Ciudad

“Y si no te gusta, vete en un Uber”: malos microbuseros

◗ Todos los días en el sur de la ciudad, 43 mil usuarios están sometidos al peor servicio de transporte público

Choferes que hablan por teléfono mientras conducen, fuman y los que echan carreras con sus compañeros; unidades van sin placas, destartaladas y, lo peor de todo, accidentes como el de ayer sobre Miramontes (foto en esta página), es a lo que están expuestas diariamente 44 mil personas  que se mueven desde Taxqueña hacia sus trabajos y luego de vuelta a casa.

El epicentro de este servicio de ínfima calidad es Taxqueña, desde donde parten los ramales hacia Culhuacán, Canal Nacional, Ciudad Universitaria y Villa Coapa.

Cada chofer es distinto, pero al recorrer avenidas como Miramontes y Tlalpan (delagaciones Coyoacán y Tlalpan) no sólo las cumbias los identifican. Las faltas al reglamento de tránsito, los riesgos a los que someten a su pasaje les identifican. Crónica acompaña durante un mes a los pasajeros de estas rutas.

mala vida y mal viaje. Los usuarios parecen acostumbrarse a las anomalías en el servicio. Al ritmo de la música (cumbias, salsas o reguetón), una de las unidades de la ruta 12, que pasa por Miramontes. “¡Súbale! ¡Universidad!”, grita el cacharpo del microbusero (ayundante cuyo uso está prohibido, debe ser el operador quien cobre y opere solo la unidad). Los usuarios, presurosos porque ya se va la unidad, se introducen a lo que no puede describirse sino como un viejo autobús de pintura carcomida y que, en los últimos días, según el chofer, ha presentado fallas en la suspensión.

Ya encaminados hacia el metro Universidad, el chofer comienza con las violaciones al Reglamento de Tránsito…

Aunque tendría que circular por carriles laterales, circula por el de en medio. No conforme, recurre a una maniobra similar a las que realizan los actores de la película Rápido y Furioso: se pasa del carril de alta al de baja en un volantazo, para poder subir pasaje.

El conductor va enfundado en camiseta de vestir  blanca y pantalón negro, con una gorra azul de los Vaqueros de Dallas.

“Usted tranquilo y yo nervioso”, le dice a su cacharpo, quien se ve sorprendido por la maniobra. La escena no es excepcional en estas avenidas.

Infidelidades. Mientras las rutas de transporte que ligan Villa Coapa y la terminal del Metro Tasqueña  representan una carga diaria de unos 7 mil pasajeros (los coapenses se reparten en varias direcciones cuando van al trabajo o a la escuela), las colonias que atienden ruta como la 14, que se internan hacia CTM Culhuacán, Canal Nacional y las colonias Carmen Serdán y Zapata, deben trasladar a más de 33 mil según la Encuesta Origen Destino 2017 del INEGI. Es decir, algo así como 550 viajes individuales de microbuses considerando 60 pasajeros por unidad.

Todo debe dispararse en los horarios en los que la gente va con dirección a su actividad diaria por la mañana; en la tarde el proceso se repite en dirección contraria.

Desde que se pone un pie en el vehículo pueden comenzar las groserías: “¿No traes cambio?”, pregunta el chofer en uno de los viajes. Regordete, se ha molestado con un  usuario que paga con un billete de 50 pesos. “Pásate y te doy cambio ahorita”, ordena con un rostro agrio.

Ya encaminados, la unidad se llena. El cacharpo viaja en el único “asiento” reservado: un bote forrado de vinil con un cojín encima. Y pese a ser afortunado de no sufrir pisotones, arrimones o empujones, en muchas veces es origen de los mismos: “¡Acomódense!, ¡acomódense!... hay lugar más atrás, quedan huequitos… ¡Acomódense! Por favor”.

Quejarse en este mundo no es opción.Para los que lo hacen hay una respuesta: ““Mi amor, si no es un Uber, pásale sin pelear”.

