Miles lo siguieron y creyeron en él: el Niño Fidencio | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 16 de Junio, 2018

Miles lo siguieron y creyeron en él: el Niño Fidencio

México comenzaba a restañar las heridas abiertas por los años de incertidumbre y violencia, consecuencia de los movimientos revolucionarios. Ese 1921, cuando Álvaro Obregón se convirtió en presidente de la República, un guanajuatense de 23 años llegaba a la hacienda de Espinazo, en Nuevo León, para nunca salir de allí. En torno a él se movilizaron miles de desesperados, de agobiados, en busca de consuelo, de salud. Hasta un presidente de la República llegó hasta el remoto poblado.

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En febrero de 1928, Espinazo, Nuevo León, ofrecía un espectáculo impresionante: cientos de tenderetes, carpas endebles, improvisadas tiendas de campaña, que daban precario cobijo a miles de hombres y mujeres que habían llegado a aquel diminuto poblado en busca de una señal, de una voz que les dijera que no todo estaba perdido para ellos. Los más de ellos estaban enfermos: dolores que no cedían, huesos torcidos, males añejos con los que se habían malacostumbrado a vivir. No importaban los años de enfermedad, las angustias pasadas. En Espinazo, la vida cambiaba y la esperanza se materializaba en dos palabras: Niño Fidencio.

En aquel abigarrado mundillo cundió la sorpresa: el Tren Olivo, el que transportaba al presidente de la República, se dignaba llegar hasta aquel rincón, al que no se podía calificar de olvidado de la mano de Dios, porque en Espinazo vivía nada menos que un personaje que poseía la desconcertante facultad de sanar a los enfermos arrojándoles frutas, o columpiándolos, o metiéndolos en una charca de lodo sulfuroso. Qué tan poderoso debía ser el Niño Fidencio, que hasta el mismísimo presidente Plutarco Elías Calles acudía a él para aliviar sus males.

¿DE DÓNDE VENÍA FIDENCIO?

Siete años antes, aquel joven, nacido en Irámuco, Guanajuato, había llegado a la hacienda de Espinazo, llamado, según contaban, por el administrador de la propiedad, Enrique López de la Fuente. Su nombre completo era Fidencio Síntora Constantino, y se suponía que llegaba a trabajar con López de la Fuente. Pero sus dones, si es que los tenía, comenzaron a aflorar, y el joven empleado se desvaneció, y afloró un ser poderoso, que devolvía la salud a los enfermos, así se tratase de los padecimientos más atroces. Una de las muchas canciones que se compusieron en su honor y que aún se cantan en el norte del país explicaba la misión de aquel hombre en la tierra: “Niñito santo, Fidencio Constantino, eres enviado por Dios nuestro señor”.

Nacido en 1898, Fidencio Síntora conoció en Irámuco a Enrique López Segura, sobrino de un cura apellidado Segura. El pequeño Fidencio, hijo de una familia numerosísima —18 hijos— ayudaba al sacerdote en mil y un pequeñas tareas. Algunas versiones cuentan que es en esos años donde adquirió abundantes conocimientos de herbolaria. En 1912, la familia López Segura se mudó a Morelia, llevando consigo a Fidencio, en calidad de empleado doméstico, y en particular, habilitado para ayudar en la cocina. Aquella situación duraría apenas un año: en 1913, Enrique se unió a las filas villistas. No se volvieron a ver sino hasta 1921.

¿Qué fue de Fidencio? Se dice que vivió en diferentes poblados michoacanos; que junto con su hermano se empleó en las haciendas henequeneras de Yucatán; que se hizo a la mar haciendo de cocinero en un barco. Abandonó la vida errante cuando recibió el llamado de Enrique López Segura: había regresado a la vida civil, y era el administrador de una hacienda propiedad de un alemán: Teodoro Von Wernich. Hasta Espinazo se trasladó el hombre de 23 años, que, siendo alto, y algunos cuentan que fornido, seguía conservando la voz aguda de un muchachito.

