La corruptela, la corrupción, la inmoralidad

Rafael Cardona

Todos sabemos cómo funciona el mundo: el dogma —político, religioso, histórico, amoroso y ahora hasta deportivo—, siempre se pone por encima del juicio. La emoción domina a la razón. El hombre es un ser racional dominado por todo, menos por la razón.

Pocos se comprometen con la sabiduría pero millones se arrodillan frente a la mitología. Los profetas y chamanes, los demagogos y merolicos, prevalecen por encima de los científicos.

Todo eso se comprende, por su propia naturaleza, en el pensamiento religioso, el cual es siempre un acto de fe, pero no debería valer para la política, cuyo fundamento, en tanto la vida cotidiana a la cual tiñe y domina, debería ser un acto de razón.

El demagogo estimula la creencia y sus seguidores la vuelven ciencia.

Una sola frase puede construir el catálogo de ofertas políticas de toda una era. Podemos pasar, como dijo Carlos Fuentes, de Quetzalcóatl a “Pepsicóatl”.

Quien osa tocar o destruir la idolatría ya se puede ir despidiendo de ocupar el sitio del ídolo derribado.

Cuando la corriente viene a contracorriente; es decir, cuando alguien se autodenomina, “antisistémico”, (sin reconocer cómo el mismo sistema lo ha construido, subsidiado, tolerado y a veces hasta usado), logra inmediatamente un sitio reverencial, sobre todo si en el mesmerismo colectivo impone la creencia de un único camino: el suyo.

Y ese es el caso de Andrés López.

La primera herejía —o incorrección política — es llamarlo así. Sus seguidores malquieren a quien osa mencionarlo sin el agregado distintivo de los dos nombres y el apellido materno. Como ocurría en los tiempos de López Mateos o López de Santa Anna (¡Ay!, nanita, diría Resortes) o en las telenovelas de galanes de doble nombre, ¿verdad, Luis Alberto Salvatierra?

La mitología, sin embargo, construye invencible a Aquiles pero le deja un mínimo talón vulnerable. Y en el caso de Andrés Manuel, su vulnerabilidad existe: la exhibición de sus ligas con empresarios de distinta monta y tamaño.

No importa si se llaman Carlos Ahumada, cuyos fondos recolectaba el exsecretario particular René Bejarano, exhibido en la televisión por un payaso de pelos verdes, o Carlos Slim cuyas inversiones inmobiliarias se alzaron a las nubes de la ya sabida opulencia, cuando el gobierno de la ciudad dispuso inversión pública para aprovechamiento privado en el Rescate del Centro Histórico, o José María Riobóo, cuya capacidad tecnológica —gracias a la cual se le adjudicaron contratos millonarios, muy millonarios, sin concurso ni licitación—, lo convierten casi en el inventor del hilo negro o el puente prefabricado.

Y no se hable de los familiares de Javier Jiménez Espriú, relacionados así sea levemente con el corruptor ubicuo, el corrosivo brasileño Odebrecht.

Pero esa exhibición no ha sido un recurso político útil; ha sido una herejía inútil, así su denuncia le haya causado un transitorio estado de estupefacción al líder moral, tras el “descontón” del candidato Ricardo Anaya, quien quiso con esa evidencia nadar a la orilla mientras en su contra se acumulan rumores, videos, cómplices y más acusaciones por oscuras maniobras financieras.

—Si te lo pruebo, ¿renuncias a la candidatura?

—No.

Anaya le dio al tercer debate un componente de realidad política. Exhibió hechos ciertos, tanto como para ser reconocidos hasta por el señalado de las preferencias, quien presto ordenó a los suyos ir en la defensa (Ebrard contra Mancera, quien poca vela lleva en este sepelio) del mito más grande de su doctrina: el líder es incorrupto, incorruptible, invulnerable a las tentaciones crematísticas, ajeno a la ambición vulgar (¿por qué siempre dicen vulgar ambicioso, como si la aristocracia no ambicionara; sólo el vulgo?), y además vive en el estado de Gracia de la modestia y la galleta salada con lata de atún a un lado.

