Un vagón cayó sobre su casa y mató a cinco; hoy, abuela y nieto viven en la miseria | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 14 de Junio, 2018

Un vagón cayó sobre su casa y mató a cinco; hoy, abuela y nieto viven en la miseria

El pequeño Ángel fue rescatado de entre montones de maíz y los restos mortales de su madre, tres hermanos y su tía; doña Socorro ya había salido a trabajar ◗ La familia Valencia se redujo a dos, tras aquel accidente ferroviario del 18 de enero pasado en Ecatepec ◗ Hubo promesas de ayuda... la realidad es que se acabaron sus ahorros, se quedaron sin casa y viven de la caridad ◗ La única vida que se observa en lo que fue su hogar son las plantas de maíz que crecen por el grano derramado

Un vagón cayó sobre su casa y mató a cinco; hoy,  abuela y nieto  viven en la miseria | La Crónica de Hoy

(Segunda parte)

¿De dónde vamos a sacar dinero para pagar?, ésa es la inquietud taladrante de doña Socorro Valencia desde aquella madrugada funesta del 18 de enero…

Han pasado cinco meses y subsiste apenas por la caridad de los vecinos o amigos y, dice, por un susurro divino. Todos los días escucha: “No puedes rendirte. Debes cuidar a tu nieto”.

Él se llama Ángel y tiene 12 años. Aún estremecen las imágenes de cuando fue rescatado de entre montones de maíz. La última góndola de un tren de la empresa Kansas City Southern de México —el cual circulaba por vías concesionadas a la compañía Ferrovalle en el tramo de Ecatepec— cayó sobre su casa, con toneladas del grano.

“Mamá dormía junto a mí”, dijo el niño al salir. Pero ella, Julia Guadalupe (de 35 años), había muerto ya, como también sus tres hermanos: Lesly (17 años), Karla (11) y Daniel (9), además de su tía Yoselín, de 22.

Los cinco integrantes fallecidos de la familia Valencia están entre los 30 decesos contabilizados por la Agencia Reguladora del Transporte Ferroviario en el primer trimestre del año. Entre las causas, la institución refiere “imprudencia de conductores”.

¿Qué ha sido de los sobrevivientes?... Son las historias de dolor tras los accidentes en la vía.

Ángel debió asistir a terapia. Ha logrado regresar a la primaria, en el turno vespertino. Hoy suele jugar en bicicleta casi todas las mañanas, frente al cuartito rentado en el cual vive con la abuela. Es un chiquillo callado, como ausente. “Siempre está distraído, desconcentrado, casi nunca sonríe”, describe don Miguel Muñoz, amigo de la familia.

En el terreno del accidente, calle Manzanillo de la colonia Jardines de Casa Nueva, han crecido ya decenas de plantas de maíz, por los granos esparcidos. Es el único rastro de vida en el lugar, por ahora abandonado y a la espera de la resolución de litigios pendientes.

Doña Socorro demandó al consorcio Ferrovalle, por indemnizaciones incumplidas. La reparación del daño quedó en papel, en simple farsa.

“Prometieron muchas cosas y nunca vimos nada. Nadie del gobierno ni de las empresas del tren me apoyó”, es la queja de la afligida mujer.

No es de muchas palabras. Le rehúye a explicar los detalles o aspiraciones legales, a veces por recomendación de una abogada. Pero se sabe, en medio del pleito, la fecha de la siguiente audiencia: 17 de junio.

Tenía, cuenta, “unos ahorritos, pero ya se acabaron, como se acabó mi familia y mi casa”.

Los vecinos debieron organizarse para colocar una malla alrededor del terreno. Los trabajadores de Ferrovalle se limitaron a reparar el trecho afectado de la vía y rescatar en costales la mayor cantidad de grano; luego se fueron, sin importarles el área desprotegida. El alambrado se volvió urgente, porque diversas pandillas comenzaron a aprovechar el hueco: cruzaban desde el lado de la vía hacia la zona habitacional para cometer asaltos en hogares, comercios y hasta en la vía pública.

Incluso, hubo un par de intentos por invadir la propiedad de los Valencia, ubicada a seis metros del riel.

“Se desató la delincuencia, tuvimos que colocar una alarma y la malla para protegernos de los asaltantes —narra don Miguel—. En marzo y abril había dos o tres robos al día. A uno de los vecinos, dueño de una tienda, lo mataron para quitarle su camioneta”.

El presidente municipal de Ecatepec prometió a doña Socorro construirle “un par de cuartitos”, pero esta oferta también se olvidó. Además del maíz, en el área sólo sobresalen cinco crespones fúnebres: dos negros y tres blancos.

Empujada por el desamparo, la abuela aceptó la propuesta de un vecino de rentar una pequeña y descascarada habitación a cuadra y media del sitio donde ocurrió la desgracia, pero cada vez le es más difícil pagar el alquiler. De ahí su frase: “¿de dónde sacaremos para pagar la renta, la luz, la escuela?”.  

En su desesperación, ha pedido a distintas amistades apoyo para comprar una lona. “Si no hay de otra, me ayudan a comprar una lonita y la levantamos en el terreno, qué importa vivir a ras de tierra, ya estamos acostumbrados a la pobreza”, ha dicho.

Antes del descarrilamiento vivían todos en una reducida pieza, construida con muros provisionales de tabique y lámina; los niños jugaban en un solar estéril, también usado como tendedero y bodega. Ocupaban la mitad del terreno, en la otra parte se había montado un taller, donde un primo de doña Socorro elaboraba figurillas de madera y triplay.

¿Cómo burló esta mujer la muerte?  

Aquel jueves 18 de enero salió muy temprano de casa rumbo al trabajo: a las 4:00 de la madrugada, y el tren con sus fierros retorcidos y destino siniestro se volcó a las 5:50 de la mañana…

Además de Julia Guadalupe, la mamá de Ángel, doña Socorro perdió a su hija Yoselín, quien días antes se peleó con su pareja y pidió refugio en la morada materna, sin saber de su cita con la muerte. El concubino —quien se dedica a la recolección de fierro viejo y otras chatarras—, cuentan allegados, sí aceptó la compensación de las empresas ferroviarias involucradas, pero hasta ahora mantiene en reserva los pormenores de la negociación.

Aquí, en Jardines de Casa Nueva, los vecinos continúan entre escalofríos. “A las dos o tres de la madrugada los trenes pasan hechos la mocha, ya se olvidaron de los muertitos y, sin importarles el tamaño de la carga, cruzan hacia Jardines de Morelos a toda velocidad”, denuncia don Miguel. Otra vecina, doña Yahaira, describe: “Se oye el tronidero de vías y quedamos todos espantados, sólo nos queda rezar y poner veladoras a los santitos. Algunos han sugerido que cerremos la vía para ponerles un alto, pero falta organizarnos”.

Y mientras abruma el miedo, doña Socorro espera: ayuda, esperanza, fuerza, justicia; y espera también a su muchacho, Ángel, quien ya vuelve sobre su vieja bicicleta…

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