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Ser ferrocarrilero, una herencia con rasguños de muerte para Saulo Misael

La historia de Flavio Simón Ceronio Corona, de 50 años, es una víctima entre las 10 que se producen mes a mes, entre ferrocarrileros y personas arrolladas en accidentes ferroviarios

[ Primera parte ]

Se trata de hablar de Flavio y de su ausencia; de sus tres hijos, de éstas, sus noches y días inconsolables, y afligidas andanzas por las calles arenosas de Maltrata, Veracruz.

Saulo, hijo mayor, pronto deberá ocupar la misma plaza de su padre fallecido: la de maquinista...  Si logra vencer al miedo.

Más allá del promedio de cien siniestros mensuales en el sistema ferroviario mexicano, 300 robos y 850 actos de vandalismo —conforme a datos de la Agencia Reguladora del Transporte Ferroviario en la primera parte del año—, están los relatos de desdicha.

Los sabotajes, descarrilamientos y choques no sólo afectan a la industria o derivan en pérdidas económicas y materiales, también dejan víctimas fatales: una media de 10 cada mes, entre ferrocarrileros y personas arrolladas.

Flavio Simón Ceronio Corona, de 50 años, es sólo un caso. Era maquinista de la empresa Ferromex desde el 18 de diciembre de 1998, según consta en el registro laboral consultado por este diario.

Falleció el pasado 31 de mayo en un hospital del puerto de Veracruz. Por la gravedad de su estado, fue imposible ya trasladarlo a otro centro médico, de mayor especialidad, como era el deseo de la familia: su caja torácica se encontraba dañada por completo, lo mismo pulmones, riñones y otros órganos.

Doce días antes, la madrugada del sábado de 19 de mayo, se alistaba ya para partir hacia la Ciudad de México, al frente de un tren de carga granelero, el cual transportaría trigo, maíz, sorgo y otros productos a la capital del país.

El ferrocarril se encontraba detenido en los límites de patio de la estación de Orizaba, sólo a la espera de la autorización para iniciar el viaje, cuya duración sería de 3 horas con 35 minutos.

Algunas referencias entregadas a Crónica por parte del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana ayudan a entender lo ocurrido: “No hubo manera de reaccionar ante un tren sin control que venía en sentido opuesto, en dirección hacia el ferrocarril en el cual se encontraba Flavio y otros dos compañeros”.

El tren desbocado —39 carros y 4 locomotoras— venía a una velocidad de entre 102 y 105 kilómetros por hora, con una carga de 5 mil toneladas.

“Cuando se dan cuenta que el impacto es inminente, tienen sólo entre 3 y 5 segundos para salvar sus vidas. Los tres ferrocarrileros intentan protegerse tirándose al piso, pero debido a la velocidad y al exceso de carga, el choque se volvió mortal. No sólo era el peso del otro, sino el del tren que se encontraba estático, el cual estaba cargado con más de 6 mil toneladas de granos”.

“Fue un sabotaje” es hasta ahora la conclusión del sindicato y de la empresa. El reporte oficial habla de una avería intencional en los sistemas de frenos y mangueras de aire del tren descarrilado, la cual fue provocada por una banda delictiva. Y es la versión asumida por la familia y amigos. “Los delincuentes pagarán aquí”, dice Lucas Jairo, allegado a los Ceronio Marcial. “Toda la familia está muy afectada”, asegura Ángela Lázaro, prima de Flavio.

En las bitácoras de la empresa ferroviaria, sus compañeros lo han descrito así: “Excelente trabajador y amigo, de gran facilidad para la amistad con todos, solidario, muy disciplinado y entregado a su pasión durante 20 años: los ferrocarriles”.

Flavio dejó a la pequeña Betty, de 10 años, a quien solía retratar entre pavorreales, peces, objetos de museo, dinosaurios robotizados y cruceros de ferrocarril. Es la menor entre sus hijos… Ya era abuelo: el pequeño Diego también ha padecido su adiós. “¿Dónde está mi abuelito, a dónde se fue a vivir?”, pregunta desde el caparazón de la inocencia .

Diego es el primogénito de Saulo Misael Ceronio Marcial, de 23 años, el hijo mayor de Flavio, y cuyo destino hoy parece confrontado: tiene la oportunidad de continuar los pasos de su padre, pero se sobresalta cuando sube al tren, flaquea ante los rasguños de la muerte y su imagen sombría.

Desde hace más de dos años, Saulo trabaja como ferrocarrilero, en la categoría de garrotero de camino. Antes de la noticia trágica, había comenzado a formarse como maquinista, el puesto paterno. Ya en la última fase del proceso, está a diez o doce semanas de debutar como encargado de los sistemas de a bordo de la locomotora, del control de velocidad y frenado.

De acuerdo con los estatutos del sindicato, hijos, nietos y demás consanguíneos en primer grado, tienen el derecho de heredar la plaza del padre, más aún si éste ha fallecido.

“Quisiera superar esta situación, porque estar a bordo del tren me trae recuerdos muy amargos, cómo olvidar que mi padre trabajaba en este puesto y aquí murió, será difícil subirme al monstruo de acero y no recordarlo, toda la vida pensaré en él, y ahora sólo busco sacar la casta”, expresa Saulo.

“Esperemos que no entre en un estado de psicosis. Lo vamos a apoyar en todos los sentidos para que supere la pérdida y el dolor”, señala Orlando, camarada en la vía.

Hazael, de 19 años, es el hijo intermedio. Ha decidido entrar a la Universidad, aunque no descarta en el futuro incorporarse al ámbito ferroviario.

La esposa de Flavio, dedicada al hogar, recibió un cheque por gastos de emergencia; el contrato colectivo de trabajo, además, establece una liquidación al cien por ciento por causa de accidente de trabajo. La empresa se comprometió a pagar a la familia un año de salario íntegro.

“No hay dinero que logre borrar la ausencia, ni siquiera  igualar el valor de la vida”, coinciden los Ceronio.

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