Los transparentes, de Ondjaki | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 09 de Junio, 2018

Los transparentes, de Ondjaki

Los transparentes, de Ondjaki | La Crónica de Hoy

(Fragmento)

—al menos dime de qué color es ese fuego…

el Ciego habló dirigiéndose a la mano del muchacho que le sujetaba el cuerpo por el brazo, ambos con el miedo de permanecer quietos para no ser engullidos por las enormes lenguas de fuego que salían del suelo persiguiendo el cielo de Luanda

—si supiera explicar el color del fuego, abuelo, sería un poeta de esos que dicen poemas con la voz hipnotizada, el VendedorDeConchas acompañaba las tendencias de la temperatura y guiaba al Ciego entre caminos más o menos seguros, por los que el agua, que chorreaba de las tuberías reventadas, hacía de pasillo para quien se atrevía  a caminar entre  la selva de llamaradas que el viento azotaba

—te pido a ti que mires porque tienes las vistas abiertas. Yo lo siento en la piel, pero también quiero imaginar el color de ese fuego el Ciego parecía implorar con una voz acostumbrada a dar más órdenes que caricias, el VendedorDeConchas sintió que era una falta de respeto no responder a esa duda tan concreta que pedía, con una voz de cariño, una sencilla información cromática aunque difícil y tal vez imposible el muchacho sacó de su interior unas lágrimas calientes que lo llevaran hasta la infancia, porque era allí, en ese reino desprevenido de pensamientos, en el que podría nacer una respuesta florida, viva y fiel a lo que veía

—no me dejes morir sin saber cuál es el color de esa luz caliente las llamaradas gritaban con fuerza e incluso un ciego de ver podía sentir una sensación amarilla que invocaba memorias: del pescado a la brasa con frijoles en aceite de palma, de un sol caliente de playa al mediodía, o del día en que el ácido de la batería le robó la animación de ver el mundo

—abuelo, estoy esperando una voz de niño para darle una respuesta vista de cerca o de lejos, la noche era una trenza de negrura y retiro, la piel de un bicho nocturno goteando lodo por el cuerpo; había estrellas que brillaban tímidamente en el cielo y un letargo de cierto  aire de  mar, conchas que crujían en la arena con el calor excesivo y cuerpos de personas en incineración involuntaria; y la ciudad, sonámbula, lloraba sin que la luna la cobijara el Ciego hizo que sus labios temblaran con una sonrisa triste

—no tardes, muchacho, que nuestra vida ya está casi asada las nubes a lo lejos, el sol ausente, las madres gritando por sus hijos y los hijos ciegos sin ver la luz fatua de esa ciudad que transpiraba bajo el manto encarnizado, preparándose para recibir en la piel una profunda noche oscura, como sólo el fuego puede enseñar las lenguas y las llamaradas del infierno distendido  en una caminata visceral de animal cansado, redondo y resoluto, que huye del cazador con el deseo renovado de ir más lejos, de quemar más, de causar más ardor y, exhausto, de buscar la quema de cuerpos que pierden el ritmo humano; armonía respirada, manos que acariciaban cabellos y cráneos alegres en una ciudad en la que, durante siglos, el amor había descubierto, entre brumas de brutalidad, algún que otro corazón en el que habitar

—abuelo, ¿cuál era la pregunta?

la ciudad ensangrentada, desde sus raíces hasta lo alto de los edificios, se veía forzada a inclinarse hacia la muerte, y las flechas que anunciaban su fallecimiento no eran flechas secas sino dardos llameantes que su cuerpo, con rugidos, acogía como un destino adivinado y el anciano repitió su discurso desesperado

—dime de qué color es ese fuego…

Odonato escuchó la voz del fuego lo vio crecer en los árboles y en las casas, y recordó los juegos de la infancia, en la que el fuego estaba hecho de bellos trazos de pólvora robada en la tienda de su padrastro, dibujos laberínticos con una fina cantidad en el suelo, y después un fósforo que incendiaba el peligroso juego hasta que un día, por curiosidad y determinación, decidió probar con un pequeño sendero en la palma de su mano izquierda. sin dudarlo, encendió la piel y el dolor: era esa la marca que ahora acariciaba mientras un fuego mayor consumía la ciudad en una gigantesca danza de amarillos que resonaba en el cielo

el fuego rugía Odonato ya no tenía fuerzas para dibujar con los labios un gesto mínimo de asombro, o ni siquiera una sencilla sonrisa, la temperatura le llegaba al alma y los ojos le ardían por dentro al final llorar no tenía nada que ver con las lágrimas, se trataba más del metamorfosear de movimientos internos, el alma tenía paredes, texturas porosas que las voces y las memorias podían cambiar

—Xilisbaba…—miró sus manos, pero no las vio— ¿dónde estás, mi amor?

en el primer piso del edificio, Xilisbaba se había encharcado el cuerpo con agua para protegerse del fuego, respiraba con dificultad y tosía despacio, como si no quisiera emitir ruidos en la mano apretaba un pequeño pedazo de sisal, imitando al que su marido tenía atado en el tobillo izquierdo; el sudor y los movimientos de Xilisbaba deshacían la cuerda en hilachos empapados que después le cubrían los pies, los demás la miraban guiándose por los ruidos y por la imagen ondulante de sus cabellos afuera, gritaban voces humanas las manos de las mujeres se atrajeron con un gesto delicado, casi secreto, más para compartir recelos que temperaturas MaríaConFuerza sintió que debía invocar otras fuerzas para aplacar las lágrimas de su comadre en el rostro de Xilisbaba las lágrimas escurrían en caudales regulares, MaríaConFuerza intentó mirar su cara y le adivinó los rasgos —escarpas de sal—, presintió su tristeza liberada por el aire, quiso tomarle el pulso, pero el bombeo del corazón de Xilisbaba, que pensaba en su marido aislado en la parte superior del edificio, era apenas un silencioso murmullo de venas

—María… quiero ver a mi marido por última vez… para hablarle de las cosas que una se calla toda la vida la mano de MaríaConFuerza presionó la de Xilisbaba como consuelo, y esta se dejó resbalar apoyando en la pared sus ropas, sus zapatos, su cabello y su alma

—tranquila, comadre, el fuego es como el viento, grita mucho, pero tiene una voz pequeñita el Edificio tenía siete pisos y respiraba como una entidad viva era necesario saber sus secretos, las características útiles o desagradables de sus corrientes de aire, el funcionamiento de sus cañerías antiguas, los escalones y las puertas que no daban a ningún parte. varios bandidos habían probado en su propia piel las consecuencias de ese maldito laberinto de pasadizos comunicantes que tenían comportamientos autónomos, e incluso sus habitantes intentaban respetar cada esquina, cada pared y cada hueco de escaleras en el primer piso las tuberías reventadas y una tremenda oscuridad desanimaban a los distraídos y a los intrusos el agua abundaba, incesante, y servía para múltiples finalidades, de allí salía el agua para todo el edificio, para el negocio de la venta por cubo y para el lavado de la ropa y de los carros, la Abuela Kunjikise era una de las pocas que atravesaba el inundado territorio sin mojarse los pies y sin haber probado nunca la tendencia a resbalar.

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