“Venimos huyendo porque nos negamos a ser delincuentes”: niños migrantes | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 22 de Junio, 2018

“Venimos huyendo porque nos negamos a ser delincuentes”: niños migrantes

Miguel Ángel Bonilla, de 13 años, y Juan Antonio, de 18, buscan cruzar la frontera en busca de una vida mejor. No quieren convertirse en delincuentes o vender droga en El Salvador

  • cronica.com.mx
  • cronica.com.mx

Guarda en la bolsa roída del pantalón una imagen de La Candelaria, patrona de su tierra: Sonsonate, El Salvador.… “Le he pedido a la virgencita que nunca me separe de mi hermano”, dice Miguel Ángel Bonilla, quien en enero cumplió 13 años.

Huyó de su país por miedo a ser asesinado. Los pandilleros querían obligarlo a robar y vender droga.

Aprovechó la deportación de su hermano de 18 años: Juan Antonio, quien había escapado el año pasado en circunstancias similares, para tomar camino rumbo a México y luego a Estados Unidos.

“Me deportaron apenas el 23 de abril, mi familia me fue a recoger a migración como a las 11 de la mañana, salimos de ahí y le dije a mi madre: me voy otra vez para el norte, no quiero estar un día más en este país”, relata el mayor.

Miguel Ángel, aún adolescente, escuchó aquellas palabras y suplicó: “Me voy contigo, porque La Mara también me quiere matar”.

A las tres de la tarde de ese mismo día, los hermanos Bonilla tomaron un camión hacia la frontera con México. Atravesaron Guatemala. Un día completo de viaje, y venía el infierno... Hoy están ya en Sonora, territorio de tránsito continuo, antesala de la franja fronteriza.

Son las historias de los niños migrantes, en tiempos de “tolerancia cero”, de separaciones y llantos...…

“Cuando llegué a Estados Unidos el año pasado, vi cómo los niños eran separados de sus padres en los centros de detención —cuenta Juan Antonio—. Llegaban por primera vez, les quitaban a sus hijos y ya no les daban información de ellos. El problema era mayor para quienes no tenían familiares allá”.

—El riesgo de perder a tu hermanito en el camino es latente…

“Queremos hacer la lucha, llegar hasta la frontera con Canadá; tal vez yo no la libre, porque hace un año pedí asilo en Estados Unidos y ya no puedo solicitarlo en ningún otro país, pero mi hermano sí, ojalá lo quieran ayudar. Van a tenerlo encerrado mucho tiempo, tal vez se olvidará de nosotros y se sentirá solo, pero para él será mejor eso que ser reclutado por las pandillas salvadoreñas, que lo maten los policías y que mi madre se quede llorando.

“Si nos agarran, que sea a los dos; y si pasamos, que sea juntos, pero nunca separados”, expresa el menor, con los labios temblorosos.

LAGARTIJAS. Vamos rumbo a Nogales, en busca de los niños caminantes. El tren cruza por un ejido de tierra suelta: La Victoria, donde se agolpan imágenes opuestas. Por un lado, fraccionamientos de lujo en terrenos arrebatados de manera ilegal a la presa Abelardo Rodríguez; por el otro, la línea ferroviaria, con montones de ropa tirados de tramo en tramo, señal del paso migrante. Son como pilas de desdicha.

A unos metros de la estación, deambulan los hermanos Bonilla, a la espera del ferrocarril. Será el último trecho para llegar a la frontera. Dieciocho y trece años, cabello ensortijado, de piel tostada por los latigazos del sol, del clima, tras un recorrido de dos meses.

Su padre es agricultor, allá en Sonsonate: siembra maíz, frijol, yuca y otros granos básicos. Su mamá, ama de casa, los besó y entregó la estampita de La Candelaria.

“El problema no es por la pobreza ni por la idea de juntarnos con familiares en Estados Unidos”, dice Juan Antonio.

—¿Entonces?

—Es por la presión de las pandillas y del gobierno salvadoreño. Estados Unidos dice que somos criminales, pero muchos venimos huyendo de la violencia, porque nos negamos a ser delincuentes en nuestros pueblos. Puro racismo.…

El año pasado fue detenido en la frontera, ya en tierra estadunidense, peleó el asilo durante siete meses, pero al sentir el caso perdido firmó la deportación. Tres horas con su madre, y de vuelta a la aventura.…

“En El Salvador hay una guerra de pandilleros y policías contra jóvenes, ustedes los mexicanos no lo creen porque no lo han visto. Llega La Mara y nos dice: ‘vas a andar con nosotros’ y si los rechazas, te matan. Asesinaron a tres de mis primos: uno de 13, otro de 14 y uno más de 16, allá matan a los niños como si fueran lagartijas”.

En México, narra, “las personas piensan que andamos vagando o pidiendo dinero, pero no saben el terror que vivimos en nuestros países; sí, pedimos una moneda, pero la necesitamos”.

Aunque tiene un par de hermanos mayores, fue el primero en marcharse hacia el norte.

“Agarré la mano a mi hermano y me vine, tengo fe en que algo bueno nos espera. Los mexicanos nunca nos dejan morir de hambre, nos ofrecen un taco, zapatos o camisa, pero también los peligros son muchos: secuestros, asesinatos, extorsiones. La Mara Salvatrucha se está apoderando de México, en el centro y el norte no saben, pero en Chiapas, Oaxaca y Veracruz la gente ya le tiene miedo”.

—¿Qué ha sido hasta ahora lo más difícil?

—En tiempo es cruzar Chiapas, más de 10 días, porque hay mucha migración. Entrando a Oaxaca los retenes bajan, pero sigue habiendo persecución en trenes y casas. Rumbo a Veracruz hay que andar con más cuidado, porque Los Zetas te pueden secuestrar o los maras te están esperando.… En Puebla es más tranquilo y de la Ciudad de México para el norte, la sentimos ganada.

MATEMÁTICAS. Miguel Ángel mantiene la mirada baja. Viste bermuda y una playera del hombre araña, obsequios durante la travesía.

“Allá me querían matar, los pandilleros nos obligan a estar con ellos y los policías les ayudan”, dice con voz tímida.

En El Salvador ayudaba a su padre en las labores del campo. Había pasado a sexto grado de primaria.

“Me dolió dejar a mis amigos y a mis padres, pero ahora estoy más tranquilo, con ganas de llegar a Estados Unidos y estudiar”.

—¿Estudiar qué?

—Me gustan las matemáticas, tal vez aprenderlas bien y trabajar después en una empresa. Algo diferente.…Todos mis amigos están sufriendo persecución, a los 12 o 13 años ya no hay más que la droga, yo no quería ser pandillero.

Imprimir