Los indecisos y el arroz revuelto

Francisco Báez Rodríguez

Muchos de quienes antes confiaban en las encuestas electorales se han vuelto escépticos. De repente han descubierto que un alto porcentaje de los entrevistados se niega a responder, que hay una alta tasa de indecisos y que toda encuesta, además del margen estadístico de error, tiene algún sesgo de la casa.

Esta nueva desconfianza —porque antes las suspicacias residían en otro lado, el del candidato que califica de “cuchareada” toda encuesta desfavorable— se ha convertido en un nuevo instrumento de campaña política. La idea es decir que no hay nada para nadie, que las encuestas de opinión son tramposas y que todo se decidirá, partiendo de cero, el día de la elección.

Vale la pena, por tanto, hacer algunas aclaraciones-precisiones sobre el tema, abordando los principales alegatos que han hecho los nuevos escépticos.

Es normal que haya tasas elevadas de no-respuesta. Las hubo antes, las hay ahora. Las hay en las encuestas de consumo, en las de salud y en las de educación. La tasa de rechazo en México suele ser mayor mientras más alto sea el nivel económico y, en términos generales, es inferior a la que hay en países desarrollados, como Estados Unidos.

Cuando alguien no responde, se le sustituye por otro entrevistado de la misma sección electoral, por un vecino que tenga las mismas características sociodemográficas que el original. En otras palabras, las muestras se llenan, no quedan a la mitad.

En las encuestas electorales siempre hay quienes se declaran “indecisos”. El porcentaje suele ser relativamente amplio. Una parte de ellos en realidad no quiere dar a conocer su decisión de voto (lo que se da en llamar “voto oculto”). Otra está efectivamente indecisa. Y otros más en realidad son abstencionistas: su principal indecisión es si molestarse o no en ir a votar.

¿Qué porcentaje representa cada uno? Hay indicadores que apuntan a colocar a la mayor parte de los indecisos entre los abstencionistas. En el resto de las preguntas, son normalmente los menos interesados en política, los que califican más negativamente a todos los candidatos y partidos, los más pesimistas respecto al presente y el futuro del país y los más desencantados con la democracia.

Otro elemento en apoyo a esta idea es que, normalmente, el porcentaje de indecisos tiende a parecerse al de abstención. Es claro que no todos los indecisos se abstienen y que no todos los que afirman que irán a votar lo hacen. Pero en ambos casos, lo probable es que estemos ante minorías.

Históricamente, cuando se ha revisado, a partir de encuestas de salida, la votación de los indecisos —típicamente, aquellos que decidieron su voto la semana anterior a la elección o enfrente de la urna—, tendencialmente votan ligeramente más que el promedio a favor de la oposición y de los partidos chicos o candidatos independientes. Ligeramente. En otras palabras, pueden revolver un poco el arroz; casi nunca cocerlo.

La minoría que dice que votará y no lo hace, o que afirma que votará por un partido y termina haciéndolo por otro, es más o menos identificable en la batería de preguntas que hacen las encuestadoras. Si hay una clara disonancia entre las respuestas (por ejemplo, alguien que diga que votará por López Obrador, pero prefiere a Meade en un cara a cara y además tiene una buena opinión del presidente Peña Nieto), esa entrevista se purga o se pondera.

¿Qué quiere decir todo esto? Que lo que no sucede es que los “indecisos” se decidan al final y voten masivamente por un candidato.

En otras palabras, hay que estirar mucho la imaginación para suponer que los que no responden a las encuestas tienden a votar de manera radicalmente diferente a sus vecinos y que los indecisos pueden dar un vuelco a una elección que viene abierta según los estudios de opinión (sí pueden en una que venga cerrada, porque su efecto es de pocos puntos porcentuales).

También es normal que, en un proceso electoral, las diferentes encuestas tiendan a la convergencia. El voto volátil se va consolidando y ello ayuda a eliminar los sesgos de cada muestra o levantamiento. En México estamos ante esa convergencia (entre las empresas serias, no con las patito). Y resulta mucho más difícil negar los resultados coincidentes de varias encuestadoras diferentes.

Otro alegato común es que las encuestas ya no sirven como antes. Suele estar acompañado por los ejemplos del brexit y las elecciones de EU en 2016. Son ejemplos tramposos. En la votación del brexit, las encuestas traían las intenciones de voto dentro del margen de error. En la de Estados Unidos, suponían una victoria de Clinton por 3 puntos porcentuales; al final, la demócrata superó a Trump por 2 puntos porcentuales en el voto popular: la diferencia fue la distribución de votos del Colegio Electoral y eso depende de los resultados por estado.

Hay quien dice, incluso, que las encuestas no funcionan porque la generación millennial todo lo decide al último. Más allá de la generalización interesada, en los dos casos reseñados, Gran Bretaña y Estados Unidos, los jóvenes votaron mayoritariamente por mantenerse en la Unión Europea y por Clinton, así que por ahí no va.

En resumen, AMLO sí lleva una ventaja amplia. Falta casi un mes, pero el ventajón que trae en las decisiones potenciales de voto es innegable. Y Ricardo Anaya es claramente el segundo. No nos hagamos.

Todo puede cambiar, y lo que al final contará, valga la redundancia, es el conteo del INE. Pero decir que las encuestas se equivocan es querer hacerse guaje, y eso a nadie le sirve. Menos puede ser la clave para lo que queda de las campañas (pero, por lo visto, lo está siendo: hay quienes prefieren negar la realidad que enfrentarla).

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Twitter: @franciscobaezr

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