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Debate en el Mundo Maya donde ningún candidato fue sacrificado

Anoche en el Museo Mundo Maya, de metálico esplendor arbóreo, cuyas evocaciones de guerreros con tocados y penachos, lanzas hundidas en los cráneos vencidos; flechas y varas de turquesa salpicadas de sangre, como nos pinta Bonampak, hubo otra versión menos cruenta, si bien tan cruel, de la otra guerra: la de las palabras y los denuestos, lejana en sus formas —pero no en sus intenciones— de aquella batalla cuyo punto culminante fue la victoria del rey Chan Muwan.

La vida, el alma y la punta salieron juntas —como dice Homero— cuando el guerrero retiró la pica. Y todo se hizo noche.

Ahora en el último debate de los candidatos a la presidencia, con las urnas ya preparadas para dentro de apenas 17 días, nadie hundió las verdaderas lanzas, aunque algunas se quebraron, pero bajo la aparentemente educada guerrita de los candidatos, reptaba la misma intención de cuando los imperios se suceden sobre la piel de los derrotados: aniquilar al enemigo, como se queja amargamente Ricardo Anaya,  desde el saque, sometido —dice— a  una brutal embestida por su atrevido anuncio de campaña: una fiscalía para procesar al presidente Enrique Peña Nieto.

La guerra, siempre la guerra, como  nos han dicho Tatiana Proskouriakoff y Heinrich Berlín, quienes descifraron la escritura maya (junto con Yuri Knórosov quien vive en un monumento de piedra acariciando un gato a la entrada del museo), los personajes representados en las estelas y otras obras artísticas —incluyendo las alucinantes pinturas—,  “no eran representación de dioses envueltos en luchas cósmicas, sino férreos gobernantes que alcanzaron el poder con el uso de la fuerza (National Geographic)”.

“…En estos glifos, traducidos con rumores siberianos, se registraba la fecha de la guerra y el nombre del vencedor; también se hacía constar el rango y nombre del cautivo y algunas veces se añadía el número total de prisioneros. Todos estos hallazgos no dejaban lugar a la duda: la guerra formaba parte de la realidad cotidiana de los antiguos mayas”.

La guerra cuyo fin José Antonio Meade ubica en otra punta del mundo maya: en Palenque, donde están los confines del rancho de Andrés Manuel. Y allá lo manda a meditar con tiempo de sobra cuando todo esto acabe. Y El Peje, ríe

Pero en esta batalla, a diferencia del Mundo Maya sumido en formas casi incomprensibles de gobierno denominadas en el complejo concepto de la “heterocracia”, se busca llegar a  un nuevo gobierno basado en ese producto casi propio de la “incipiente” democracia mexicana. Signifique esto cualquier cosa.

Los candidatos anoche repitieron su credo sin novedades en el frente, cantaron su credo y rezaron su fervorín en esta sala del Museo del Mundo Maya, el cual —como todos sabemos— es la inspiración arquitectónica de una ceiba envolvente de un edificio apenas cubierto por la trama verde del metal cortado y soldado y ensamblado en el capricho de una fronda imaginaria.

No es un árbol con una casa, ni mucho menos un árbol habitado. Es una estructura forrada con láminas cuya intención esmeralda es hacerlo aparecer como un tambor metido en una red.

Sin embargo, el edificio es visualmente atractivo y como museo, funcional y educativo, como debe ser un sitio de esta naturaleza y este costo (más de 700 millones de pesos).

Ahí hasta hace días hubo una exposición. Un gran sapo, en honor –quizá– de aquellos cuya ingesta es menú de político estoico ante las adversidades y el horror, pero para los mayas, eran mensajeros y músicos de la lluvia.

Al batracio lo quitaron para darle espacio a un set de televisión con 14 cámaras y 200 lámparas, media docena de pantallas, temporizadores y cronógrafos; una mesa redonda, con pantallas y micrófonos, en la cual se sentarían 4 caballeros —en varios momentos nada caballerosos—, para convencer a quien sea necesario de las altas calidades de sus personas y las peores condiciones de sus adversarios.

Esos señores fueron interrogados, y en ocasiones reconvenidos, por Gabriela Warkentin (“se ha terminado su tiempo”), Leonardo Curzio y Carlos Puig (los catalanes lo pronuncian “push”, como quien empuja), quienes tuvieron oportunidad de equivocarse y acertar y pedirles a los candidatos centrarse en la respuesta —por respeto— a las anónimas personas cuyas preguntas ellos canalizaron con atingencia y severidad.

Pero los candidatos se trenzaban como Andrés quien —como Pedro— negó a Federico Rioboo, constructor, entre otras cosas, de los segundos pisos (como le consta a Claudia Sheinbaum) ante millones de espectadores y radioescuchas; internautas y navegantes de las redes cuando Anaya develó los contratos por asignación directa a favor del dueño —además— de la pirruris escuela Westhill.

—Si te  muestro los contratos, renuncias a la candidatura; sí o no. Y Andrés dice no, pero no y Anaya saca un cartón con la liga donde los contratos se prueban.

