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La familia, los sabores, lo que nunca olvida una familia libanesa mexicana

“El hecho de que mi madre se casara con un mexicano nos amplió el espectro, porque vivimos ambas culturas y daba lugar a fusiones muy curiosas; me acuerdo de fiestas charras donde la comida que llevaba mi mamá era kepe, cosas así, y todo mundo preguntando, queriendo probar lo que ella había llevado”

Muchos libaneses mexicanos siguen teniendo lazos con sus familiares allá. Yo soy segunda generación de emigrantes libaneses y sigo teniendo vínculos con mi familia: conozco la casa de mi abuelo, el hogar de mis tíos, de mis tías. Pese a las guerras, y a la destrucción que ello acarreó, muchos lugares se han conservado”, recuerda Carlos Martínez Assad (Amatitlán, Jalisco, 1946), que aún tiene entre sus postres preferidos el pastel de dátil, y disfruta un desayuno de huevos a la cazuela. Todo eso es parte de los vínculos de la memoria y las emociones, lazos que no se disuelven con el tiempo.

Podría decirse que hubo una interrupción de esos vínculos, para toda la comunidad libanesa mexicana en los tiempos de los grandes conflictos mundiales. De hecho, las migraciones se interrumpieron, pero a partir del fin de la segunda guerra mundial, se reanudaron. “ya estaba el tío que quería casar al sobrino con la hija del amigo de allá, y esas relaciones se mantendrán todo el tiempo; se suspendieron pero no hubo ruptura.”

La presencia permanente de familia y amigos libaneses permitieron que el niño Martínez Assad tuviera siempre presente sus raíces y las imágenes de aquella tierra lejana.

“Fue, supongo, el azar, lo que hizo que siempre estuvieran cerca. Entre mis mejores amigos de infancia y juventud siempre hubo muchachos de origen libanés como yo. A lo mejor esto es una predisposición mía como historiador, entonces hablaba mucho con los viejos, y cuando en mis novelas hablo del abuelo, estoy fundiendo muchas historias que me contaron diversos viejos de la comunidad”.

Así se fue configurando una certeza, la de la tierra lejana, “que había algo más allá de este país donde estamos, más allá de México”.

“Una vez, llegamos de unas vacaciones escolares, pasadas en la casa de mi abuelo en el estado de Hidalgo, regreso a la escuela y la tarea es una composición: ‘¿Qué hicieron en las vacaciones?’, y yo me inventé que había viajado a Líbano. “No seas mentiroso, me dijo la maestra”, yo conté todo lo que escuchaba, y este detalle solo sirve para decir que yo ya estaba con la idea de que no nada más estaba México, sino que había otro país, lejano, con el que yo tenía un vínculo, y en mi caso familiar, los que mantenían el contacto eran los sacerdotes, porque tenían más facilidad para viajar, siendo México un país cristiano, cuando venían mis tíos, sacerdotes maronitas, se organizaban de inmediato las bodas, los bautizos, los quince años, para que coincidieran con su presencia. Y ellos nos hablaban de los primos, de las tías, de la familia que estaba allá”.

Pero tener una madre de origen libanés y un padre mexicano, hacía la vida diferente: “El hecho de que mi madre se casara con un mexicano nos amplió el espectro, porque vivimos ambas culturas y daba lugar a fusiones muy curiosas; me acuerdo de fiestas charras donde la comida que llevaba mi mamá era kepe y cosas así, y todo mundo preguntando, queriendo probar lo que ella había llevado. Esto era una combinación curiosa, y mi padre se acostumbró a comer todo lo libanés, le gustaba mucho, y esa es una de las cosas que siempre permaneció en casa: los postres, los desayunos como los hacen en el Centro Libanés y es imposible no mencionar los tacos al pastor, que son una prolongación de la preparación libanesa original”.

Martínez Assad recuerda elementos del mundo religioso como un eco de ese Líbano: “las historias de Jesús en Canaán, en Cafarnaún, lugares que están en territorio libanés; saber que Jesús hablaba en arameo, que es la lengua del oficio religioso maronita… creo que la suma de todo eso se vuelve algo imperecedero, que se va enraizando… ahora lo veo con mis hijos, esta herencia cultural los motiva a unos más que a otros”.

Carlos Martínez Assad conoció Líbano a los 24 años. “Había lugares muy reconocibles en el Beirut de entonces, aunque mucho de lo que vi esa primera vez desapareció en la guerra de 1975, pero llegué a la Plaza de los Mártires, que mi abuelo llamaba Plaza de los Cañones. Vi el puerto, y el lugar de origen de la familia, que está en la montaña y que se encuentra casi intacto. Ese primer viaje fue un reconocimiento, pero también fue un contraste, una confrontación, porque no solo encontré el Líbano mítico, sino el real; no solo la montaña que olía a perfume, sino la pobreza, los campos de refugiados. Y entonces entendí que Líbano es como decir “así en el cielo como en la tierra”, las dos visiones de una misma realidad”.

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