No viste marcas el líder, no guarda centenarios en el ropero ni compra automóviles deportivos; sus hijos son muestra de modestia republicana (así griten porcinas alusiones); y no se le conocen escándalos sexuales ni dispendios en ningún sentido, no tiene vicios (excepto el beisbol por cuya práctica lleva torcida la columna), pero sí se le sabe una infatigable andanza política con séquitos numerosos; organizadores, recolectores, brigadistas, expertos en afiliación, congregantes a las concentraciones masivas, mítines, vuelos viajes, carreteras, y demás, todo lo cual implicó millones y millones de pesos desde antes de contar con el jugoso presupuesto del Estado para el financiamiento de las actividades de Morena.

Nadie en la historia de México ha hecho ni financiado por métodos diversos (y de seguro nunca más ocurrirá) una campaña por la Presidencia de la República de tan prolongado tiempo y kilometraje.

Si Mao Tse-Tung (o Zedong, como escriben otros) tuvo una gran marcha de 10 mil kilómetros en un año en la cual dejó el pellejo de miles de combatientes por el camino, Andrés Manuel ha hecho esa marcha diez veces. Y diez veces ha hallado forma de financiarla, en muchas ocasiones con dinero del gobierno, como ocurría cuando Marcelo y Manuel Camacho lo subsidiaban para levantar o instalar plantones.

Es como decía Mao: cuchillo sobre el cuchillo.

Nada en la política se hace sin dinero. Y cuando el dinero se usa exclusivamente para la política, sobre todo para aquella de tintes redentores, entonces el oro se purifica, como los retretes de Vespasiano.

Por eso el golpe de Anaya, lo único memorable en el debate del Mundo Maya, hace ya una semana, fue contundente, como una bofetada con algodón de azúcar.

El dogma protege, defiende y hace invulnerable. “…et portae inferi non prevalebunt adversus eam…”

Pero el dogma, como suele suceder con cualquier imposición sobre la razón misma, siempre es falso. Por eso, al menos en la SMI, se disfraza con los impenetrables velos del misterio. Gozoso o doloroso.

La repetición casi hipnótica de la leyenda y el mito, en el caso de Andrés López, se ha dado en dos sentidos.

Uno, la pureza de Morena y el futuro justiciero, seguro, próspero, fraterno, dichoso, amoroso, lindo, azul, sólo posible con su llegada al poder.

La otra, el hartazgo sobrevaluado y sobredimensionado de este aleve mundo corrupto y mafioso.

Pero sin este mundo defectuoso, corrompido hasta la entraña, todo lo otro no hubiera sido posible. La víbora se muerde la cola.

Hoy la contienda electoral está llegando a su fin.

En dos semanas, esta columna, escrita un día antes, se publicará en el mismo día de la elección.

En catorce días, a las 23:00 horas en punto, un severo Lorenzo Córdova deberá cumplir con su promesa: dar a conocer las tendencias definitivas en las urnas.

Nadie sabe si lo conseguirá o no, pero esa noche no conoceremos el futuro; sabremos —cuando mucho— cuál va a ser el camino para llegar a ese porvenir, el cual adivino desde ahora peligroso.

El nuevo régimen para los mexicanos, cambiará al gobierno, pero no a los mexicanos. Y ahí es donde está el problema.

La puta seguirá puta; recatada la monja hipócrita; el sicario volverá a matar, el asesino limpiará su arma, los curas prometerán con usura el reino de los cielos y los empresarios medrarán con decoro; los libros seguirán cerrados, los museos llenos de chinches y latas de jugo, los bomberos sin agua para sus mangueras y los huachicoleros no se irán a vender confites y piñatas; los narcotraficantes venderán heroína y los muertos se quedarán en sus inquietas sepulturas.

Todo seguirá igual, la violencia, el hambre, la pobreza, el dolor, la ignorancia.

Pero el nuevo líder nos cubrirá a todos, protector y generoso, con el manto de su honestidad valiente.

— ¿No estoy yo aquí que soy tu madre?

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¿Messi o Cristiano?

Pues difícil sostener la pregunta cuando en el primer partido uno mete tres goles y el otro falla un tirito de castigo.


rafael.cardona.sandoval@gmail.com
elcristalazouno@hotmail.com

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