Presidenciables, ¡a la reja! - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 16 de Junio, 2018
Presidenciables, ¡a la reja! | La Crónica de Hoy

Presidenciables, ¡a la reja!

Aurelio Ramos Méndez

Va de broma: la Presidencia de la República debería ser asignada al candidato que el 1° de diciembre, día del cambio de gobierno, aún se halle en libertad.

Debería ser así ya que, si bien desde el inicio de la competencia se avizoró que el tema de la corrupción sería eje de las campañas, este fenómeno, por su descomunal dimensión, envuelve ahora a los contendientes y amenaza ponerlos tras las rejas.

Sobre los cuatro abanderados penden graves acusaciones, al grado de que a nadie sorprendería que, con diferencia apenas de semanas, todos podrían acabar confinados en penales.

En su último tramo la contienda electoral ha entrado en el cenagoso terreno de la calidad moral de los contendientes, con el triste resultado de que estamos claramente ante una carencia que es común de cuatro.

Los candidatos se han amagado entre sí con sanciones penales, lo que podría concretarse, si los entes de procuración e impartición de justicia no están de ornato, tan pronto cierren las casillas, el 1° de julio.

En opinión de José Antonio Meade, “Ricardo Anaya no tiene calidad moral para llamar al voto útil, cuando él es un inútil que tiene pendientes con la justicia”. Además de que “es un vulgar ladrón que se robó una lana y lo cacharon, y ahora debe pagar las consecuencias”.

Anaya, por su parte, considera que “Meade no tiene calidad moral para atacarme”, porque es “una mosquita muerta, cínico y corrupto”. Y ya advirtió, con todas sus letras, para que nadie se llame a engaño:

“Tú, José Antonio Meade, y tu jefe, van a enfrentar la justicia cuando yo sea Presidente de México, porque eso es lo correcto”.

Y si bien Andrés Manuel López Obrador todavía no está amenazado de tener que pasar una buena temporada en una celda, la acusación de que otorgó, sin licitación —aunque dentro de la ley—, contratos por 170 millones de pesos al empresario José María Riobóo, desmerecen su calidad moral y la honestidad valiente.

De Jaime Rodríguez El Bronco, mejor ni hablar. Priista de cepa, desde su aparición con el marbete de independiente se ha revelado contumaz delincuente electoral, hasta el punto de que ya es paradigma de corrupción, impunidad y  protección desde las más altas esferas del gobierno.

La incompatibilidad entre moral y política ha quedado establecida desde hace siglos; pero nuestros presidenciables se esmeran para tratar de convencernos de la moralidad de sus actos y de que son honrados a carta cabal.

Cabe, entonces, preguntar si es posible andar por el mundo diciéndose inmaculado, honesto hasta médula, cuando se aspira a trepar electoralmente aupado por partidos y personajes impresentables por la espesa corrupción que los cubre.

¿Pasaría una prueba elemental de honestidad alguien que en dilatado tránsito por la administración pública o la política ha cohonestado, así sea con su sola presencia y su silencio, actos de corrupción, políticas desastrosas o escándalos tales como Odebrecht, la Casa Blanca o la Estafa maestra.

Se entiende que, al calor de las campañas, quienes se disputan el poder se lancen dardos envenenados. En el presente proceso, sin embargo, la cosa ha llegado demasiado lejos.

Y las comparsas de los contendientes han secundado aun con mayor maledicencia los venablos de sus líderes.

Para Diego Fernández de Ceballos, por ejemplo, cualquier opción electoral será mejor o menos mala que entregar el país a López Obrador, “un orate, un enfermo, un psicópata, un iluminado”.

Y Ernesto Cordero, a quien en su ya larga vida pública no se le había conocido vocación de sicofante, obligado por pura y simple noción de civismo a denunciar sospechosos de transgresiones a la ley, acudió al Ministerio Público para acusar por encargo a Anaya.

Lanza en ristre, el panista cainita impulsor de la candidatura del PRI se abalanzó sobre el abanderado de la coalición Por México al Frente, obviamente con todo el poder de la presidencia del Senado, no con carácter de ciudadano raso como pretende hacer creer.

Cordero se dijo convencido de que Anaya “va a acabar en la cárcel” porque está señalado en una operación de lavado de dinero “perfectamente acreditada”.

Fue el del exsecretario de Hacienda un lance desatinado; reprobado incluso por su exjefe Felipe Calderón.

Consiguió, eso sí, precipitar la expulsión del PAN del piquete de calderonistas que operó el fallido intento de hacer que Margarita Zavala volviera a ser Primera Dama… porque en su malograda presidencia el verdadero mandamás hubiera vuelto a ser su cónyuge.

A Meade, Cordero le hizo un flaco favor, en momentos en empezaba a cobrar verosimilitud la versión de que ya rebasó al queretano y se ha colocado como segundo en la pelea, el opositor real y definitivo del tabasqueño.

Así y todo, en la campaña priista hay euforia. Se tiene la convicción de que los escándalos de improbidad de Anaya, su disminuido talante moral, más el resultado del tercer debate, han instalado a Meade inmediatamente detrás del Peje. Lo cual anticipa una final de infarto.

Asunto de moral, de educación y buena crianza, fue también lo que ocurrió en el aeropuerto de Mérida. En un episodio confuso; pero, en todo caso, no desmentido, el retoño del Peje, José Ramón López Beltrán habría llamado “cerdo” a Anaya.

Fue tal exabrupto un acabado ejemplo de “amor y paz”, tolerancia, respeto y sentido democrático.

Y en la elevada calidad moral de nuestra clase política se inscribe, asimismo, el descaro con que ese acróbata consumado que es Vicente Fox hace gala de elasticidad y equilibrio para brincar, con oportunismo, de la tienda de Meade a la de Anaya… en defensa de su pensión.

“La pensión es para no robar. Tú robaste tanto que no la necesitas. Porque tu plan es seguir robando”, le dijo Fox al puntero en competencia.

Agravios al por mayor han intercambiado los presidenciables y sus claques.

Y aunque, de seguro, a algunos les gusta el tono y el nivel de la confrontación, la verdad es que semejante intercambio de golpes no alienta la participación electoral de los ciudadanos, sino al contrario.

Las campañas están sembrando la percepción de que, quien quiera que al final se tercie en el pecho la banda tricolor, sin duda se tratará de un delincuente. O, en el mejor de los casos, de un psicópata o un orate.

Irrita, por todo ello, la indolencia de las instituciones, en especial el INE. Cuyos consejeros consideran refulgente libertad de expresión el caudal de insultos entre quienes aspiran a gobernarnos. Triste manera de minar la autoridad e imagen de un gobernante, antes aun de que hablen las urnas.

aureramos@cronica.com

 

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