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Llantos detrás de las rejas: El drama de los niños separados de sus padres

Un video y un audio revelan de primera mano el sufrimiento que tienen que soportar los menores que sufren la política de tolerancia cero implantada por el gobierno de Trump

Imagen de un centro de detención en McAllen, Texas.

“¡Papá! ¡Mamá!”. “No quiero que me separen de mi papá; no quiero que lo deporten”, se escucha en un audio obtenido y difundido ayer por la organización ProPublica. Es la desesperación, en un centro de detención, de una niña de unos seis años a la que hace pocas horas separaron de sus padres.

Entre los llantos de un grupo de niños de entre cuatro y diez años destaca la voz de uno de los agentes, que habla un perfecto español hispano: “Vaya, tenemos una orquesta; nada más falta el maestro”, bromea sin compasión.

“¿De donde son?”, pregunta el agente: “El Salvador”, contesta una; “Guatemala”, solloza otra, alargando la segunda “a”. “¿Puedo ir con mi tía por lo menos?”, pregunta la primera: “Tengo su número”, agrega a los agentes, mientras interrumpe el lamento de otra niña, que exclama una y otra vez “¡Papá, papá!”.

Este lunes el propio gobierno estadunidense difundió un video que muestra las instalaciones de uno de estos centros de detención, en McAllen: Adultos y menores encerrados en una suerte de jaulas enormes, con rejas que sirven de paredes, y controladas por puertas que abren y cierran siguiendo un código que se introduce en un panel.

Dentro, el video muestra como decenas de personas yacen en unas tristes colchonetas verdes cubiertas sólo con enormes sábanas de papel aluminio, que transmiten un clima siniestro entre sus inevitables crujidos.

Antar Davidson, un trabajador del albergue para menores Estrella del Norte en Tucson relató a la agencia EFE que renunció la semana pasada. Davidson recuerda el trauma de tres menores, brasileños como él, uno de 16 y sus hermanas de 10 y 6 años. “Los niños acaban de pasar el trauma de ser separados de sus padres, lloraban fuertemente, y a mí me ordenaron decirles que tendrían que dormir separados y que además no podían tocarse entre ellos. Fue cuando decidí renunciar”, cuenta Davidson.

El extrabajador se queja de que no dan la debida ayuda psicológica y de que el personal está poco preparado: “Muchos de los empleados antes trabajaban en restaurantes, en otros lados, y no tienen la experiencia para este tipo de trabajo”.

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