¡Bravo, caro Enrico! Y los mexicanos murieron de emoción al escuchar a Caruso - Bertha Hernández | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Domingo 10 de Junio, 2018
¡Bravo, caro Enrico! Y los mexicanos murieron de emoción al escuchar a Caruso | La Crónica de Hoy

¡Bravo, caro Enrico! Y los mexicanos murieron de emoción al escuchar a Caruso

Bertha Hernández

Nadie tenía duda, en el verano de 1919, que Enrico Caruso era el más grande cantante de ópera en todo el mundo. El anuncio de su visita a México fue tomado con entusiasmo y emoción: el ídolo de los escenarios más importantes de Europa y Estados Unidos iba a presentarse en nuestro país. Hay quien piensa que fue el esnobismo de una clase privilegiada en ascenso, aquellos a los que la revolución comenzaba a  “hacer justicia”, lo que desencadenó el entusiasmo colectivo por escuchar y ver a Caruso.

Si a eso se le agrega que también quedaban algunos pequeños grupos de nostálgicos de los días porfirianos, cuando México era también parte del concierto internacional, parecía que la presentación del famosísimo tenor napolitano era como un sueño que colmaba las aspiraciones de una élite, compuesta de viejos y nuevos ricos, con ganas de figurar nuevamente, de sentir que se terminaban los años de violencia, de hambre e incertidumbre, y que nuestro país entraba en las grandes rutas del espectáculo de primer nivel.

Pero había más que eso. Cuando se corrió la voz de que un gran cantante de ópera vendría a México, algo, una fibra sensible en los corazones de ciudadanos menos acaudalados, pero criados en un mundo donde se recordaban brillantes figuras y momentos espectaculares ocurridos en los escenarios nacionales en algún momento del siglo XIX, se removió y latió nuevamente.

Entonces, fueron miles los que desearon con toda su alma escuchar a Enrico Caruso, y su visita a México se convirtió en una ocasión de contento colectivo.

 

CUANDO A TODOS NOS GUSTABA LA ÓPERA. Si uno echa una mirada a lo que ocurrió en México a lo largo del siglo XIX con respecto a la ópera, es posible encontrar a un público conocedor, ávido de novedades y a empresarios con la audacia necesaria para contratar y traer a los cantantes que triunfaban en Europa, sabedores de que su inversión se redoblaría con creces. Muy pronto, la joven república, casi recién independizada, entró en las rutas de presentaciones de las grandes compañías operísticas francesas o italianas, y las más aplaudidas sopranos, y los más prestigiados tenores y barítonos llegaban a hacer temporadas, con llenos completos, en los teatros importantes de la Ciudad de
México.

La ópera, en aquellos días, se podía convertir en un perfecto escenario para actividades con valor político o simbólico. Para muestra, un botón: el Himno Nacional Mexicano, resultado de un complicadísimo concurso convocado por Antonio López de Santa Anna, se estrenó el 14 de septiembre de 1854, con un gran espectáculo montado por la Compañía de Ópera Italiana de René Masson, la soprano elegida para cantar la pieza premiada era nada menos que Henriette Sontag, muy querida por la afición mexicana y que era considerada, así de simple, la mejor cantante de ópera de todo el mundo.

Otro detalle: en mayo de 1862, para allegarse recursos con los cuales socorrer a las tropas mexicanas que enfrentaban la invasión francesa, se montaban importantes funciones donde los fragmentos de óperas famosas eran muy bien recibidas. En la función del 2 de mayo, estaba programada  “La Traviata”, aderezada con diversas presentaciones en los entreactos.

Ese 2 de mayo, el compositor Melesio Morales tocó a dos pianos, junto con la señorita Refugio Valenzuela, unas variaciones sobre Lucrecia Borgia, de Donizetti. La misma dama, en otro entreacto, ejecutó junto con Francisco Elorriaga otra serie de variaciones sobre los temas de otra ópera, “Marta”, de Flotow.

Las cosas siguieron por ese camino pasados los días de la invasión y el segundo imperio. Solo hay que echar un vistazo a las crónicas de Ignacio Manuel Altamirano para saber del amor que el público le profesaba a estrellas de la ópera como Adelina Ristori. Y, si uno se asoma luego a los diarios del propio Altamirano, se enterará que el corazón del coronel, poeta y periodista, latía enamorado de alguna de esas personalidades.

De verdad que a los mexicanos les encantaba la ópera.

¡Y LLEGÓ CARUSO! Con todo eso guardado en el baúl de los recuerdos emocionales, nada extraña que verdaderas multitudes se dieran cita para escuchar a Enrico Caruso, que se pelearan las entradas del teatro Iris y que hicieran filas demenciales para escuchar al cantante que, en vista de la locura que se había desatado, ofreció funciones nada menos que ¡en el Toreo de la Condesa!, para que nadie se quedara sin decir que había visto al gran Caruso.

México recibió al tenor en el punto más alto de su carrera; recién había recibido en Nueva York un reconocimiento por una trayectoria que ya sumaba 25 años de triunfos. Caruso era también un triunfador en el mundo de la tecnología, pues se había interesado por grabar óperas y los discos de la época –de 78 revoluciones por minuto- se vendían por
centenares.

Toda la capital enloqueció con la llegada del artista. El 26 de septiembre, algunas personalidades de la ópera, como las sopranos Consuelo Escobar y Josefina Llaca le rindieron homenaje al visitante en el Teatro Arbeu –hoy biblioteca Miguel Lerdo de Tejada-. Las reseñas de la época afirman que el homenaje fue un desastre, con medio mundo desafinando y el público abucheando a los cantantes.

Dos días después, Caruso ¡vestido de charro! asistió a una kermés organizada en la quinta del Parque Lira, donde comió “quesadillas y tortas”, como uno más.

Por fin, el lunes 29 de septiembre, Caruso dio la primera de las 6 funciones anunciadas en el teatro Iris. En cada una de esas funciones, los tres mil lugares se ocuparon. ¿Qué cantó? La programación incluyó “Un baile de máscaras” de Donizetti, “Sansón y Dalila”, de Saint-Saëns, “Los payasos”, de Leoncavallo.

La locura fueron las funciones en el Toreo de la Condesa: la primera, el domingo 28, la plaza, repleta hasta los topes, soportó un aguacero endemoniado para escuchar al tenor interpretar “Carmen”, de Georges Bizet.

Cada función constituyó un éxito total, y el suelo de los escenarios quedaba cubierto de flores, mientras el público aullaba emocionado, y Enrico Caruso se enjugaba las lágrimas de emoción que asomaban a sus ojos. Si se piensa que en cada presentación en el Toreo se vendieron más de 20 mil boletos, más el lleno total en las funciones del Teatro Iris, cómo no iba a llorar Caruso; cómo no iba a llorar de pura, sana y próspera alegría.

 

La presencia de Enrico Caruso en México fue una fiesta colectiva: lo llevaron a kermeses, a poner primeras piedras y miles aguantaron lluvias intensas por escucharlo.

 

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