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El precio de buscar un mejor futuro

Iñaki Navarro Castellanos, médico pediatra.

La experiencia en carne propia le enseñó una lección que ahora aplica como premisa en su vida: la familia es lo más importante, y es que en aras de concluir su formación profesional, el doctor Iñaki Navarro Castellanos luchó por terminar sus estudios sin imaginar que ese objetivo lo alejaría de su pequeño hijo, quien comenzó a verlo como a un extraño.

Este joven y brillante médico adscrito al servicio de Cardiología Pediátrica e Intervencionismo del hospital “Adolfo López Mateos” del ISSSTE, ha contado en todo momento con el apoyo incondicional de su esposa, sin embargo, a un pequeñito de apenas unos meses era imposible explicarle que papá estaba estudiando para forjar un futuro mejor para su familia.

A los 18 años decidió estudiar medicina, —aunque su papá le pedía que lo pensara bien durante un año—, desde el principio pensó en cardiología para adultos, pero la vida lo llevó hacia la pediatría. Con una novia en la carrera de medicina quien prácticamente le pidió matrimonio después de seis años de noviazgo, ríe y cuenta aquella petición.

“Estábamos en la carrera, íbamos a tomar unas vacaciones, cuando de pronto ella me planteó: y qué tal que acomodamos nuestras vacaciones y entonces planeamos un paseo tipo luna de miel, y entonces aprovechamos y nos casamos….”.

La pregunta es inevitable, qué hizo él, cómo reaccionó. Su rostro dibuja una enorme sonrisa, y confiesa “esto, ella nunca me lo va a perdonar, pero sí, así ocurrió. Ella me lo dijo…. La verdad es que pues yo no sabía qué decir, pero cuando vi su cara, como de molestia, reaccioné de inmediato, y dije ‘sí claro, me parece perfecto’. Todo fue muy rápido, se planeó en seis meses, muy sencillo sólo familiares y los amigos más cercanos, pero una boda muy bonita”.

Hoy Iñaki Navarro presume convencido que su familia y su carrera son las mejores decisiones que ha tomado en la vida. Ama a su padre, aunque, reconoce, fue un hombre duro, ya que le advirtió que la carrera que eligiera “no habría cambio y si no me gustaba y cambiaba yo me la tendría que costear. Y mi mamá, es una mujer adorable, que se dedicó a atender a sus cuatro hijos”, toda su familia vive en Guadalajara, mientras Iñaki echó raíces en la Ciudad de México, por un amor, con quien ha concebido dos hijos que son su adoración.

El contacto con los niños, señala, le ha dejado la experiencia de ver la vida de manera diferente, porque no es lo mismo atenderlos en consulta, donde el 80 por ciento de los chiquitos que se valoran se curan, pero en hospitalización es muy difícil, aunque curiosamente ellos maduran distinto en sus emociones “son unos niños tan cariñosos, uno pensaría que como adulto si estás más de tres días hospitalizado te deprimes, te cambia el carácter, pero ellos pasan una, dos, o tres semanas y están de buenas, les haces una cara y se ríen”, ven la vida en forma distinta.

Al principio de su carrera, cuenta, a veces en una semana tenía un promedio de 20 horas dormidas y trabajar con todo ese cansancio físico; pero ver a los niños sonrientes, la verdad es que sí te cambia y eso te da más fuerzas “creo que a veces buscamos excusas para sentirnos tristes, pero cuando ves a los niños o a sus papás que están en tal situación, te das cuenta que lo más duro que puede haber en la vida es tener un hijo enfermo, eso te mueve mucho el corazón”.

El doctor Navarro Castellanos, ha estado consciente de lo importante que es la empatía con los padres de sus pequeños pacientes, sin embargo, nunca lo entendió de manera tan vívida como el año pasado, cuando su pequeño Iñaki tuvo que ser operado de urgencia.

“Cuando entró al hospital lo valoró el cirujano pediatra y yo como médico lo veía como algo muy natural, firme el consentimiento. Mi esposa estaba muy nerviosa yo traté de tranquilizarla con la seguridad de que ese procedimiento lo he vivido muchas veces.

“Lo duro, —añade— fue cuando llegamos al transfer, a donde los familiares ya no puede pasar…en ese momento me cambió el chip porque sé que eventualmente hay niños que no regresan, eso lo sé, y mi niño estaba sano, sin una patología grave, eso daba cierta tranquilidad, pero uno sabe que el riesgo siempre existe y la verdad es que después de esa hora y media de no saber qué pasa te hace darte cuenta lo que sienten los papás y cómo debes actuar como profesional”.

Iñaki Navarro se siente bendecido por contar en todo momento con el apoyo de su esposa, quien es psiquiatra especializada en trastorno bipolar en el Instituto de Psiquiatría Juan Ramón de la Fuente, así como tener la doble bendición de no haber perdido a uno de sus pequeños pacientes en quirófano, aunque advierte, que si llega ese momento —y toca de manera insistente la mesa—, deberá estar preparado para afrontar esa situación.

Señala que antes de medicina, en algún momento pensó estudiar Relaciones Internacionales, “aunque ahora que lo pienso, a lo mejor hubiera desertado, lo mío es la medicina y en particular cardiología intervencionista, “me encanta la medicina, pero si me hubieran dicho si tu esposa pudiera solita mantenerlos, por supuesto que me hubiera quedado de amo de casa sin problema, porque me encanta estar con mis hijos”.

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