Cuando mueren nuestros héroes - Fernando Argueta | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Miércoles 06 de Junio, 2018
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Cuando mueren nuestros héroes

Fernando Argueta

Cuando mueren nuestros héroes algo de nosotros se va con ellos, quizá son recuerdos, hazañas, momentos de una época irrepetible que se aloja en una nostalgia que nos deja sin palabras por un instante, un instante que no volverá. Y cuando digo héroes, no me refiero a esos de barro que nos impone la historia oficial, sino a esos deportistas de verdad, esos de carne y hueso que, quizá sin haberlos conocido en persona jamás, nos legaron algo, nos hicieron más aguerridos, más competitivos y sobre todo mejores personas, me refiero a gente como Dwight Clark, receptor de los 49ers de San Francisco en los 80, y quien murió el lunes anterior a los 61 años de edad.

Clark murió a consecuencia de la llamada enfermedad de Lou Gehrig (en alusión al beisbolista), que no es otra cosa que la esclerosis lateral amiotrófica o ELA, una enfermedad de las neuronas en el cerebro, el tronco cerebral y la médula espinal que controlan el movimiento de los músculos voluntarios.

Caray, qué difícil es creerlo, un tipo de volaba campo arriba para atrapar balones y que al final de sus días llegaba en silla de ruedas al estadio porque apenas y podía caminar; sin duda, una imagen que impacta a cualquiera, y más a quienes nos tocó verlo durante toda su carrera en los 49ers.

ACTITUD

Es verdad que nunca estuvo cerca de ser el mejor receptor de la Liga, ni tampoco era el más veloz ni el más estético; sin embargo tenía un sello que lo diferenciaba, tal y como lo dijo en su momento el entrenador George Seifert: “Nunca fue muy rápido, pero se desmarcaba: no era el más fuerte, pero se crecía al castigo. Lo que realmente impresionaba de él, era su durabilidad y su actitud incansable”.

Clark era el ejemplo de muchos individuos comunes y corrientes, no tenía las grandes cualidades físicas, pero su trabajo lo diferenciaba. Fue descubierto por casualidad  en una sesión para evaluar al quarterback Steve Fuller de Clemson. Clark era el único receptor disponible para atrapar sus envíos. Ahí le llenó los ojos a Bill Walsh. La prueba de que no era ningún superdotado es que fue reclutado hasta la décima ronda de 1979.

Y si, no era el prototipo del receptor atlético, de hecho era de raza blanca, justo cuando los jugadores de raza negra comenzaban a monopolizar la posición, pero era un hombre muy carismático; no en vano muchos lo conocimos primero por ser el novio y posteriormente esposo de la hermosísima Miss Universo de 1980, Shawn Weatherly. Sin embargo, sería un año después cuando él lograría dejar su sello en la historia con una jugada que no sólo definió un pase al Super Bowl XVI, sino el inició de una dinastía (los 49ers de los 80) y la terminación de otra (los Vaqueros).

SU SELLO

The Catch (la atrapada), así de simple su nombre pero así de impactante en muchos que a vimos por televisor, que nos hizo brincar del sillón, y que después de casi 40 años no la olvidamos. Esa atrapada, para sacarle el juego a los Vaqueros en la final de NFC, lo inmortalizó, así como también lo inmortalizó su manera de ser más allá de las frías estadísticas. Anécdotas, hay muchas, pero sólo algunas lo definen como el tipo de ser humano que rompe con ese molde que mucha gente tiene de este deporte que lo casan con la brutalidad y la violencia física.

Para Dwight, el juego y el equipo iban más allá de esas primitivas concepciones. Era un compañero de verdad, un amigo y un líder nato. Esa primera vez que lo vio Walsh, lo que le impacto más fue su manera de ser como persona, como individuo. Eddy De Bartolo, el carismático dueño de los 49ers lo comentó tiempo después: “Le pregunté a Bill si había notado la manera de ser de ese chico; me contestó que sí”.

Era bromista, era un amigo, era un tutor, principios básicos que Walsh buscaba para dar cimientos a su proyecto de equipo, principios que quizá muchos siendo niños aprendimos de sólo ver a jugadores como él.

De Bartolo recuerda la anécdota del autógrafo. Después del triunfo en el Super Bowl XVI, el dueño le pidió al fantástico Joe Montana que le firmará una foto para su oficina. Joe le puso: “Un millón de gracias, Eddy”.

Clark, al ver que no le pidió lo mismo a él, le envió una foto suya con la leyenda: “Medio millón de gracias, Eddy”. El detalle nunca lo olvidó el dueño.

Ronnie Lott, el safety y esquinero estrella, cuenta que tras el triunfo del primer Super Bowl, llegó a los campamentos de temporada baja para comenzar apenas su segunda temporada. “Cuando me encontré con Dwight le extendí la mano para saludarlo, después de todo, yo era casi un novato, y él ya era un jugador consagrado. Su respuesta no fue un saludo de mano, fue un abrazo. En ese momento supe que estaba en el lugar correcto y la clase persona y amistad que había ahí”.

UN TUTOR

El increíble Jerry Rice, quien llegó en 1985, justo después del segundo título, y que a todas luces poseía cualidades excepcionales para ser el siguiente receptor número uno del equipo y por consiguiente tomar el rol de Clark, encontró el Dwight no un celoso rival que veía amenazado su puesto, sino un amigo y un tutor que le ayudó a descifrar las intrincadas rutas de la ofensiva de Walsh.

“Para mí era algo totalmente diferente a lo que había visto en el futbol colegial; era muy difícil el ramal de rutas a correr pues había que tomar decisiones mientras uno corría y veía la reacción de la defensiva. Dwight se quedaba conmigo tiempo extra para explicarme. Siempre se lo agradecí”, comentó Rice.

Así era y así fue Dwight Clark a lo largo de su carrera y de su vida. Un hombre que dejó un legado por su manera de ser y de jugar, que sin saberlo, en muchos dejó una huella como esa jugada que lo inmortalizó y que a muchos nos llevó hasta bautizarla para los tochitos como la jugada SF (rolar a la derecha y buscar al receptor alto y al fondo), que en buena medida se puso de moda, que se volvió una clásica, una jugada que aún ahora nos hace vibrar.

 

 

 

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