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“Voy a pasar a ganar dólares y regresaré a Honduras; mi familia es bien pobre”: Ostin

► A sus 16 años ha sufrido el maltrato de pandilleros en su país y de maleantes en Orizaba, pero ya llegó hasta Sonora donde aguarda una oportunidad para alcanzar Washington ◗ No tiene un quinto y vive de pedir una moneda en cualquier crucero y, si se puede, algo de comida ◗ Atrás dejó a su madre y sus hermanitos a quienes prometió regresar un día con la promesa de sacarlos de la miseria

[ Tercera parte ]

llegar a Estados Unidos, como sea, de cualquier manera, pero lograrlo, dice. ¿Y para qué?, se pregunta a Ostin Santos, un chico hondureño de 16 años, tras 63 días en la migración:

“Para cambiar mi vida, sufrir menos y ayudar a mi madre y a mis hermanitos”.

Su hermano mayor: Jorge, lo espera en Washington.

Llegó de madrugada a la estación ferroviaria de La Victoria, a 12 kilómetros de la capital sonorense. Bajó en busca de un poco de comida y más tarde subirá de nuevo a La Bestia… No sabe a qué hora, “pero el pito del tren nos avisa, y todos a correr”.

Hace dos meses y medio aún jugaba con una pelota abollada y con un par de carritos mochos; le gustaba retozar con sus hermanos de siete y cinco años, quienes lo despidieron entre lágrimas, en aquella casa de lámina del departamento Francisco Morazán, en Honduras.

—No te vayas —le decían.

—No será por mucho tiempo, voy a juntar para comprarles unos carros grandes, a control remoto, y me regreso.

—Pero también nos compras un papalote —pidió el grandecito, más resignado.

Ostin resistió las ganas de llorar, y se marchó.

Hace dos meses y días… Ese adolescente retozón ahora camina sediento, sin un peso en la bolsa. En el trayecto, ha enfrentado ya la crueldad de los maleantes.

“Lo más difícil fue pasar Veracruz: antes de llegar a Orizaba me quitaron la mochila y el poco dinero que traía, me golpearon”, cuenta.

—¿Quiénes?

—No supimos. Eran personas encapuchadas, no sé si Zetas o garroteros. No los vimos bien, porque era de noche, pero se taparon las caras y andaban vestidos de negro. Nomás me dejaron con la muda que traía.

—¿Y cómo has llegado hasta acá?

—Pidiendo venimos, a veces nos ponemos en los cruces, a pedir una moneda.

Hizo amistad con Elvin, emigrante hondureño de 18 años, y otro grupo de centroamericanos. Se cuidan, con la idea de evitar los asaltos.

“Hemos llegado hasta Sonora sólo en tren, ya estamos cerquita, a un pasito de la frontera —expresa con esperanza—. Cuando cae el hambre nos bajamos a pedir comida, alguna moneda, algo para la botana y seguimos nuestro camino por la vía. Voy a llegar al otro lado, es el sueño”.

Ostin esperó a terminar la secundaria. Sabía de las necesidades y carencias en casa, del esfuerzo de su madre: Andrea Adelina, para conseguir trabajo y llevar comida a los niños.

“Ni pensar en seguir estudiando, las cosas no daban para más”, comenta el muchacho, quien debía trabajar por las mañanas y así ayudar en los gastos. Por la noche, a la escuela.

—¿Y en qué trabajabas?

—En una carpintería.

—¿Dónde aprendiste el oficio?

—Ahí mismo, en el colegio. Un señor me dio la oportunidad de entrar al taller, pero el salario era muy bajo. No alcanzaba para nada… Allá en Honduras está complicado, por los pandilleros. Ellos te bajan el dinero y te golpean. Varias veces me quitaron el sueldo, porque decían que me había metido a su territorio. Una vez me dieron una madriza, solo por caminar donde ellos no querían. Aquí mandamos nosotros, decían, y te corrían a patadas.

—¿Y tu papá?

—Sólo tengo mamá, a mi padre lo mataron cuando tenía dos meses de nacido, no lo conocí.

—¿Por qué lo mataron?

—Por un pleito de vecinos.

Su hermano, allá en Washington, trabaja en la construcción. Cruzó la frontera hace apenas un año: sin papeles ni pollero. “Tuvo suerte, así solito entró y, con la protección de Dios, será lo mismo conmigo. Alcanzaré a mi carnal”.

—Tú vas solo, pero otros niños están siendo separados de sus padres…

—Es mucho dolor, lo vi cuando me despedí de mis hermanitos. Separar a los niños es abusar de sus derechos, en las leyes está escrito que no se les puede encerrar ni enjaular. Ser emigrante no es un delito, en este mundo deberías andar en cualquier lado. Todos somos seres humanos y la tierra no tendría por qué tener dueño.

Llegar, pero no quedarse… Ostin planea trabajar allá tres o cuatro años, juntar dinero y volver a su país.

“Es una promesa que le hice a mis hermanitos. No les eché mentiras. Voy a pasar, traigo buena espina. Ahorraré muchos dólares y regresaré a Honduras, pero ya diferente, con lana para hacer un negocio y estar más seguro, ubicarme en una zona donde no manden los pandilleros”.

Dieciséis años. No juegos, familia ni escuela. Sólo peligro e incertidumbre.

“¿Cómo voy a abandonar a mi familia, si es bien pobre? Soy el ejemplo de mis hermanos, me hacen falta y en unos años podré abrazarlos, estaré otra vez con la pelota y los carritos. Les llevaré su papalote”…

Ostin se acomoda el sombrero de palma. Se lo regaló un anciano, en el centro del país. Ha llegado hasta el norte. Ya aguarda el silbido del tren...

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