El sueño destruido por la ambición y el poder

Edgar Valero Berrospe

Hace nueve años cuando le fue asignada la organización de la Copa Mundial a Rusia, Vladimir Putin viajó hasta Zurich para unirse a la celebración, pues la obtención de la sede, significaba mucho para el presidente ruso que estaba en su segundo mandato. Mostrar a Rusia al mundo, como lo había hecho China, era una oportunidad sin igual, que se combinó con la designación de Sochi como sede de los Juegos Olímpicos de Invierno y Moscú como el anfitrión del Campeonato Mundial de Atletismo.

El visionario plan de Putin era iluminar una nación, inspirar al pueblo, creer que la modernización de Rusia pondría de regreso a su país al nivel de Estados Unidos en el contexto internacional como una nación líder, una nación envidiable. El presidente ruso ambicionaba además, mostrar que Rusia era un país abierto y transparente. Al menos ese fue su discurso.

Prometió que los visitantes encontrarían facilidades de nivel internacional y que todos los estadios e instalaciones estarían a tiempo, y que además, la nación a la que llegarían no tendría ningún parecido con lo que hubieran escuchado acerca de la desaparecida Unión Soviética. El objetivo claro era destruir los estereotipos que espantaban a la gente, que la mantenían alejada de las fronteras rusas, en cuanto al turismo y a la inversión económica.

Sin embargo, el día de hoy, cuando esté siendo inaugurada la Copa del Mundo de la FIFA en el reconstruido Estadio Lenin, ahora llamado Luzhniki, las cosas lucen muy diferentes a lo planeado. Los múltiples frentes políticos y de guerra que mantiene Rusia con diferentes naciones, definitivamente no han ayudado a mejorar la imagen.

Y en el deporte el asunto ha sido peor...

La escandalosa forma en que fue manejado y que provocó su expulsión del Movimiento Olímpico tras la monumental trampa en el manejo de las muestras de los exámenes antidoping en los Juegos Invernales de Sochi, aunados a los constantes fraudes en el atletismo y que quedaron expuestos en el Campeonato del Mundo del 2013, sumados a la negativa del gobierno de Putin de participar en las investigaciones de la FIFA sobre los sobornos otorgados a miembros del Comité Ejecutivo del organismo para que Rusia y Qatar obtuvieran la sede de los Mundiales del 2018 y el 2022 respectivamente, sólo confirmaron algo: Rusia puede ser moderna, puede querer ser mejor país, pero sigue siendo el mismo lugar donde el poder gubernamental repliega, domina, controla y avasalla.

Putin ha sido acusado, con o sin razón, de casi todo lo malo que pasa en la política internacional. Desde la invasión de Ucrania para evitar que se adhiriera a la Unión Europea y la anexión de la Península de Crimea, hasta los bombardeos en Siria y, por supuesto, haber interferido en la elección presidencial de Estados Unidos.

Todavía se puede agregar además, que apenas hace algunas semanas la FIFA emitió una recomendación a la Federación Rusa por los constantes escándalos relacionados con el racismo en los estadios y el escandaloso manejo de la homofobia a lo largo y ancho del vasto territorio del país.

Por eso, el baile de graduación sí se llevará a cabo, pero es evidente que sin importar el resultado deportivo, que por cierto, pareciera que la Selección Rusa está condenada al fracaso casi inmediato, de ninguna manera la Copa Mundial contribuirá a mejorar la deteriorada imagen de Vladimir Putin.

Probablemente, el Mundial de Rusia sirva como algo apenas anecdótico, pero de ninguna manera, como la vitrina para exhibir un cambio que supuestamente estaba en ciernes, pero que nunca se realizó realmente, en el fondo, en la forma de controlar, nada hará que el mundo confíe en los rusos, al menos mientras Putin siga siendo el que decida el destino de medio planeta….

 

evalerob@aol.com

www.twitter.com/evalerob

edgarvalero.wordpress.com

youtube/evalerob

Imprimir

Comentarios