“México lo recibe a uno con los brazos abiertos”: Jorge Kahwagi | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 19 de Junio, 2018

“México lo recibe a uno con los brazos abiertos”: Jorge Kahwagi

“Este país le da todo al que pone voluntad”, afirma Jorge Kahwagi, libanés mexicano, quien relata su historia y su propia odisea como empresario convencido de que México debe estar por encima de cualquier interés particular

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Libaneses en México. Con trabajo y empeño se teje la vida

A la familia Kahwagi Gastine, México la llamó. La llamó para que, por medio de uno de esos hilos que construyen la identidad, trajera fe y consuelo a la comunidad libanesa establecida en la capital de nuestro país. Pero ese primer brote echó raíces y se diversificó: en sus maletas traían kilos de amor filial, pero también traían afanes, sueños, esperanzas que, al correr del tiempo se convertirían en realidades pujantes, en permanente crecimiento.

Es el turno de Jorge Kahwagi, Presidente y Director General de Crónica, para contar su historia, la de su familia, que cruzó el mar y dejó Líbano por el altiplano mexicano, para labrar destinos y cumplir sueños. Es la de esta familia, una historia de ­libaneses que se enamoraron de México porque aquí encontraron destino, amigos, cariños y logros.

“Allá en Líbano, todos pensaban que al llegar a América, todo era cosa de barrer el oro. Yo, que apenas tenía seis años cuando emprendimos el viaje, le ­decía a mis amigos que les mandaría la primera barrida que hiciera. Ésa era la mentalidad de muchos. Pero veníamos a reunirnos con mi papá, que llevaba un año en México, y nos escribió: “Vendan todo, tomen el primer barco que puedan, y vengan acá”.  Así vinimos, de la mano de mi madre, una mujer extraordinaria, mi hermano José, mis hermanas Elmira y María, y yo, el más pequeño. Aquel viaje en barco, que duró un mes, fue una experiencia inolvidable”.

México se antojaba, a los ojos de aquellos niños libaneses, ­como una gran promesa. Lo fue.

Los anhelos espirituales de la comunidad libanesa establecida en México son, ciertamente, un factor de unión. Fueron decisivos para que la familia Kahwagi Gastine hiciera de ésta, su patria: “A mi papá —el sacerdote maronita Pedro Kahwagi— lo pidieron. Había en México muy pocos ministros del culto cristiano maronita, y los libaneses que ya ­vivían aquí sentían que era necesario que hubiese más. Por eso papá emprendió el viaje desde ­Líbano. Llegó y comenzó a trabajar, y cuando sintió que había condiciones, nos escribió para que lo alcanzáramos. Partimos en diciembre de 1946”.

No hay despedida sin lágrimas: “Y lloramos mucho, porque fueron a acompañarnos ­todos nuestros amigos, nuestros parientes; llorábamos porque en realidad no sabíamos si llegaríamos a nuestro destino, o si ­regresaríamos a Líbano; era el dolor de dejar lo que éramos, ­pero aquel viaje se convirtió en un recuerdo muy hermoso”.

¿Cómo vive un viaje así un pequeño de seis años? “Eran muchas emociones: se mezclaba la tristeza de dejar a los amigos con la sensación de que se rompían nuestras raíces, con la excitación de reunirnos con papá. A bordo de aquel barco de carga egipcio —fue el único que pudimos encontrar, no había buques— iban muchos libaneses. Por las tardes, en el restaurante del barco, nos ponían a los ­niños a cantar en árabe y todos lloraban de nostalgia por la patria que dejaban atrás”.

Pero América era el futuro, la esperanza. Para los Kahwagi era la alegría del reencuentro.

“Llegamos por Nueva York.  No olvido la primera vez que vi la Estatua de la Libertad, en medio del mar congelado. Tuvimos que esperar tres días, hasta que llegó un barco rompehielos para que pudiéramos descender a ­tierra. Con ayuda de un traductor, pudimos hablar con los agentes migratorios. Traíamos pantalones cortos, porque así nos distinguían a los niños cristianos de los que eran musulmanes, y ahí estábamos, en el frío de Nueva York, muy contentos, porque ahí estaba papá recibiéndonos”.

Juntos nuevamente, los Kahwagi Gastine se dirigieron a Ohio —“allá papá tenía un ­pariente, con quien pasamos ­Navidad y Año Nuevo. Luego, papá se adelantó nuevamente, y nosotros viajamos por tren a ­Laredo para alcanzarlo y así ­entrar a México”.

