La pasión por el futbol

Edgardo Bermejo Mora

(Tercera parte)

En medio del alboroto, imposible formularse más preguntas, de modo que los carnales del Pucas se siguieron de largo, sin reparar demasiado en que su colega ya no estaba. Y es que su amigo, sincero como era, les había advertido a más de uno de la inminencia de orinar, y de la total inutilidad de suspender la celebración, para buscar alivio a su esfínter en los baños públicos más cercanos, o por lo menos en un paraje menos concurrido. “Orinita los alcanzo” —les dijo el Pucas hasta el tope de cerveza y de fatiga—. Despreocupados entonces, le dieron otra vuelta a la ciclopista tricolor, sin sospechar que el más cabrón y padrote de la banda había sucumbido al ataque artero de una caterva de ricachones.

Pero se cumplió la vuelta, y alcanzaron de nuevo el sitio de marras, y se detuvieron en seco al contemplar en la escalinata blanquecina de la Columna el cuerpo castigado del más raza entre la raza, y descubrirlo con el horror antiguo de los soldados que descubren el cuerpo ensangrentado de su general en el campo de batalla, como si el Pucas fuera Nelson, o Rommel o Alejandro Magno, o el Pipino Cuevas en la lona.

El Pucas, raza entre la raza, desfallecido y todo, tuvo energías para acusar a los culpables. ¡Alcancen a esos culeros! ¿Pero a quiénes? Imposible identificar a los agresores en aquella marabunta. Y en realidad Nacho y Adrián y el resto, hubieran podido confundirse entre la turba vocinglera, que le daba vueltas y vueltas a la alta torre penígera como musulmanes en la Meca, a no ser porque en la huida irracional desafiaron las leyes de la dinámica, y en lugar de respetar el flujo anular de la masa enardecida —para diluirse en aquel transcurrir sanguíneo—, les dio por buscar un resquicio transversal en la rotonda de carne y almas aguerridas, de modo que el Boy —lugarteniente del Pucas, pudo reconocer al vuelo a uno de los probables agresores: gordo, rubio, de piel rosada, traje a rayas y colita de caballo, que manoteaba desesperado contra las paredes de un camión de redilas, sobre el que se apostaba una banda de rock que le obstruía la escapatoria.

Fue entonces cuando el Boy dio la señal de alarma: ¡Atrapen a ese pinche cerdo! ordenó con aire marcial y el índice de la mano izquierda en plan jefazo. Y sus huestes secundaron la invectiva con la habilidad siniestra de los jíbaros del Amazonas que la emprenden contra un mono. Y al cerdo, es decir al Coque, no le quedó mas remedio que contener un grito de dolor, mientras le sometían a estocadas, como a Julio Cesar en las puertas del Senado.

La sangre y los gritos apagados del Coque llamaron por fin la atención de una parte de la turba, que se disolvió en estampida presa de una histeria pasajera. A bordo de un helicóptero de la televisión, que transmitía el festejo en directo y en cadena nacional, un reportero contempló la escena sin adivinar la violencia que cifraba, y pudo percibir con claridad cómo de pronto se abría un boquete en aquel amasijo de toros de ronda que un segundo antes avanzaba lento, impasible, como un magma tricolor.

Bien mirado, aquel huir desordenado y repentino de la gente se parecía al de las hormigas que se apoltronan hambrientas sobre el cadáver de un grillo, y que de pronto se dispersan en todas direcciones ante la intrusión de un enemigo mayor. El reportero pudo percibir, en medio del alborto, la formación de dos contingentes que avanzaban en la misma dirección a una distancia considerable uno del otro, como persiguiéndose a toda velocidad. No sabía naturalmente que aquellos dos escuadrones a la carrera era la expresión última y más acabada de aquella noche de suave patria y fundamentalismo nacional: pobres contra pudientes, gañanes vengativos a la caza de pirrurris sin dios y sin diablo. Los treinta desarrapados del Pucas, contra los diez o doce corredores de bolsa que —vaya redundancia— corrían y corrían de la mano aterida de sus novias.

La persecución pronto abandonó el perímetro de los festejos para trasladarse a la zona de bares y restaurantes más próxima al lugar de los disturbios. Ahí, en un bar de poco lustre en el que se habían dispuesto por todas partes televisores fijos al techo —para que la clientela siguiera de cerca la actuación de los seleccionados nacionales—, un cantinero secaba copas y vaciaba ceniceros mientras que por la televisión se escuchaba la conseja de un conductor muy popular, aleccionando al público con voz engolada: “les quiero recordar, amigos, que ésta es una gran noche para la historia del futbol mexicano, debemos conservar la calma y festejar ordenadamente. Estamos muy cerca de la gloria... hay que conservar energías para la gran final, ¡Vemes Mecheches!...”. El timbre nasal del locutor y las mesas sucias de aquel lugar —que por más de noventa minutos albergó las esperanzas de todos y cada uno de los comensales le imprimían a la escena un aire decadente.

Como no fueran dos o tres tipos fulminados por el ron, no había nadie más en el bar. Todo mundo, incluyendo los meseros, celebraba a esas horas por las calles, o hacía largas colas en los estacionamientos de la Zona Rosa a la espera de sus autos. Intranquilo ante el riesgo que suponía hallarse solo con el dinero de las ventas en la caja registradora, para el cantinero la irrupción violenta de un grupo de chicos le pareció un mal augurio. En previsión, saco del cajón un revolver, pero no hizo falta empuñarlo, porque los jóvenes —lejos de amenazarle— se siguieron de largo rumbo al baño. Sólo por un momento la mirada suplicante de los muchachos le hicieron pensar al dueño de aquel sitio que buscaban sanitarios con la urgencia de un diarreico, porque enseguida un segundo grupo hizo su entrada en el lugar y entonces comprendió que éstos venían en pos de los primeros: tres chicas bien vestidas y formadas y dos hombrecillos de traje, que para esos momentos se estarían cagando del susto en los retretes ubicados al fondo de aquel garito.

@edbermejo

edgardobermejo@yahoo.com.mx

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