A las espaldas de los moderadores, había tres enormes rocas celestiales. Minerales cósmicos, como esos con cuya dureza sideral, “El Supremo”,  fundió los fusiles de su guardia pretoriana, según nos dijo Augusto Roa Bastos.

Fragmentos mayores de aquella estrella asesina cuyo impacto contra la tierra dejó su huella mortal en el cráter de Chicxulub,  antes de los tiempos de la memoria misma, causó tan enorme desequilibrio como para cubrir de polvo y oscuridad el mundo e impedir la vida y matar desde algunas especies menores hasta los enormes dinosaurios.

“Ésta fue —dice un viejo priista— una alusión para nosotros”. Pero ni Gómez Villanueva ni Jiménez Morales, se sienten aludidos cuando pasan por la gran explanada cuya amplitud ofrece un acceso sencillo y eficiente ahora lleno de soldados vestidos de civil, policías, militantes en las aceras y ordenados manifestantes con banderas azules, o rojas o verdes o como se quieran hallar.

El redondo museo guarda un orden temático y cronológico y  desde hace unos días –antes del cierre de tres días obligado por el debate, la toma del control por el Estado Mayor Presidencial y el asentamiento del Instituto Nacional Electoral, para la escenografía del señor Ray Sinatra y su troupe, cuyo director de cámaras —por cierto— fue cesado por no programar el fallido abrazo de Acatempan entre Vicente Anaya y Agustín de López,  en el encuentro tijuanense, el cual terminó en la fallida defensa  de la cartera.

Ahora si se pone la toma cuando se lían los pendencieros, como cuando Anaya le da a López y Meade le da a Anaya, “el único indiciado aquí”.

Pero antes hubo otra batalla (la más seria en la historia del INE) en la cual no hubo cámaras de televisión.

Como si se tratara del levantamiento de Izamal en 1848, en el preámbulo de la guerra de castas con sus 200 mil muertos, se dirimieron graves diferencias ideológicas no por los programas sociales impugnados por El Bronco y sobrevaluados por Andrés Manuel y su auxilio a la senectud o Meade y sus dos millones de personas elevadas por encima de la miseria.

No, la primera batalla, la escamaruza inicial, la flecha, el escudo, la pértiga, la honda; se dio entre la guayabera y la ropa de vestir convencional (saco y corbata, como en el Club  de Industriales), en la Ciudad de México.

De esa profundidad deben ser en México la discusiones de fondo.

Y con perdón  de quien no lo entienda: una guayabera no es una prenda de vestir, es una identidad, a pesar de haber sido importada de Cuba, porque como todos sabemos, en la isla hay una provincia llamada Sancti Spiritu, donde se escribió esta cuarteta cerca del río Yayabo:

 

“Y le llaman guayabera

por su nombre tan sencillo,

por llenarse su bolsillo,

de guayaba cotorrera”

 

Pero hasta el mediodía de ayer, todo era un misterio: “Vamos a ver quien gana”, decía la consejera Pamela San Martín. Que vengan como quieran”.

–Sería bueno si un candidato se presenta desnudo, le dijo alguien. Sólo así demostraría que no tiene nada que esconder.

Al final todos se vistieron como oficinista. Andrés llegó de guayabera, pero “me echaron montón” y se cambió en el camerino y se puso un traje simple y una corbata feúcha. Meade se puso “la verde” y alentó a la Selección de futbol y Anaya se vio luctuoso con una cinta  delgada, mientras El Bronco lucía prenda azul.

Pero a final de cuentas nada sucedió de fondo.

Los candidatos se portaron correctamente beligerantes. Nadie se tiró a matar; nadie ganó, nadie perdió, ni El Bronco cuando les pidió darse un beso o Meade cuando reveló como socios de Odebrecht a los familiares de Javier Jiménez Espriú, su prospecto de secretario de Comunicaciones.

Se dijeron, se acusaron y, como se esperaba, todo quedó en agua de borrajas.

Ya no se volverán a reunir nunca más. Al menos no para polemizar de tan superficial manera; dizque debatir.

Cuando sus nombres se vuelva a recitar juntos, ya será la noche del primero de julio y Lorenzo Córdova hablará como el oráculo certero con el ramillete de las tendencias en las manos.

Y entonces se acabará todo esto.

Terminarán las elecciones con algo de sainete y de las cuales nadie, ni el ganador ni los perdedores, podrán sentirse orgullosos. Especialmente los perdedores, pues eso seremos todos los demás mexicanos.

Como hubiera dicho alguien: en maya, mientras las promesas nos hacen a todos angloparlantes en el mundo moderno, como juran los aspirantes al poder:

Ri chaq` ab` kawulilik b` ikxuquje` ri q`equmal katzaq b ´ikk`a chuxe` ri siwan:chila` kujaluj ja`kujaluj nima`.(La noche se derrumba y la oscuridad cae al fondo del barranco: se hace agua y se vuelve río).

-Los moderadores, en un inicio, fueron rotundamente ignorados, trataban de mantener a los candidatos en el tema acordado, pero ellos ya llevaban algunas líneas de discurso preparadas. Las preguntas vía redes sociales tampoco resultaron muy distintas de la primera participación (presencial) de ciudadanos en el debate.

 

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