La seguridad de los usuarios tampoco importa. La gente viaje colgada en las puertas, lo que, muchas veces —alega el chofer— obstruye su visibilidad.

Y así circuló por todo Miramontes, vialidad de las más transitadas de la Ciudad de México, con más conglomeraciones que cualquier otra.

Y para variar, en vez de ir concentrado en el manejo del camión, el chofer sirve también de confesionario:

“Creo que valió madres con mi morra”, dice el ayudante.

“¿Por qué?”, pregunta el conductor.

“Pues el día de la fiesta del Gato, ves que andaba con la Mariana y un wey tomó fotos cuando andaba acá con ella”,  explica el chalán.

La plática acapara la atención del conductor que no escucha el sonido del timbre de bajada. Un grito de “¡Bajan!” de un usuario molesto regresa al conductor a su trabajo.

“Para la otra paga un taxi”, masculla el conductor ante la molestia del usuario que baja varias cuadras más allá de la parada. La unidad reinicia el viaje y el chofer regresa a la charla sobre infidelidades.

El Cristo de neón. Otro día, en Tlalpan, una unidad de la Ruta 89 va camino a Culhuacán.

Es evidente que al conductor le gusta su tablero color neón, lo va presumiendo con su cacharpo. Incluso le puso un Cristo enorme que obstruye la visibilidad del parabrisas, algo que prohíbe el Reglamento de Tránsito. Asimismo le gusta escuchar el estéreo  a todo volumen. La unidad trae una fuente y un rebote, que hace que la música de Maluma apantalle a los que pasan por un lado, según lo que dice el conductor.

“Carnal bájale tantito, no puedes andar así”, le ha gritado el despachador en la base antes de salir.

Este chofer de pelos parados, ha dejado de lado la vestimenta obligatoria, va de camisa y tirantes que permiten ver sus tatuajes, una calavera y un ancla. La advertencia del despachador no es atendida y maluma sigue con aquello de

“Y si con otro pasas el rato

Vamos a-se feliz,

Felices los 4

Y agrandamos el cuarto”.

Ya con su unidad llena, el recorrido sigue con dirección a Bachilleres 4.

En el tráfico un vendedor de dulces, cigarros y gomitas aparece a mitad de la avenida; el operador saca la mano y le pide un cigarro, paga y lo enciende.

“Huele fatal, ya se encerró el humo…”, “parece un antro de mala muerte”, “chofer inconsciente, no sabes que está prohibido”, “ya ni la friega este hombre”, son los comentarios de los pasajeros. El chofer no se inmuta y sigue fumando.

Entonces, cigarrillo en labios, aparecen los tramos libres en la vialidad. El exceso de velocidad aparece también.

Los que venían sentados junto a las ventanas se dan cuenta que el origen es otro microbusero y una competencia por  ganar el pasaje.

“¡Cámara, culero, al rato te voy a ver pa’ madrearte!”, grita por la ventana a su compañero mientras lo deja atrás con un acelerón.

Los pasajeros que alcanzan a volver la vista hacia la unidad rezagada ven al otro conductor haciendo seña obscena...

Las unidades

Desde que uno llega al paradero de Tasqueña puede observar con detenimiento cómo son las condiciones de varias unidades, identificadas con el color verde que llevaban casi todos los transportes públicos hace más de 20 años combinado con un gris, se puede ver que esa pintura ya está desgastada.

El rugir del motor parece más un crujido de desesperación por un motor que se escucha viejo y desgastado por el paso de los años; mientras que por dentro los asientos ya están todos con el algodón de fuera y los tubos para sostenerse igual de oxidados que la pintura.

Las puertas de acceso ya tardan en abrir y otras unidades las mantienen abiertas porque ese funcionamiento ya no existe en su transporte; los cristales cuarteados y con cinta canela los que ya se encuentran rotos.

 

 

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