EL NUEVO HOGAR. A los Kahwagi, México los abrazó no bien cruzaron la frontera. “A papá, la comunidad libanesa de Monterrey lo recibió con mucha consideración a su carácter de sacerdote maronita; dio misa, en arameo, en la catedral de la ciudad. Mi padre, que tenía una voz hermosa, oficiaba la misa, que en el rito maronita es cantada y nosotros, sus hijitos, hacíamos el coro. La gente estuvo feliz en aquella misa, y para mí fue una de las mejores recepciones que he vivido. Después, seguimos nuestro camino hacia la Ciudad de México, donde ya ­vivía una hermana de mi papá”.

La familia se instaló en la ­colonia Roma de la capital; ­poco a poco fueron adaptándose. “Éramos unos niños raros, que hablábamos y vestíamos chistoso. Fuimos aprendiendo el ­español para hacernos entender; en ocasiones tuvimos que imponernos con los puños, para que no se burlaran de nosotros”.

Los niños Kahwagi fueron inscritos en una primaria pública, la “Benito Juárez”, en la calle de Jalapa. “Fue una de mis más lindas experiencias: aprendí español, a escribir… creo que ahí, en la formación que recibí, nació mi amor por México. ¿Por qué? Porque México te recibe con los brazos abiertos”.

La familia, ciertamente, tenía un perfil peculiar. Encontrar su espacio, su modo de vida, formó parte del aprendizaje en tierra mexicana. “Vivimos cosas bastante fuertes: el ser hijo de un sacerdote no te da comodidades”.

Además de oficiar en la iglesia maronita, el padre Pedro Kahwagi desempeñaba su ministerio en dos de los templos de la colonia Roma: la iglesia ­jesuita de La Sagrada Familia, y Nuestra Señora del Rosario, de la orden dominica. “Lo chistoso era que, cuando llegaba la hora de la comunión, ahí estaban la esposa y los cuatro hijos del padre, que se disponían a comulgar, y era algo insólito, la gente se desconcertaba, porque en México los  sacerdotes no se casan. Fue muy difícil para nosotros habituarnos a esa reacción, pero mi padre fue un sacerdote muy querido y ese cariño también se extendió a nosotros”.

“En México se llega hasta donde uno quiere”

La vida enseña lecciones. ­Jorge Kahwagi lo tuvo muy claro desde aquellos primeros años en nuestro país. “Lo importante de contar esta historia reside en el hecho de que México fue muy generoso con nosotros: mis padres pudieron salir adelante con grandes esfuerzos; pudimos estudiar, hice mi carrera de abogado en la UNAM, sin demasiados gastos; allí también hice ahí mi doctorado, sin problemas. Uno podía educarse, llegar a donde quisieras, eso es lo que México le da al que pone voluntad”.

No todo fue sencillo: un emigrante libanés, sacerdote maronita, casado y con cuatro ­hijos, hubo de enfrentarse a las diferencias culturales. “Tuvimos ­algunos problemas. Había quien decía: “¿cómo es que hay un sacerdote casado, con cuatro ­hijos? Que se regrese al Líbano” Y nosotros no podíamos regresar; ya no teníamos nada allá. Durante algunos años, mi padre tuvo que dar en privado su misa diaria, en casa, acompañado solamente de su familia”.

La familia remontó esos días difíciles: “Papá era un hombre muy espiritual; nos imbuyó el amor a Dios, y además, estábamos muy unidos. Para ­poder mantener a su familia, papá tuvo un par de fábricas que no fructificaron. Toda la familia colaboraba, mi mamá, nosotros, saliendo de la escuela. Así, ­poco a poco, salimos adelante. Mis hermanas se casaron; mi hermano empezó a trabajar por su cuenta, y yo no quería dejar la escuela. Así empecé a hacer mis cosas, pequeños trabajos, para pagarme la universidad”.

Jorge Kahwagi recuerda con orgullo esos días, en que, jovencito, vendía de todo, hasta juguetes. “Pude terminar la escuela. Ése es el gran valor que tiene México, y no hay que despreciarlo: permite que el que desea estudiar, salga adelante; no necesariamente hay que ir a las grandes universidades privadas. En aquellos días, la Facultad de Derecho era, sin discusión, la mejor. Ser profesor era una gran distinción, y los jueces importantes y los abogados más prominentes impartían clases ahí”.

