Del carro completo y el voto dividido - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 22 de Junio, 2018
Del carro completo y el voto dividido | La Crónica de Hoy

Del carro completo y el voto dividido

Aurelio Ramos Méndez

Dirimida virtualmente, en los hechos, la elección presidencial, la siguiente batalla en el proceso electoral apunta a la composición del Congreso. Poder de la Unión del cual es inaplazable recuperar su condición de órgano de control político, principalmente del Ejecutivo.

Sedicentes demócratas, al parecer provistos de bola de cristal, llaman a los ciudadanos procurar que para el Congreso sea elegida una fuerza política distinta de la que estará en la Presidencia.

Díscolos, sin embargo, se abstienen de decirnos cuál es la fuerza que gobernará desde Los Pinos, de modo que los ciudadanos del común podamos impulsar una diferente para el Legislativo.

Se infiere, apenas tenuemente, que esos demócratas están atenidos a las encuestas y al refranero, según el cual “este arroz ya se coció”. Lo que no deja de resultar muy audaz; la última palabra está en las urnas.

El Congreso, es cierto, requiere de una renovación a fondo, en todos sus aspectos.

Empezando por eliminar la aguda corrupción, la venalidad enseñoreada en ambas cámaras, que ha pervertido por entero sus funciones constitucionales y políticas.

A la hora de sufragar será menester, asimismo, reparar en que es urgente acabar con la partidocracia.

Mejor dicho: Eliminar el mangoneo de las asambleas de diputados y senadores por un combo de coordinadores que suele arreglar, incluso los más graves asuntos camerales, en cónclaves de una decena de jefes.

Por principio de cuentas, se debe recuperar la noción —plasmada en la Carta Magna— de que los legisladores no son representantes de partidos, sino representantes populares.

Los diputados representan a la población de sus distritos y los senadores la de las entidades federativas, con todo y que la contrahechura en la integración de la Cámara Alta hace rato difuminó la paridad de los estados.

Mal se puede hacer llamados a instalar fuerzas distintas en los Poderes del Estado. Basta con que los ciudadanos votemos informados acerca de quién es quién en las candidaturas para tratar de elegir a los mejores prospectos, sean del partido que sean, aun si fuesen copartidarios del Jefe del Estado.

En modo alguno se debe temer al carro completo o la idéntica militancia partidista del Presidente y los legisladores, por más que haya quien considere esto un aberrante retroceso a los tiempos del partido único.

Lo realmente importante es que los miembros del Legislativo y el Ejecutivo tengan acendrada noción de sus responsabilidades cívicas e históricas y que las cumplan a cabalidad.

Y que tengan disposición para trabajar con dedicación, honestidad intelectual y probidad, cada quien en su ámbito, en pos del objetivo común de resolver los más agudos problemas nacionales e impulsar el desarrollo.

Puesto de otro modo, ¿qué de malo tiene el que un buen Presidente de la República cuente con bancadas mayoritarias, robustas, para apuntalar sus proyectos, si están bien enraizados en el sentir y los anhelos populares?

Llamar al voto diferenciado es invocar la perpetuación de lo que en las últimas dos décadas hemos tenido en cuanto a relación entre Poderes del Estado, en particular entre el Legislativo y presidentes carentes de mayorías.

¿Qué es lo que hemos tenido? Obstruccionismo a iniciativas presidenciales, parálisis legislativa, abierta compa-venta de votos; cooptación, alquiler y préstamos de legisladores para abultar bancadas de modo artificial y tener acceso al presupuesto, y hasta íngrimos legisladores convertidos en fieles de balanza, y, por lo mismo, con voto cotizado a precio de oro…

Se necesita vivir en otro planeta para no percatarse de que en el Legislativo las cosas se mueven menos por razones ideológicas y programas y plataformas partidistas, que por dinero contante y sonante.

Y esta perniciosa práctica, de la que participan diputados y senadores de todos —todos— los partidos, no terminará con la sola pluralidad y la instalación en escaños y curules de militantes de un partido distinto del presidencial.

Suponer, además, frente a semejante realidad, que la pluralidad impedirá el servilismo de diputados y senadores frente al Ejecutivo, es de de una ingenuidad que conmueve.

De nuevo: Por definición constitucional los partidos son instrumentos para el ejercicio de los derechos políticos y para acceder a las cámaras e instancias de representación popular. Y en modo alguno los diputados y senadores representan a esas formaciones por ahora tan mal afamadas.

Por añadidura, ¿cuál de los actuales nueve partidos puede ofrecer una práctica política distinta, más limpia o menos cochambrosa, que aquella que llegase a instalarse en la Presidencia?

¿Puede alguien creer, sin pecar de inocente, que de conquistar la mayoría en San Lázaro el PRI ofrecerá algo distinto de lo que hemos conocido, con elencos en los que pululan personajes tales como Carlos Romero Deschamps, Joel Ayala o el ferrocarrilero Víctor Flores, de fulgurante reaparición esta semana?

Convertido hipotéticamente en mayoría parlamentaria, el PAN ¿sería el de siempre, el de los moches, las negociaciones en lo oscurito y la venta —a lo Vázquez Mota— hasta de las derrotas electorales? O, por el contrario, ¿sería un partido limpio, ejemplar, deschanchullizado?

¿Se puede esperar un ejercicio político distinto del que hemos visto de los logreros súbditos del Niño Verde Jorge Emilio González, o de los líderes del Panal, que por la mañana son aliados del PRI, por la tarde del PAN y por la noche del que mejor pague?

¿Qué de bueno pueden aportar como contrapeso el PRD y Morena? ¿Inspiran confianza Los Chuchos, capaces de traficar con todo lo traficable, Los Galileos al servicio del mejor postor, o los Berajarano, los Napitos, las Gordillo y demás yerbas?

A estas alturas de la historia, a cuatro décadas de la primera reforma política, está claro que la incorporación al Congreso de los diversos partidos, de los más antiguos a los que florecen elección tras elección, poco ha contribuido al saneamiento de la política.

No nos engañemos. Ni el carro completo es lo peor ni voto dividido la salvación de la Patria.

Se requiere, más bien, de un eficaz control social e institucional, de las instancias de gobierno y de la prensa vigilar el desempeño de diputados y senadores, y del Presidente que viene. Para cuidarles las manos y sacarles tarjetas rojas o amarillas cuando así se requiera.

 


aureramos@cronica.com.mx

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