Extremistas y moderados

José Carlos Castañeda

La democracia mexicana, como mecanismo de transmisión del poder entre partidos políticos en una competencia electoral regulada y confiable, apenas cumple unos cuantos años. Algunos fecharán su inicio en 1997; otros, en el 2000. Sin embargo, la alternancia partidista no vino acompañada de otros cambios en el modo de gobernar. Los problemas del país persisten. Quizá los ciudadanos esperan mucho más del sistema democrático, pero conviene recordarlo, de vez en vez, como dice Karl Popper: “La democracia es el único régimen que permite el cambio de gobernantes sin tener que acudir al costoso expediente de la sangre”. Tal vez tenemos que explicarlo en estos tiempos electorales: la democracia sirve para dirimir en una comunidad donde convive una pluralidad de opciones políticas, pero de manera específica: “ofrece una vía institucional y pacífica para nombrar y remover a gobernantes y legisladores”. Hay que repetirlo para no desilusionar a nadie: las democracias no construyen carreteras, no cobran impuestos, no generan riqueza, no resuelven problemas de desempleo, tampoco resolverán la inseguridad ni la violencia criminal.

Desde la caída del Muro de Berlín, las tendencias ideológicas han confundido sus coordenadas. Para entender este nuevo giro en la brújula política, propongo releer a Norberto Bobbio. En sus criterios para distinguir a la derecha de la izquierda ofrece un mapa muy claro, con dos ejes principales: en la línea vertical, las categorías extremismo o moderación; en la línea horizontal, los valores libertad o igualdad. Con este marco identifica a los movimientos igualitarios y autoritarios, como de extrema-izquierda; en cambio, los igualitarios y libertarios, se ubican en la centro-izquierda. En la centro-derecha están aquellos movimientos o doctrinas que son libertarios, pero no igualitarios, se limitan a la igualdad frente a la ley. En cambio, la extrema-derecha, como el fascismo o el nazismo, se define por ser antiliberal y antiigualitaria.

Con este panorama ideológico, Bobbio ilustró cómo reubicar los ejes que definen la preferencia electoral. Sin embargo, en los últimos años hemos asistido a una intensificación en las simpatías y las pasiones políticas: el radicalismo y el extremismo están a la orden del día, no importa el espectro ideológico. Tanto derecha como izquierda han renunciado a conciliar con una visión temperada. La moderación política, indispensable para el diálogo y los acuerdos, quedó relegada.

Desde la perspectiva de la doctrina de la virtud, Bobbio señala que los moderados y los extremistas se encuentran en las orillas opuestas: mientras los extremistas, “comparten las virtudes guerreras, heroicas, del coraje y la temeridad”; los moderados abrazan virtudes “como la prudencia, la tolerancia, la calculadora razón, la paciente búsqueda de la mediación, consideradas despectivamente mercantiles”, porque son indispensables para la estabilidad y el crecimiento de las relaciones de mercado, pero también “del mercado de las opiniones, de los intereses en conflicto que constituyen la esencia de la democracia”.  La figura del guerrero opuesta a la imagen del mercader. Los moderados son gradualistas entienden los plazos, los procedimientos y la construcción lenta de las instituciones. Los extremistas son apocalípticos e interpretan los cambios históricos como saltos cualitativos o rupturas. En otras épocas, esta dicotomía enfrentó a revolucionarios con reformistas. Hoy, está más claro que nunca, que los extremos se atraen. Su común denominador: la aversión, el odio, el repudio al otro. Los extremistas se definen por su actitud violenta en contra de quien disiente de sus opiniones. Cuando las virtudes heroicas predominan en campo político, la democracia sucumbe.

@ccastanedaf4

 

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