El joven Kahwagi comenzó en el mundo de la abogacía en el despacho de Antonio Murad. “Empecé a hacer mis pininos ahí. Las cosas que pude ver y conocer ahí me hicieron concluir que no era la política una actividad que me atrajese. Preferí ­poner una fábrica de fotografía”.

Así empezó a cambiar su ­futuro.

De la fotografía de niños a la tecnología digital

 “Tomábamos las fotos de los grupos escolares; revelábamos en el garaje de mi papá. Era bonito, pero muy complicado, porque teníamos trabajo mientras ­había clases, pero en época de vacaciones…era difícil pagar sueldos… así me metí en el negocio de la fotografía”.

Jorge Kahwagi recuerda aquellos días con gusto; aún piensa que fotografiar niños es una de las actividades más hermosas que le ha tocado desempeñar, y aún se encuentra a ­gente que asegura que fue el empresario y abogado quien lo retrató de niño.

Poco a poco fue cambiando el giro de su empresa, gracias al empeño, a la visión de futuro y a la solidaridad de su esposa ­Sonja, hija de un libanés muy querido en la comunidad: Cabalán Macari. “Me casé con una mujer extraordinaria, que se solidarizó conmigo; me ayudaba con la decoración, le entraba al asunto de las fotos, trabajábamos en la ­calles, en los supermercados, en las tiendas departamentales. Trabajó conmigo a la par”.

Con la llegada del Sistema de Transporte Colectivo Metro, apareció otra oportunidad: la instalación de kioscos de revelado de rollos fotográficos, que permitió que el negocio creciera. Así, a fuerza de buscar oportunidades y aprovecharlas, fue cobrando forma y relevancia Cosmocolor, la empresa que hoy encabeza Jorge Kahwaghi.

Pero el futuro, el crecimiento, estaba en la tecnología: “En 1989 ganamos una licitación internacional, lanzada por el gobierno del Distrito Federal, para hacer las licencias de manejo, con formato digital. Fue extraordinario, porque fuimos el primer país que ofrecía a sus ciudadanos un documento oficial digitalizado, que se imprimía en papel especial y, además, se entregaba de inmediato. Manejábamos la información vía satélite para poderla imprimir. Poco a poco fuimos mejorando los soportes y entramos a competir internacionalmente: durante muchos años, hicimos los pasaportes de Arabia Saudita, que ganamos por licitación; hicimos licencias y pasaportes para Nicaragua, tarjetas de identidad de El Salvador. Todo era tecnología digital, y ahí estábamos los mexicanos, disputando los contratos en las licitaciones, compitiendo con israelitas, con japoneses, con los europeos… y ganábamos”. La vocación empresarial tiene muchas expresiones, y algunas de ellas pasan por el espacio público. Es entonces cuando las esferas del desarrollo personal y el servicio a México se cruzan. Jorge Kahwagi se ha involucrado en la vida colectiva del sector privado y sus organizaciones. Actualmente es presidente del Instituto Mexicano de la Pequeña y Mediana ­Industria, y entre 1988 y 1990 encabezó la Cámara Nacional de la Industria de la Transformación (Canacintra).

Quien  se interesa por la tecnología, se interesa por proyectos académicos en el campo de la ciencia, que mejoren la calidad de vida de la sociedad. Esos intereses convirtieron al presidente de Cosmocolor en un impulsor de la investigación de avanzada y la educación técnica, ámbitos que se traducen en el crecimiento industrial. Hoy día, ­Kahwagi ­Gastine es decano, tanto de la Junta Directiva del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (CINVESTAV) del Instituto Politécnico Nacional, como de la Junta Directiva del Colegio Nacional de Educación Profesional Técnica (Conalep).

Buen deportista, presidió la Federación Mexicana de Golf entre 2011 y 2014, periodo en que la agrupación desarrolló un intenso trabajo para promover el golf infantil-juvenil.

Así se teje una vida: Decisiones fuertes, apuestas arriesgadas, espíritu, a fin de cuentas, de emprendedor. “Cuando uno cuenta estas historias, años después, uno se da cuenta de que fue ­bueno, pero siempre ha sido trabajo, siempre ha sido  ponernos a prueba”.

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