En sus primeros tiempos en la hacienda, Fidencio se hizo cargo de numerosas tareas domésticas. Algunas versiones orales afirman que se le trataba con rigor y se le regañaba con frecuencia. En ocasiones recibiría escarmientos físicos por fallas o equivocaciones. Pero entre las muchas tareas que desempeñaba en Espinazo, Fidencio atendía y curaba a los animales, aplicando lo que sabía de herbolaria. Empezó a apoyar a las familias del caserío contiguo a la hacienda y de repente, nació una peculiar fama: Fidencio curaba a la gente, sin importar qué tan grande o extraño fuese el mal que los aquejaba.

En una región que trabajosamente se rehacía, pasados los peores momentos de los movimientos revolucionarios, Fidencio se convirtió no solo en una posibilidad de recobrar la salud: la gente, empobrecida, traumatizada, necesitada de algo en qué creer, halló en el joven guanajuatense una figura consoladora, iluminada por una gracia divina que le permitía, por métodos extraños, devolver la salud a los desesperados.

El alemán Von Wernich observó con atención lo que ocurría en torno a Fidencio. Creyente espiritista, dio su propia interpretación al fenómeno: “Eres un médium, un médium curandero”, dicen que dijo a Fidencio. En la lógica del hacendado alemán, el asunto era perfectamente posible. La doctrina espiritista habla de las facultades de quienes sirven como “puente” entre la vida terrenal y otros planos de la existencia. Si el difunto Francisco I. Madero tenía dotes de médium escribiente, alegaba Von Wernich, Fidencio tenía la posibilidad de curar a los enfermos, ayudado por entidades ultraterrenas.

Así comenzó a construirse una devoción que aún tiene fieles y ministros, a estas alturas del siglo XXI.

LAS CURACIONES DE FIDENCIO. 

Miles, eran miles los que acampaban en Espinazo, esperando que el Niño Fidencio los atendiera. En el camino, el curandero hallaba entre los pacientes algunos que por receptividad o habilidad, le parecían idóneos como ayudantes. El improvisado pueblo bullía al ritmo del comportamiento del Niño.

Una vez a la semana hacía “curaciones colectivas”, arrojándoles frutas: manzanas, naranjas, tejocotes, lo que hubiese a la mano. Con pescar al vuelo la fruta que lanzaba Fidencio, muchos se dijeron curados. A los paralíticos les arrojaba, sorpresivamente a la “leona” (en las fotos parece un puma), sin garras ni colmillos, pero cuya aparición provocaba un shock en algunos que, casi sin darse cuenta, arrojaban las muletas y se ponían de pie. Algunos relatos, en vez de “leona”, hablan de un toro.

Fidencio operaba cataratas, tumores y cuanto padecimiento requiriera una intervención “quirúrgica”, armado de un cuchillo de madera, refieren versiones orales, o de alguno de los trozos de vidrio que escogía después de romper una botella. Otros pacientes eran tratados sentados en un columpio, o bañados en la charca de lodo sulfuroso que había en Espinazo. Así era de alucinante el ambiente, y así de grande era la fama de Fidencio cuando Plutarco Elías Calles decidió visitarlo en el invierno de 1928.

LA VISITA DEL PRESIDENTE.

La visita de Calles a Fidencio tiene al menos dos versiones: una, “oficial”, asegura que el general quiso ver con sus propios ojos la peculiar devoción que se fraguaba en torno al guanajuatense y si tenía algún tipo de vínculo con el catolicismo.

La otra versión, sumamente extendida, asegura que Calles padecía una “enfermedad incurable” que las numerosas versiones orales describen de las maneras más variadas; desde “lepra” hasta “granos en la nuca”. Esas versiones aseguran que Fidencio embadurnó al presidente con una cataplasma de miel y planta gobernadora; hay quien dice que le dio un leve codazo. Todas coinciden en que Calles se marchó curado.

En lo que todas las narraciones coinciden, es que el presidente y el curandero hablaron por espacio de tres horas. Como los huecos silenciados siempre tienden a llenarse, una versión bastante malpensada asegura que en aquella conversación, fue el mismísimo Niño Fidencio quien aconsejó a Plutarco Elías Calles fundar ¡nada menos! Que el Partido Nacional Revolucionario, antecedente del actual PRI.  

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