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“Por amor a México”: Jorge Kahwagi

Una de las comunidades ­extranjeras que se ha integrado más a fondo con la cultura y la vida mexicana, es la libanesa. Al extenderse por todo el ­territorio mexicano, al casarse con mexicanos, reformulan sus raíces. No olvidan la herencia de su tierra de origen, pero saben que aquí está su presente y aquí dejarán su memoria.

“Ya no se puede decir que la libanesa es una comunidad ­cerrada”, opina Jorge Kahwagi. “Se ha dispersado por todo el país. No tenemos una escuela de ­lengua árabe, por amor a México; eso me lo enseñó mi papá. Por amor a México no hicimos que nuestros hijos hablaran árabe;  mis hijos y mis nietos son mexicanos; no hablan árabe, recuerdan lo que sus padres les han contado acerca de sus raíces, ­pero ellos son ciento por ciento mexicanos”.

Ese “por amor a México” acaba por traducirse en un “todo para México” que se vuelve un rasgo distintivo de las migraciones que han llegado a nuestro país. “Un migrante ve cortada su raíz, llega a una tierra extraña sin nada que lo sostenga. Y en la nueva tierra, esas raíces vuelven a crecer. Lo menos que podemos hacer es procurar que las nuevas raíces den frutos y sirvan al país que les ha permitido crecer”.

Los migrantes libaneses han dado todo al México que les abrió las puertas. “los libaneses dan las cenizas de sus padres para que abonen la tierra, y los hijos de los libaneses aprenden que somos lo que somos porque hemos tenido la oportunidad; hemos podido ser profesionales, tener buenos negocios porque se nos ofreció la oportunidad. Y entonces, todo eso que abandonas al salir de tu tierra, las cenizas de tus seres queridos, las lágrimas que derramas, se convierten en una mezcla que hace que la migración sirva al país que tan generosamente le abrió los brazos”.

La familia Kahwagi se hizo mexicana, nunca pensó en regresar. “Mi padre dijo: “aquí ­están mis hijos y mi nieto, no hay a qué volver”. Yo regresé a Líbano en los años en que viajaba a Arabia Saudita, y fue una enorme emoción. Lo mismo le ocurrió a mi padre, que regresó a su patria una sola vez, profundamente conmovido”.

Pero las raíces hace años que están aquí, en México. El destino permitió que Jorge Kahwagi hallara a la mujer de su vida trabajando por la comunidad libanesa: “Había una unión que presidía don Miguel Abed, y yo, muy joven, era el secretario. Eran los días en que se estaba construyendo en la Ciudad de México el Centro Libanés. Y llegó ella, Sonja, ya nacida en México, y que coordinaba actividades para realizar obras de caridad. Su padre, don Cabalán Macari fue un libanés muy, muy querido, de los más grandes que hemos tenido en la comunidad. Encontrarla fue otra de las grandes dichas que me ha dado México”. (BH)

 

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