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“Mejor hambrientos pidiendo un plato de sopa, pero juntos”: María

Jesús, su marido, perdió “el jale” y salieron de Culiacán a Sonora para intentar cruzar al otro lado en busca de un mejor futuro ◗ Ella tiene miedo, “¿qué tal si en la frontera me quitan a los niños?, ¿Por qué ese señor (Trump) es tan despiadado? No quiero ni pensarlo” ◗ Tienen dos hijos, viven bajo un árbol cercano a las vías ante la insistencia de Jesús de cruzar a EU uno de estos días

[ Segunda parte ]

Frente a un plato de frijoles y papas, cercado por decenas de moscas, María se pregunta: “¿Qué tal si me quitan a mis hijos?”.

Según datos del gobierno de Sonora, cada mes un promedio de 160 niños mexicanos son repatriados desde Estados Unidos hacia la frontera sonorense. El retorno se da en soledad, sin compañía de un adulto…

A Reyna le han cortado el cabello para protegerla de piojos y liendres, tiene ocho años; Ian, de dos, se escapa de repente de los brazos de su madre para correr entre los demás migrantes en busca de comida…

A la mayorcita no le gusta verse así, “pelona”, y por eso se cubre la cabeza con un viejo chal. “En mi casa de antes hasta me hacían trencitas”, dice con pesar.

Pero ahora viven bajo un árbol cercano a la vía; amontonaron algunos cartones y hules para extender la sombra, y ahí esperan. No saben con exactitud qué, pero esperan…

La familia salió de Culiacán, Sinaloa, a mediados de marzo. Jesús, el papá, quien siempre ha trabajado como ayudante de albañil, “se quedó sin jale”. Tocó puertas durante un par de semanas, pero no salió chamba.

—Vámonos para el otro lado, a lo mejor la suerte nos cambia —propuso Jesús a María, en esta coincidente relación de nombres bíblicos. Ambos tienen 26 años.

¿Cómo nos vamos a ir, si no tenemos ni un quinto? — reprochó ella.

—Aquí nos estamos muriendo de hambre, a lo mejor consigo trabajo en Hermosillo, juntamos una lanita y seguimos camino — la ilusionó él.

—¿Y los niños?, están chiquitos para traerlos de aquí pa’lla. ¿El colegio de Reynita?

—Se van con nosotros, porque son los que traerán torta…

Dejaron el pequeño cuartito prestado por unos vecinos. Reyna abandonó la escuela. “Allá en Estados Unidos aprenderás inglés”, le dijeron sus padres. Subieron al tren, y así llegaron a la estación ferroviaria cercana al ejido La Victoria, donde se instalaron bajo el árbol.

Desde el primer día Jesús salió a la ciudad de Hermosillo con la idea de conseguir empleo, aunque la fortuna ha sido esquiva.

“Le entra a lo que sea: albañil, mandadero, lavatrastes. A veces trae dinero, a veces no; a veces regresa en la tardecita, a veces tarda uno o dos días. Conoció a unos señores que venden paca, y ahora está ayudando a empacar”, cuenta la mujer.

En una de sus recientes faenas, Jesús se paró frente a un puesto de periódicos y leyó sobre la política de “tolerancia cero” implementada por Donald Trump y la separación de familias.

“Andan separando a los hijos de sus padres”, le contó más tarde a María. Ella se asustó y quiere ya regresar a Culiacán.

“Ya le dije que mejor volvamos, ¿qué tal si en la frontera me quitan a los niños?, ¿Por qué ese señor es tan despiadado?, ¿qué podríamos hacer? No quiero ni pensarlo”.

AMENAZAS Y ARROZ. El dinero reunido ha sido muy poco. Los gastos absorben. Jesús pide paciencia e insiste en juntar más y seguir el avance… María resguarda cada peso, lo atesora, y ha optado por aprovechar la ayuda comunitaria. 

Por las tardes, algunas familias se acercan a la vía para regalar comida a los migrantes. A María le han obsequiado cobijas y ropa para los niños.

Esta vez caminó tres kilómetros para llegar al albergue administrado por el padre José Gilberto Lezama, quien arrancó el proyecto hace nueve años; primero en la iglesia de San Luis, luego en un terreno donado por un feligrés tras escuchar en la radio los planes fraternos.

“La idea original era brindar a los migrantes una comida digna en una mesa digna, donde se sirviera sopa, guisado, frijoles, arroz, tortillas y agua fresca, pero gracias a la generosidad de los fieles, esto creció: ahora tienen dónde bañarse, descansar, curarse las heridas y atender enfermedades”, comparte el párroco.

El albergue atiende entre 80 y 220 migrantes al día, según la época del año y las condiciones del clima. Colaboran alrededor de 50 voluntarios de manera alternada, la mayoría mujeres como Martha Silvia Molina, encargada de la despensa. “Dar al necesitado provoca una gran alegría”, afirma ella.

“La presión de Trump no se ha reflejado en un descenso del flujo, bajará cuando se resuelvan los problemas de violencia y marginación en Centroamérica y México –comenta el sacerdote–. En la actualidad el proceso se retarda porque ya no es fácil que los migrantes suban al tren: en las estaciones se están colocando los durmientes parados para que no se puedan subir o han cercado los patios ferroviarios con el mismo fin. Han subido los traslados en tráileres o camiones. Ellos pierden más quedándose en sus pueblos, que afrontando las amenazas de Trump”.

—¿Qué opina de la separación entre padres y niños?

—Es cruel, inhumano, va en contra de sus derechos, está bien lanzar el grito al cielo, pero en México las políticas migratorias tampoco son sensibles, vemos la paja ajena y no la propia. Aquí el gobierno se niega a otorgar permisos o visas humanitarias. Nosotros seguiremos la lucha: más bonito que la comida y la mesa digna, ha sido la sensibilización de la gente.

DESCALZOS.  Reyna e Ian no acabaron los frijoles ni el guisado de papa. María almacena las sobras en un frasco. También guarda plátanos y dulces repartidos. La cena está garantizada…

Tuvo diez hermanos. Su madre, desesperada por dar alimento a todos, emigró hace dos décadas hacia Sonora, donde le ofrecían trabajar de empleada doméstica. La pequeña Mary vivió acá de los cinco a los diez años, después una hermana la llevó de nuevo a Culiacán. Allá se enamoró de Jesús… Por eso la tierra sonorense no le es extraña, “pero ahora está más difícil, no encuentra uno cómo sacar adelante a los plebes”, asegura.

—¿Seguirán entonces hacia Estados Unidos?

—No voy a perder a mis niños ni a ocasionarles sufrimiento. Mejor pobres, descalzos, hambrientos, pidiendo un plato de sopa, pero juntos…

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