La pasión por el futbol (segunda parte)

Edgardo Bermejo Mora

Cierta noche canicular de 1993, en la glorieta que resguarda a la Columna de la Independencia de la ciudad de México, se dieron cita a los pies de lo que se conoce como el “altar de la Patria” el más variopinto catálogo de caballeros y damas pertenecientes a la congregación de los amantes del futbol.

Ahí, a los pies de la columna sobre la que se encarama el “Ángel” de la Independencia —reconstruido tras su caída fatal en el terremoto de 1957—, danzando en círculo y brincoteando, a pie, en bicicleta o sobre los hombros de otros colegas, se hallaban reunidos los mejores hijos de la patria. Una gran asamblea igualitaria y libérrima cuyos diferentes orígenes sociales se confundían en un marasmo donde el color verde y los grandes sombreros predominaban. El sudor masivo y la emoción colectiva rubricaban sin lugar a sospechas el acontecimiento más importante de la temporada: el pase de México a una final de un campeonato internacional de primera línea.

La turba no imaginaba —pues ello hubiera resultado anticlimático en ese momento— que el monumento encargado por el general Porfirio Díaz al arquitecto Antonio Rivas Mercado, para celebrar el centenario de la Independencia en 1910, era una pieza más próxima a la imitación que al hallazgo creativo y que, al menos en términos estrictamente arquitectónicos, desmerecía por mucho su condición de símbolo nacional. El propio Díaz pagó un largo viaje de Rivas Mercado por Europa, que tiempo después regresó con el boceto de una columna en cuya cima se erigía un torso alado y femenino, que no era otra cosa que la constatación de una doble impostura: todo aquel conjunto le debía tanto a la Columna de la Plaza de la Bastilla en París, erigida siete décadas atrás para honrar a los caídos en levantamiento contra la monarquía de Carlos X; y a su vez tenía tanto en común con el Angel de la Victoría que coronaba el cielo de Berlín desde 1873, a encargo del Káiser Wilhelm II —a la sazón el último emperador de Alemania—, que el monumento mexicano dejaba más que en entredicho su pretendido simbolismo de independencia.

Original o no, lo cierto es que esa noche no faltaba nadie a la cita. A los pies de la Columna, el Pucas y su pandilla corrían sin tregua alrededor de la glorieta no menos eufóricos que el resto de los peregrinos. Aquella banda de conductores de peseros y mecánicos viajaron a bordo de una flotilla de microbuses desde algún punto incierto en el oriente de la ciudad. Poco antes, de camino a la celebración, vaciaron la vinatería de un incauto, que hubo de pagar con un botellazo en la cabeza y una retahíla de insultos la osadía de mencionar el pago de las cervezas, cuando estaba claro, para el Pucas y los suyos, que aquel día las cervezas, las botanas y los goles corrían por cuenta de la patria.

No había un guión preestablecido para agradecer a los dioses el favor de la victoria. Simplemente los hinchas brincaban, bailoteaban y daban vueltas y vueltas bajo el influjo de una sola consigna demencial, que se repetía como un credo: ¡Mé-xi-co! ¡Mé-xi-co!. Eran miles, eran un chingo, eran la encarnación del amor, y todos parecían poseídos por la misma histeria febril, incontenible.

Cerca de ahí, en el bar de un gran hotel de cinco estrellas, apuraban los últimos tragos de la primera etapa del festejo Nacho, Paul, Adrián, el Coque y resto del grupo de corredores de bolsa y ejecutivos de finanzas que se citaron para ver el partido en una pantalla gigante dispuesta para la ocasión. No sabía aquella partida de jóvenes relamidos que abandonar la comodidad del hotel para unirse al resto de la grey, habría de ponerlos de golpe ante una realidad abrumadora: la notoria mayoría de jodidos y descamisados en la orgía futbolera, cuyo sudor de raza pura resultaba inconfundible y desafiante.

¡Pinches nacos! —sentenció Nacho— ¿Ya vieron a ese güey meándose en las garras del león?—. ¡Ya lo ví —respondió Gabi Madrazo, que de pronto se supo en medio de una vorágine despreciable y primitiva— puta... que asco!. Pero ocurrió que al enorme felino de mármol y granito, que se apostaba impasible a los pies de la columna, le importaba menos el tibio baño de orines que al causante mismo de la afrenta, es decir, al Pucas, que se reconoció sorprendido en la felicidad de su acto. Y lejos de suspenderlo, o inhibirse, prefirió girarse un poco para ofrecerle a la audiencia de pirrurris una mejor ángulo desde el cual contemplar la persistencia de sus fluidos y el grosor altivo de su verga, al tiempo que con un ademán de la cabeza les reto sin hablar y como diciendo entre dientes: “Qué pedo, putos”.

Naturalmente a Nacho no le parecía correcto que un tipo como ese le diera por mostrar su tripa sucia y peluda, y juzgaba increíble que al parecer nadie se percatara de la escena, como no fueran él y sus amigos. Y nada hubiese pasado, absolutamente nada, de haber continuado su marcha en redondel —negando aquella evidencia hostil, o tan sólo de aceptar que aquella multitud no estaba allí para ofender a nadie, ni para dar explicaciones de nada, una turba ciega y extasiada, coro democrático y atroz de un pueblo jubiloso. Pero Adrián no se pudo contener. Adrián miró al Pucas y reconoció en él a la imagen de lo más despreciable, el rostro analfabeta de los descastados, la pose sucia y abyecta de un pendejo insolente.

Y Adrián se le fue a los golpes aprovechando su metro noventa de estatura, y sus clases de box Thai en el Club Libanés. Los gritos destemplados de Gabi y las otras compañeras del banco se diluyeron en la marea ensordecedora de aquella fiesta nacional, de modo que por un momento nadie percibió la gresca, y Nacho, y Paul, y Jordi, y el Coque, y los demás, que de pronto se encontraron con el cuerpo sudoroso y prieto del Pucas muy cerca de sus pies, les dio por rematarlo como quien se ensaña con un bulto. Lo habrán molido a patadas por espacio de un minuto, justo el tiempo necesario para que los otros, es decir, los amigos del caído, reconocieran su ausencia al doblar por la esquina norte de la escena.

 


@edbermejo
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