La “idealización” del adversario

Carlos Matute González

En un artículo de Nexos, intitulado “El populismo tecnócrata”, Roberto Moris hace una síntesis –al más puro estilo de una historia oficial- sobre los fracasos de las políticas de rescate financiero de los gobiernos de los años ochenta y noventa del siglo XX en términos de política social; y la salpica con algunos hechos históricos seleccionados para confirmar sus conclusiones con un tinte dramático, con lo que permite insinuar que los gobiernos mexicanos se han integrado con sociópatas.

Este es un ejemplo de que en nuestra época impera la “idealización” del adversario en un sentido negativo, es decir, los científicos sociales utilizan la metodología de tipo ideal de Weber para destacar todos los rasgos no deseables de aquel que piensa, actúa o juega un papel distinto u opositor en política, para mostrarlo como una opción electoral no conveniente. Esta forma de hacer “papers” -dirían los posgraduados en universidades anglosajonas- es una manera de apoyar a un candidato desde la arena cultural o en el espacio de los intelectuales.

Toda decisión de gobierno tiene claros y obscuros. Es legítimo que los grupos que lo ejercen destaquen lo positivo y los oponentes lo negativo. No es esperable otra conducta y una sociedad políticamente madura es capaz de apreciarlo y, en su momento, tomar una decisión más o menos racional en las urnas.

En los últimos veinte años, la vida académico-cultural ha sido invadida por la visión antisistema por diversas causas, entre otras, la falta de integración universidad-mercado, la incapacidad para la renovación del modelo de educación superior, la baja movilidad social a través del conocimiento especializado y la carrera frenética por atender las necesidades de servicios del cambio demográfico, más escuelas para los niños, más trabajo y vivienda para los jóvenes y más hospitales para los adultos mayores, que todavía es deficitaria en todos los rubros.

En esta circunstancia, la defensa de lo que se ha realizado es poco efectiva, aunque los resultados sean considerables, toda vez que todas las expectativas sociales no han sido cumplidas. Este panorama obliga a que el discurso populista haya sido adoptado por convicción, conveniencia o desesperación por los distintos candidatos a puestos de elección directa. Todos prometen en mayor o menor grado. Si bien se crearon más de 3,500,000.00

empleos en el sexenio, hay un déficit de otro tanto; si bien se redujo la informalidad en 3%, el ritmo de decrecimiento no es suficiente; si bien se han construido más viviendas en los últimos 18 años que en los primeros treinta años de la existencia del Infonavit y Fovissste, se han otorgado más créditos personales a tasas accesibles y se ha aumentado el porcentaje de población que reciben una pensión, todo esto no supera las enormes brechas del rezago.

Nadie recuerda que entre 1982 y 1988 el monto de la pensión era un tercio del salario mínimo y que este monto garantizado lo recibía más del 90% de la población jubilada. Treinta años después, el monto base es un salario mínimo, y la expectativa es que la reciban con cargo al esquema de seguridad social más del 50 % de los pensionados, lo que todavía está debajo de las expectativas sociales. Arriba de lo que existía, pero muy por debajo de lo que es justo.

En la idealización negativa del tecnócrata se erige la figura del individuo que con sus tablas y proyecciones cancela la esperanza de mejora de las mayorías. Esto en la realidad es falso. La insuficiencia de recursos es lo que existe, las estructuras sociales y económicas que provocan la desigualdad social están ahí y los intereses que no quieren el cambio se agazapan en algunos grupos aliados u opositores al gobierno.

Algunas medidas de racionalización del gasto se ganan la calificación de tener poca sensibilidad social porque afectan a intereses creados o a un sector de la población favorecido. Los casos clásicos de defensa de situaciones injustos es la oposición a la liberalización del precio de las gasolinas o la generalización del IVA, que en cualquier análisis financiero muestran que son políticas públicas progresivas, es decir, que ayudan a los más pobres.

Hay historias contadas de tal forma que sólo un grupo es bueno y otro es malo, o que los héroes y los villanos se vinculan en una secuencia virtuosa o perniciosa, como sucede con las dicotomías de los liberales vs. conservadores, revolucionarios vs. contrarrevolucionarios o neoliberales vs. populistas. Estas narrativas son un remedo de las historias oficiales gubernamentales u no gubernamentales que siempre utilizan la media verdad y la falacia para defender una estrategia política. El elector debe ser capaz de distinguir el engaño oculto en estas historias y, desde su propia narrativa de la realidad, determinar su preferencia electoral. La pregunta es: ¿Cuándo emita su voto, pensará en el pasado glorioso, en los errores del gobierno o en el futuro verdaderamente posible? Ya veremos.

 


Profesor de El Colegio de México
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