La economía vudú del próximo sexenio

Francisco Báez Rodríguez

Una cosa es cierta: al próximo Presidente de la República le tocará trabajar en un contexto claramente más complicado que el que le tocó a Enrique Peña Nieto. Si a las campañas nos atenemos, ninguno de los candidatos parece haberlo notado. Ya se sabe que la propaganda política y el realismo no se llevan, pero me parece que esta vez exageramos.

Empecemos por un tema que a algunos les parece tedioso, a otros, molesto, pero que es fundamental. Lo fiscal-presupuestal. En el tercer debate, todos los candidatos parecían alumnos avanzados de Ronald Reagan y su “economía vudú”: cada uno prometía nuevos gastos y más subsidios, sin aumentar impuestos e incluso eliminando algunos, como si la reducción de los ingresos públicos se tradujera automáticamente en mayor gasto privado.

Ya sabemos que López Obrador maneja la fórmula de la erradicación de la corrupción como mecanismo para una multiplicación casi milagrosa de los ingresos públicos. Aun suponiendo que controlara a los émulos de Layda Sansores que abundan en su coalición, las cuentas no salen. Y eso se lo demostraron en el mismo debate.

El problema es que no fue sólo él. Anaya y Meade se lanzaron también a una carrera a ver qué tan alta se ponía la vara para la exención del ISR y para diversos estímulos fiscales, y qué tanto se hacía para impedir el alza en el precio de la gasolina.

Esto estaría muy bien, de no ser porque la deuda pública ha crecido a un grado que la acerca a su límite. Ésta es una diferencia fundamental respecto a hace seis años. Toda la deuda que se contrate será a un costo creciente, y el tema podrá tener ramificaciones en los precios. Sin un aumento en los ingresos públicos, es difícil que pueda haber las inversiones necesarias para generar empleo y crecer a ritmos superiores a los de la actual mediocridad.

Junto con la reingeniería del gasto —algo a lo que los candidatos sólo se han referido de soslayo—, se requeriría una nueva reforma fiscal. Si no, pues simplemente no se cumplirán muchas de las promesas de campaña.

Adicionalmente, si hace seis años la economía mexicana se movía en un contexto de apertura internacional, guiada por el sector externo y con los diversos instrumentos que garantizaban el libre comercio, ahora se enfrenta a amenazas severas, no sólo por la intención de Estados Unidos de renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte a su conveniencia, sino por los barruntos de una guerra comercial a nivel global que parecen estar anunciando el fin de una era.

A estas alturas —y en contra de la retórica y la práctica del actual gobierno, que se aferra al TLCAN como si de él dependiera la vida entera de la nación—, a prácticamente todo mundo le queda clara la idea de que el país no depende del Tratado. Todos sabemos que es conveniente tener ese y otros instrumentos, pero no son absolutamente indispensables.

Sin embargo, hay sectores y regiones del país que pueden resultar muy golpeados si hay un desencuentro importante. Y, sobre todo, no hay certidumbre sobre la circunstancia internacional en el mediano plazo. Un paulatino retorno al proteccionismo no puede sino venir acompañado de cambios políticos, que apunten a un nacionalismo cada vez más tóxico. El patrón en la historia de la humanidad en los últimos siglos, en los que se han sucedido tiempos de apertura política y económica con tiempos de cerrazón en ambos rubros, así lo pronostica.

Esto, a su vez, trae fenómenos sociales que nos deberían de preocupar. La reciente embestida del gobierno de Donald Trump en contra de los derechos humanos básicos de los migrantes así lo muestra. La política de separación familiar, que manda a niños a campos de internamiento, no se puede entender solamente con base en la crueldad del gobierno de Estados Unidos ni en la banalidad del mal de la que hablaba Hannah Arendt. Es resultado del regreso del nacionalismo estrecho, que fue la tecla que pulsó el hoy presidente en su campaña desde que era precandidato republicano. Esa maldad es parte de una ideología integral.

En otras palabras, el próximo presidente mexicano no se encontrará enfrente con el “business as usual”. Hay una realidad que cambia, y no para hacer las cosas más holgadas: podríamos avanzar hacia una nueva crisis fiscal del Estado, hacerlo en un contexto de menor crecimiento internacional y enfrentándonos a fenómenos nuevos que, aunque no sean guerras declaradas, amenazan la convivencia civilizada tal y como la conocíamos.

Aquí lo esencial será no poner la carreta por delante de los bueyes (que es, por cierto, lo que se hace cuando se pone el TLCAN por encima de cualquier otra consideración, incluso ética y humanitaria). Pero sobre todo entender que el camino ya cambió, que es diferente, que está mal empedrado, que tiene peligros y acechanzas antes desconocidos.

Suponer que se puede seguir trabajando con las mismas recetas del pasado reciente es pecar de dogmáticos; pensar que la tecnología y la innovación pueden irradiar sólo para bien es tener una ceguera optimista (como si las metamorfosis no significaran también crisis, en su sentido más amplio), e imaginar una vuelta al país de la cornucopia es, estrictamente, un acto de voluntarismo demagógico.

Sabemos que prometer no empobrece. Y en campaña, menos. Pero por las razones que he mencionado —y eso que no toqué el tema de la violencia y la pérdida de valores de convivencia—, preocupa mucho ver esa carrera desbocada entre los candidatos para ver quién promete más, porque significa también que no están queriendo ver lo complicado del camino que tienen por delante. Y uno no quiere estar dirigido por el peor ciego, que es el que no quiere ver.

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Twitter: @franciscobaezr

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