La educación entre cero y tres años

Gilberto Guevara Niebla

Los expertos en políticas señalan que la intervención durante la crianza del niño, en los grados de preescolar y en los primeros grados de primaria tiene una importancia estratégica para que los alumnos aprendan y tengan carreras escolares exitosas.

El origen de las desigualdades educativas se vincula estrechamente a las desventajas de origen que muchos niños exhiben en el momento en que se incorporan por primera vez a la escuela. Cuando un pequeño ingresa al preescolar se espera que posea determinadas destrezas, conocimientos y habilidades, por ejemplo, que tenga un mínimo de dominio sobre el lenguaje, un mínimo de razonamiento lógico, un mínimo de capacidad de atención, etcétera.

Esas exigencias mínimas son mayores cuando se accede a la escuela primaria. Lo que se observa, sin embargo, es que un porcentaje de pequeños, al menos en México, al entrar a la escuela no cumple esas exigencias mínimas: son niños que provienen de familias pobres, hijos de madres solteras, de padres muy jóvenes, de padres divorciados o, simplemente, de padres que recibieron muy poca educación.

En realidad, la etapa crítica para el desarrollo infantil son los años de la crianza (0-3 años), los años de la educación inicial. La neurobiología informa que, al nacer, el cerebro infantil es inmaduro, pero que cambia aceleradamente con las relaciones que el pequeño sostiene con sus cuidadores (la madre, principalmente). La estimulación que el niño recibe en estos años es crucial y determina el funcionamiento social y emocional del infante y la ausencia de estímulos tiene consecuencias serias e irreversibles para el desarrollo del cerebro y de la personalidad.

Cuando los cuidadores ofrecen al niño seguridad y confort, el pequeño crecerá como un ser feliz y lleno de confianza; cuando esto no ocurre, el niño presentará problemas de conducta, dificultades de aprendizaje y otras desventajas. Todo esto parece obvio, pero no lo es tanto. Muchos padres de familia ignoran que sus hijos en esa edad, al carecer del afecto mínimo, pueden tener retrasos en su desarrollo neuronal que marcarán a su hijo para toda la vida. 

La educación inicial, entendida como preparación de los padres de familia para que ofrezcan a sus hijos la estimulación que éstos necesitan para un desarrollo saludable y satisfactorio, es (o debe ser) materia de política educativa. No es gratuito que UNESCO haya proclamado: “La educación inicial es la clave para una vida llena y productiva del niño y para el progreso de las naciones”. La última reforma de la Ley General de Educación (2013) incorporó a los padres de familia como actores educativos, pero hasta ahora no se han lanzado políticas nacionales vigorosas para capacitar a los padres en la educación temprana de sus hijos —pienso en la enorme relevancia que tendría enfocar esas políticas hacia los progenitores de las poblaciones más pobres y marginadas. 

Es verdad que ya existen algunos programas de educación inicial (pienso en Conafe) pero son insuficientes. La educación inicial debería ser objeto de un gran esfuerzo nacional y movilizar recursos de todo tipo, por ejemplo, de parte de los municipios o de autoridades educativas locales. Las Asociaciones de Padres de Familia, los Consejos de Participación Social, las comunidades organizadas, y las organizaciones voluntarias podrían reunirse en una empresa de largo alcance para impulsarla.

En algunos casos, las comunidades docentes podrían acudir en apoyo de la capacitación de los padres en la crianza y educación temprana de sus hijos. Se tendría que estimular la investigación en este campo y las autoridades podrían lanzar programas para la formación de recursos humanos expertos que actúen como apoyos estratégicos en educación inicial.

 

 

Imprimir

Comentarios