Narcomenudeo, bestia negra de la CDMX

Juan Manuel Asai

Escribí en su momento que el narcomenudeo se convertiría en la bestia negra de la Ciudad de México. La profecía se ha cumplido. No era difícil adelantarlo. El narco corrompe a la policía, envicia a los jóvenes y, sobre todo, forja una masa delincuencial que no sólo se dedica al tráfico de drogas, sino que una vez que se salta las trancas de la ley, no regresa y se dedica al robo en todas sus modalidades, a la extorsión, al secuestro, a la trata de personas, a una amplia gama de actividades delictivas que hoy en día tienen a los chilangos sumergidos en el terror, incluso con pedazos de cuerpos esparcidos en la principal avenida del país sin que nadie, qué extraño, se percatara.

Hay que regresar unos meses atrás. En este mismo espacio escribí que las narcotiendas son el giro comercial más exitoso de la Ciudad de México. Los puntos de venta de droga se expanden por todos los rincones de la metrópoli, más rápido incluso que los Oxxo o los Starbucks. Según una investigación periodística ya hay más de 20 mil repartidas en todas las delegaciones políticas, más las que se acumulen. El crecimiento desaforado del narcomenudeo es una de las herencias que dejó a los capitalinos la administración Mancera y a la que el señor Amieva, lo vemos todos los días, no sabe ni cómo entrarle.

La CDMX, dije entonces y lo sostengo, es un paraíso para los traficantes de droga. Su tierra prometida. Aquí no tienen que correr el riesgo de cruzar la frontera con Estados Unidos. Nada de eso. En la ciudad tienen una clientela fiel que crece. Gozan de una eficaz cobertura policiaca. Ni siquiera tienen que gastar en autos blindados ni tienen que contratar cantantes gruperos para que les compongan corridos con sus hazañas reales o ficticias. Los narcos locales son reguetoneros. Suelen trasladar su mercancía en metro, taxis, bicis, mototaxis y hasta Uber, sin levantar sospechas. Si alguien sospecha, digamos un policía, pues le dan su propina y santo remedio.

Los policías conocen la ubicación de los puntos de venta y a la mayoría de los traficantes por sus nombres, apellidos y apodos. Aplican con ellos la máxima del capitalismo salvaje: dejar hacer y dejar pasar. Que los ciudadanos vendan y consuman lo que quieran, a cambio, claro, de una recompensa por vigilar que el negocio prospere sin sobresaltos. De vez en vez estalla un escándalo, como el de la banda de El Ojos en Tláhuac o la de los antros de la Condesa o la de los cuerpos destazados en Insurgentes, pero eso no descarrila el negocio que sigue a toda máquina. Las ventas nunca bajan, al contrario, crecen. No es necesario hacer ofertas ni promociones.

Traficantes, funcionarios y policías tienen al mejor aliado posible: los consumidores. En la Ciudad de México hay un apetito insaciable de drogas. Aquí el negocio tuvo ya su victoria más importante, pues asegura su vigencia en los años por venir: ya hay entre nosotros, los chilangos, una cultura de consumo de sustancias prohibidas. Se consume más y desde más temprana edad.

Parte del éxito cultural del narco es que los consumidores, los que ponen el dinero en las manos de los narcos, no se consideran adictos, sino que consumen por esparcimiento, para divertirse, para relajarse, para eludir las presiones sociales, para revertir emociones negativas. No los critico, cada quien toma sus decisiones, pero todavía es una práctica ilegal que le deja carretadas de dinero a los delincuentes que nos tienen acorralados.

jasaicamacho@yahoo.com

@soycamachojuan

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