El futbol no sana las heridas, pero espanta a los fantasmas

Edgar Valero Berrospe

La Copa del Mundo finalmente está en marcha. Para nosotros, los de siempre, sólo fueron cuatro años desde Brasil 2014, para los rusos por ejemplo han sido, más allá de saber cuándo fue la última vez que calificaron a una fase final, lo que tuvieron que esperar desde que les fue asignada la sede en 2009, antes de poder realmente empezar a disfrutar de “su” Mundial.

Yo no sé si Rusia va a llegar muy lejos, pero de que ya tuvieron razón para ponerse contentos con la goleada de 5-0 ante Arabia Saudita, eso nadie puede dudarlo, y a mí me ha tocado vivirlo de primera mano. Con los juegos de este fin de semana, el balón habrá rodado en 10 de las 11 ciudades sedes y en 11 de los 12 estadios mundialistas. Incluso allá en Kaliningrado en el Mar Báltico, que es uno de esos pedazos de “mundo” que los rusos quisieron mantener para conservar el acceso sin permiso a ciertas regiones. Así como la mordida que le dieron a Ucrania para arrebatarles, ante la complacencia internacional, la Península de Crimea, completita…

Entonces, desde la lejana Ekaterinburgo que ya estaremos visitando dentro de dos semanas, y que es una de las importantes escalas del “Transiberiano” en su ruta hasta la lejana Vladivostok en el otro lado de Rusia, y del mundo, pasando por Kazán y Saransk, que debutan hoy como Kaliningrado y mañana, Samara, Rostov y antes San Petersburgo o Sochi y Moscú en sus dos estadios, habrán sentido la emoción del Mundial…

Sólo quedará pendiente, para el lunes, por las razones que los organizadores hayan querido, un significativo lugar en la ruta entre Samara y Rostov-on-Don, Volgogrado, que quiero entender que le han rebautizado, quizá porque en la memoria colectiva de una nación que nadie puede negar que ha sufrido de desencuentros, pérdida de identidad, invasiones y una crueldad más allá de lo humano, dejando atrás el nombre de Stalingrado, para que la herida deje de sangrar a veces…

Stalingrado es una asignatura nunca cubierta, nunca sanada, es una herida cuya profundidad impide que se quede así en el pasado como si nada hubiera sucedido. Stalingrado suena importante, suena heroico, y es ambas cosas, pero es también el retrato más terrible en la casi totalidad de la historia de la humanidad.

Porque fue ahí en sus campos, poblados alguna vez de flores y hierba, que el tiempo se detuvo de manera cruda y poderosa, para que se viviera una batalla de inenarrables dimensiones y que se prolongó más de siete meses durante la Segunda Guerra Mundial y que según las cuentas de los historiadores, le costó la vida, entre moradores e integrantes del Ejército Rojo de la Unión Soviética y a soldados del Ejército Alemán y sus aliados, a más de dos millones de personas…

Muchos textos citan a ese terrible capítulo como la guerra más sangrienta en la historia de la humanidad. Nadie, o casi nadie que haya vivido en Stalingrado antes de la Segunda Guerra Mundial, vivió para contar de las atrocidades cometidas y de la barbaridad de una lucha que, al menos, significó no sólo una derrota colosal para Hitler y los nazis, sino que marcó asimismo el declive de los invasores que nunca pudieron avanzar lo suficiente para llegar a Moscú.

Esta ciudad, hoy una de las diez más pobladas de Rusia, fue nombrada “Heroica” apenas después de la Segunda Guerra Mundial, aunque casi ninguno de sus pobladores pudo celebrar el triunfo de los Aliados sobre el Eje, su nombre fue cambiado a Volgogrado en 1961, aunque desde el 2013, y durante nueve días al año, se vuelve a denominar Stalingrado como un homenaje al exlíder soviético, e incluso hay iniciativas para que la ciudad vuelva a su antiguo nombre pues prácticamente nadie sabe cuál es el origen y la historia cuando se habla de ella con un nuevo nombre.

Volgogrado, ubicada a las orillas del Río Volga era una pequeña población de unos 24 kilómetros de largo por unos 10 de ancho asentada en la margen occidental del río, y fue en su momento lo que consideró Adolf Hitler una escala obligada luego de someter a Ucrania y el sur de la URSS, y una vez que cayera, toda la región sería denominada Germania ya sin la presencia de los eslavos a los que esperaba exterminar… Pero nada de eso sucedió, afortunadamente.

En Volgogrado hay varios museos que muestran con orgullo que fue la infinita resistencia y coraje del Ejército Rojo lo que de alguna forma salvó a la humanidad y cómo contribuyó al destino de la Segunda Guerra Mundial aquel capítulo que como escena final tuvo a más de 250 mil soldados alemanes “embolsados” rodeados de los rusos, muriendo de frío y sin alimentos por los errores de estrategia del Führer.

Eso fue hace muchos años, sin embargo, las cicatrices permanecen. Es por razones como éstas, que los “viejos rusos” no creen en el cambio del que les habla el Gobierno de Putin, y antes los de otros líderes como Gorbachov o Krushev.

Ésa es la profunda Rusia de orígenes milenarios, de una identidad que no tiene que ver ni con el comunismo ni con el avasallante capitalismo que los ha inundado. Esta zona del mundo pagó con sangre su oportunidad de seguir adelante, por eso es que haberla incluido entre las sedes del Mundial, es un mudo y pequeñísimo reconocimiento, un atisbo de que se respeta la memoria de quienes contribuyeron a que Rusia, a nuestro gusto o no, siga sobreviviendo a la transformación de los tiempos…

 

evalerob@aol.com

www.twitter.com/evalerob

edgarvalero.wordpress.com

youtube/evalerob

Imprimir

Comentarios