¡El placer es mío!

Fernando de las Fuentes

Todo placer languidece cuando no se disfruta en compañía

David Hume

—¡Un placer!

—¡El placer es mío!

Este viejo intercambio de palabras para las ocasiones en que conocemos a alguien —desafortunadamente ya casi en desuso—, contiene un gran arcano: el secreto de la existencia humana.

Sólo hay humanidad a través de la conexión entre individuos de la especie. Puede ser destructiva o constructiva, superficial o profunda, equitativa o utilitarista o, por supuesto, una amplia gama de grises entre esos polos.

Como quiera que se dé, esa conexión es lo que sustenta la vida humana. Una persona que cierra su interior a los demás fenece pronto o se quita la vida. La conexión es la verdadera energía vital.

La fuerza y la calidad de una conexión estarán determinadas por el tamaño de nuestro ego y el contenido de nuestras emociones. A más egoísmo, más exangüe el enlace, y a mayor negatividad emocional, mayor destructividad. En el otro extremo, a un ego sano, una relación profunda, y a emociones positivas, más felicidad. Estar en uno o en otro extremo, o en algún otro estatus intermedio, no es más que parte del aprendizaje necesario para evolucionar como individuo y como especie.

En cualquiera caso, aquello que nos permite la conexión, el lazo o energía de mutualidad, es única y exclusivamente el placer, sano o perverso. Ese fenómeno espiritual y bioquímico que se presenta de manera natural e inevitable, tan común y tan incomprendido a la vez, tiene su principal razón de ser en su función conectiva más allá de lo sensorial, de lo que podemos experimentar superficialmente a través de los cinco sentidos.

Todo huele, sabe, se toca, se oye y se ve mucho mejor, incluso de formas sublimes, cuando se comparte el placer con otro, en cualquier tipo de relación. Es, sin embargo, en el sexo, aplicando esos cinco sentidos al ­unísono y siempre que logremos derrumbar las barreras del ego, para que las almas se unan, cuando podemos alcanzar niveles de éxtasis.

Lo más frecuente, no obstante, es que el placer compartido de comer, beber, jugar, reír y otras actividades agradables, sea más común entre amigos que entre parejas, pues la lucha de egos es menor o inexistente en la amistad.

El placer es, pues, esa cualidad innata que cada uno de nosotros tiene para entablar relaciones e incluso “ser uno” con otro y con lo que nos rodea. Quién no siente placer cuando, sin preocupaciones, puede observar tranquilo un hermoso paisaje, acariciar a su gato o jugar con su perro, practicar algún arte, cultivar algo o salir a dar un paseo sin rumbo fijo, ocasiones en que además de compartir el alma con lo que “es”, sin clasificarlo,  se da placer a una de las mejores compañías que existe: uno mismo, pero como producto de nuestras relaciones satisfactorias con otros y no del aislamiento interior.

La conexión es la esencia de la vida y el placer compartido es lo único que nos la permite, pero ¡ojo!, ­tanto como nuestras emociones y deseos, el placer también se enferma. Hay placer en la idea de venganza que nos produce el odio, en la imagen mental de desgracia ajena a que nos incita la envidia o en el desahogo de la crueldad, es decir, en la sensación de descarga que nos da lastimar a seres vulnerables porque no podemos, por momentos, contener el dolor de haber sido a nuestra vez maltratados de manera psíquica y física cuando estábamos indefensos, generalmente en nuestra niñez.

El placer es nuestro. No es algo que nos viene de ­fuera, sino que producimos conforme percibimos el mundo. Podemos hacer de su búsqueda un culto hedonista, evitar los sentimientos profundos y dejar la vida en las ­sensaciones, aunque intensas, de puro alivio; o compartirlo con otros en amor genuino, generosidad, ­experiencias sibaríticas,  buen humor, largas charlas sin escudo, suave y cálidamente.

Aduéñese de su placer, porque es suyo.

(Militante del PRI)

delasfuentesopina@gmail.com

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