Anthony Bourdain

Wendy Garrido Granada

La única vida que envidio es la de Anthony Bourdain, escribí en Twitter hace un par de meses, luego de ver una serie de fotografías en Instagram de Bourdain con grandes personalidades de la cultura y la música, principalmente con Debby Harry y Chris Stein, ambos líderes de Blondie y con Lydia Lunch, poeta y cantante.

Bourdain no sólo tenía mi trabajo perfecto: escribía, bebía, comía y viajaba por todo el mundo. También sus amigos, aquellos con quienes cenaba un jueves o  viernes por la noche en un acogedor restaurante italiano en Nueva York, son los músicos, actores y escritores que admiro.

Su última pareja sentimental, Asia Argento, fue una de las primeras actrices que denunció públicamente a Harvey Weinstein, dio uno de los discursos más impresionantes y valientes en el Festival de Cannes que inició con la frase: “En 1997 fui violada por Harvey Weinstein aquí, en Cannes.  Yo tenía 21 años, este festival era su zona de caza”. Bourdain acompañó a Asia Argento durante sus denuncias públicas, sus discursos y las manifestaciones en las que estuvo.

Anthony Bourdain era talentoso e inspirador. Tenía 61 años pero logró atravesar a diversas generaciones. Compartía la idea de Katherine Spiers que cuando se escribe o se habla de comida, se está abordando también temas de inmigración, política local y nacional, raza, derechos de los trabajadores, cuestiones de género y cualquier otro tema sociopolítico. Si no se hace, no se está haciendo realmente un buen trabajo.

Debo de admitir que fui stalker de Bourdain. Lo seguí sobre todo en Instagram y hasta copié su forma particular de hacer stories, música de fondo y plano secuencia del lugar. Cuando visito una ciudad buscó recomendaciones hechas por él, sobre todo de comida callejera o de restaurantes muy locales o pequeños.

Su suicidio me sorprendió. A Bourdain le envidaba y admiraba su trabajo, su talento, su inteligencia, sus amigos, su novia, su sentido del humor, la vista de su departamento de Nueva York, hasta su historial de fotos de Instagram. Creí envidiarle su vida. Porque no veía más allá.

Bourdain se suicidó en una habitación de hotel en Francia. Se colgó con el cinturón de su bata de baño. Su muerte fue similar a la de Chris Cornell, hace un año. Ambas fueron en un hotel, con un cinturón, después de hacer lo que más les gustaba, Bourdain durante la grabación de la serie Parts Unknown y Cornell luego de un concierto.

Nadie sabe las razones. Todo apunta a la depresión. Esa vieja tirana que encierra en calabozos hasta a nuestros ídolos. Que los sumerge en aguas oscuras y profundas. Que los asfixia. La depresión es una de las enfermedades más peligrosas que muchos están ignorando. Hay que estudiarla, crear más programas para prevenirla, para enfrentarla.

Bourdain se fue. Ahora queda brindar y comer en su honor. Leerlo y verlo. Y recordar y seguir una de sus frases, “tu cuerpo no es un templo. Es un parque de diversiones. Disfruta del viaje”. Él lo hizo. Él nos enseñó que los viajes se comparten. Que puedes aprender mucho más de una persona cuando compartes la comida con ella.

@wendygarridog

wengarrido@gmail.com

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