Ciudad

Safari urbano en el barrio La Merced

Entre historia, arqueología y extrañeza, pasear por la zona ayuda a reencontranos como chilangos

En el fondo se escuchan versos de alguna cumbia, de repente también un reguetón que se mezcla con una voz que grita: “¡Pásele güerita, que va a llevar!

Entre puestos, olores y el calor del medio día alrededor de veinte personas caminamos detrás de un guía, es el barrio La Merced y la mayoría de nosotros no estaríamos aquí sino viniéramos en esta excursión.

Caminamos otros cuantos metros y a la derecha podemos observar los puestos de productos oaxaqueños. A la izquierda, alrededor de diez hombres con batas —todos en fila— atrás de ellos otros diez hombres cortándoles el cabello y bailando.

Para llegar a nuestro primer punto vemos de reojo un altar a la Santa Muerte, lo esquivamos y nos concentramos en un círculo para escuchar la historia de La Iglesia de La Merced, aquella que se construyó hace ya 500 años y que le puso el icónico nombre al barrio indígena.

Con sus palabras el guía nos transporta a un lugar antiguo, ya con actividad comercial. Desde tiempos prehispánicos La Merced tuvo ese característico encuentro entre comerciantes de distintas partes del México antiguo.

La iglesia fue referencia para que el guía nos explicara el hundimiento de las calles en el centro, son casi tres metros aquellos que se han ido hacia abajo por causas totalmente naturales. No es posible que el concreto pueda pelear con un lugar pantanoso.

Donde era el paso de los ríos ahora está vacío, son calles llenas de arte urbano en donde la gente regresa de alguna compra, de recoger a sus hijos o camina para ir a la iglesia a rezar un rato. Por un momento, parece que el tiempo se detiene, te puedes imaginar el agua corriendo por aquellos barrios y te hace ilusión la posibilidad de poder verlo así; después de todo siempre el mito de la gran ciudad de Tenochtitlán emociona hasta el más viejo de la familia.

El recorrido sigue, entre historias míticas, sale alguna que otra anécdota de las cantinas famosas, las personas comentan su experiencia: ¡La cantina Peninsular, la de El Gallo de oro! Claro que hemos escuchado de ellas, nada más que no me había animado a venir!  Comenta una señora.

“Yo siempre había querido venir, pero siempre creí que estaba muy feo” salta un comentario que ocasiona unas cuantas risas. “Está feo como cualquier otro lado, asaltan pero también en la Condesa”, le responde el guía con un tono juguetón.

La realidad es que mientras caminamos con sombreros, bolsos y grandes aguas la gente aledaña nos observa — no con afán de cometer un asalto— sino con extrañeza. Y me doy cuenta que caemos en un juego de asombro, hoy nosotros somos extraños en nuestra propia ciudad y vemos “al otro” como algo magnífico.

Las sesión de preguntas es curiosa, se pregunta por las casas, por la comida y por las bebidas en las épocas pasadas, poco de la época actual. En la época de la Colonia, como dice el guía, la mayoría del barrio era habitado por indígenas, judíos y personas del oriente.

Todo ese sincretismo se ve hoy en día en la vida cotidiana, y las calles llenas de tiendas con joyerías, dátiles, dulces, botones; y pieles son sólo un reflejo de lo que se concentraba en épocas anteriores.

 De repente un diablero nos empuja, “¡Disculpe, señorita, con su permiso güeros!”. El joven muchacho suda entre los pasillos del barrio, le sonríe a una chica de falda corta y desaparece en la esquina. 

Nuestro recorrido acaba con un bonche de dulces tradicionales, palanquetas, amarantos, pirulis. Yo estoy fatigada, me subo al Metro con unos cuantos compañeros del tour y con mis dulces me alejo del barrio.

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