La mafia del poder

José Fernández Santillán

El 28 de noviembre de 2017, al darse a conocer que el candidato del PRI a la Presidencia de la República sería José Antonio Meade, Andrés Manuel López Obrador mandó un mensaje a la mafia del poder: “No van a poder en las elecciones del año próximo imponerse, no van a imponer a un nuevo pelele, a un nuevo títere en nuestro país” como lo hicieron con Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. El concepto “mafia del poder” es una de las expresiones que caracterizan al florido lenguaje del tabasqueño. La utilizó, por ejemplo, en el tercer debate que se llevó a cabo en Mérida el martes pasado.

Convengamos en que tal concepto le ha sido de utilidad para canalizar los odios de sus seguidores contra un enemigo que, bien a bien, no se sabe cómo está compuesto, ni cómo se originó. Lo propio de los líderes populistas no es dar sesudas explicaciones en sus arengas ante sus auditorios, sino movilizar las pasiones.

En esa ocasión, cuando estaba en Tacámbaro, Michoacán, López Obrador dijo que el gobierno debe representar los intereses del pueblo y de la nación, no de un grupo, no de una mafia del poder, y exhortó a todos los mexicanos para impedir la imposición, que ya no sea la mafia la que elija al Presidente, que sea el pueblo de México el que designe al Primer Mandatario. Para decirlo claro y sin tapujos: el pueblo es él, AMLO.

Otro de los atributos de los líderes populistas es que conciben y practican la política como conflicto, no como conciliación. Eso es evidente en los autócratas populistas tanto de derecha como de izquierda: Donald Trump en Estados Unidos, Vladimir Putin en Rusia, Nicolás Maduro en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Viktor Orban en Hungría, Jaroslav Kaczynski en Polonia y Daniel Ortega en Nicaragua por sólo citar algunos de los ejemplos más conspicuos.

Pero ¿quiénes son las personas que componen esa mafia del poder? Podemos seguirle el rastro al desmenuzar el discurso de Tacámbaro cuando manifestó: “No vamos a seguir con la misma política económica, porque entonces no habría ningún cambio, Meade representa más de lo mismo, es otro pelele, es otro títere de la mafia del poder”. En efecto, desde hace décadas sus baterías han estado enfiladas contra la política económica neoliberal que comenzó a instrumentarse en México en la época de Miguel de la Madrid (1982-1988) y que se profundizó con Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) en alianza con el PAN.

Con Salinas de Gortari, además, comenzó a fraguarse un cambio en la élite del poder en México a la que Frank Brandenburg en su libro The Making of Modern Mexico (Prentice-Hall, New Jersey, 1964) llamó “la Familia Revolucionaria”. Salinas desplazó a los políticos vinculados con el nacionalismo revolucionario y puso en posiciones clave a tecnócratas que profesaban en dogma neoliberal. Se deshizo de los compromisos sociales y dio preferencia al enriquecimiento de un grupo reducido de empresarios. De esta manera se formó esa élite a la que AMLO se refiere.

El resultado de la política económica neoliberal fue que hubo un aumento desmedido de pobres; un desplazamiento masivo de población hacia Estados Unidos; graves daños a la mediana y pequeña industria; falta de oportunidades para los jóvenes y desgarramiento del tejido social. En suma, una política económica excluyente.

A este fenómeno que se produjo prácticamente en todo el mundo, Danilo Zolo lo llamó “cuello de botella evolutivo”: la concentración del poder y la riqueza en unas cuantas familias con la consecuente pauperización de una gran masa de la población.

A lo largo de los años en que el modelo neoliberal y las tecnocracias han imperado en muchos países del orbe, han aparecido, como es lógico, demagogos que han sacado raja política de la situación de desesperación y resentimiento contra el establishment de los amplios grupos que no han encontrado acomodo en una economía tan cerrada y vertical como la establecida por la aplicación del dogma del laissez faire.

Pero hay un punto que López Obrador ha pasado por alto: el Estado asistencial (Welfare State) se construyó con base en un complejo sistema de mediaciones entre el Estado, los empresarios y los trabajadores. El Estado benefactor también produjo un ascenso social mediante el sistema educativo. Y en México, cuando comenzó el proceso de democratización dio paso al surgimiento de muchas élites en los ámbitos político, empresarial y cultural. Lo que Robert Dahl llama Poliarquía.

El problema es que López Obrador se ha centrado tercamente en atacar a esa “minoría rapaz” pero, que yo sepa, no se ha referido a la necesidad de reestablecer el sistema de mediaciones con los diversos sectores que componen a nuestra compleja sociedad, sea esto por ignorancia o por dolo. Es más, ha dicho que desconfía de eso que llaman “sociedad civil” cosa por demás sintomática de los autócratas populistas que se lanzan, precisamente, a perseguir y desaparecer a las agrupaciones no gubernamentales.

Lo que quiere AMLO es que no haya intermediarios entre el pueblo y él. Esa mentalidad es propia del nazi-fascismo.

 


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@jfsantillan

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