esa incomprensión, hay que decirlo, es mutua: en estos años, en México y en muchos otros países, se ha generado una desconexión entre la clase política y la gente de a pie, entre “arriba” y “abajo”. Simplemente, no se entienden.

El hecho es que, tras la crisis financiera mundial que estalló hace diez años, se hicieron evidentes procesos que ya estaban en curso incluso en los años de oro de la democracia liberal: el crecimiento desigual de las regiones integradas a la economía internacional, el estancamiento en los ingresos reales de los asalariados, las dificultades de las nuevas generaciones para acceder a empleos de calidad y los constantes ajustes fiscales.

¿Qué respuesta hay a estos problemas que vive la gente de carne y hueso? Si se piensa que hay una racionalidad superior en las leyes económicas y que eso debe estar fuera de duda, entonces hay un problema serio de comprensión de la realidad social. Es el resultado lógico de una larga historia de separación entre ciertas corrientes económicas y su materia de estudio. Las categorías teóricas se convirtieron en fetiches y la economía, en teología, por aquello de la pretensión de tener la Verdad, única y con mayúsculas.

Así no se va a ninguna parte y se abren las compuertas para respuestas falsas en lo político y lo económico, igualmente pretenciosas, que no pasan por el tamiz de las reglas democráticas, de los ordenamientos institucionales, pero que tienen el atractivo de ofrecer un retorno a míticos tiempos mejores (en los que éramos sin duda más pobres, pero existía la esperanza fundada de dejar de serlo).

La respuesta menos efectiva al populismo es machacar con las mismas propuestas, los mismos dogmas y la misma actitud de sabelotodo que originó el caldo de cultivo del populismo. Es tan ingenuo querer reconstruir el paradigma neoliberal de los años 90 como querer regresar a la Jauja del Estado benefactor de los 60. Y tampoco sirven las propuestas socialdemócratas tradicionales.

Los demócratas habrán de reiventarse, o acabarán sepultados, sin entender y sin entender que no entendieron.

Mientras eso sucede, el mundo se seguirá moviendo hacia el nacionalismo y hacia regímenes de hombre fuerte, como los de China, Rusia, y tantos otros países. No es lo deseable. Por lo mismo, más vale ir apretando el paso.

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Twitter: @franciscobaezr

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