La pasión por el futbol (cuarta parte)

Edgardo Bermejo Mora

Los recién llegados eran el Boy y otros cuantos de su tropa, como siete, tal vez nueve, que entraron muy pero muy gandallas, con la pose ecuánime de quienes saben que tienen acorralada a la prensa y se toman su tiempo para el remate final. El revolver del cantinero rápidamente regresó al cajón y su pensamiento se concentró en lo que parecía la inminencia de un atraco. El Boy le dirigió una mirada elocuente y sin concesiones que a todas luces significaba “¿Dónde se metieron?” El cantinero respondió con el mentón apretado y un simple movimiento digital que apuntaba hacia el fondo, delatando a los intrusos. El Boy, como si hubiese leído el guion de una cinta de mafiosos, apuró un trago de quién sabe qué —abandonado sobre la barra—, convocó al resto de los suyos con un ademán gastado y avanzó con

paso firme, ya sin prisas.

Del otro lado de la puerta, que separaba los baños

angostos del resto de la cantina, le esperaban Nacho, Jordi, Mónica —la novia de Nacho— y sus dos primas. Apenas y gritaron. A
Nacho y a Jordi los estrellaron contra el piso pringado de aquel baño, y los cocieron a puñetazos sin ánimo de liquidarlos. Estaba decidido que pudiesen asistir con plena conciencia al momento estelar en el que les hundían por la cabeza en el pozo del retrete, anegado de orines y otros miasmas.

Jordi y Nacho vomitaron, y

sólo entonces se desvanecieron por completo, sin poder atestiguar los gritos y jaloneos de las primas, sometidas al intenso manoseo de dos mecánicos y cuatro ruleteros de la ruta Santa Martha-
Niños Héroes,

mientras que el Boy negociaba con el

cantinero la rendición de la plaza.

Le respetarían el mobiliario y los cristales a cambio de su silencio, una propina

generosa y dos o tres botellas de tequila. El cantinero no tenía mejor salida que aceptar la oferta, mientras que Mónica soportó de pie y sin inmutarse la embestida vertical de dos plagiarios, a diferencia de sus primas, que se desmayaron a los primeros signos de que serían ultrajadas.

De regreso a la rotonda de la patria y sus desmanes, sucedió que las autoridades de la capital sólo destacaron a un equipo de paramédicos para atender las emergencias que se pudieran presentar en la gran fiesta, lo cual explica la fatal coincidencia de que en el espacio reducido de una sola ambulancia —que ululaba a toda prisa camino al hospital, se apretujaban dos camillas, muy cerca una de la otra. En ésta, el Pucas balbuceaba maldiciones –con varias costillas, una mano y los brazos fracturados; en aquella, el Coque convulsionaba con furia mientras parecía desangrarse.

“Si logramos detenerle la hemorragia de la pierna este hombre se puede salvar —comentó un paramédico a su colega—tengo la impresión de que los navajazos no dañaron órganos vitales, pero lo malo es que ha perdido mucha sangre”.

La conversación pausada de los paramédicos devolvió al Pucas a la tierra. De pronto comprendió lo ocurrido y con el rabillo del ojo identificó a su vecino. Obedeciendo más a su instinto que a sus huesos ensayó ponerse en pie, con el único propósito de contravenir el pronóstico de los socorristas sobre el tipo que se encontraba a su lado. Pero el dolor era insoportable y de un grito seco ahogó las quejas de su esqueleto que no admitía ningún movimiento brusco. Desesperado, intentó girar sobre su eje y como pudo se arrimó hasta que tuvo al enemigo a una distancia tan corta que admitía la posibilidad de envestirlo con la quijada —lo único que podía mover con cierta dignidad a esas alturas—. De modo que se decidió a imprimir una dentellada sobre las mejillas regordetas y ya lívidas de su contrincante, que aún así no pudo reaccionar o por lo menos denunciarle a gritos.

Al comprender su descuido, los médicos intentaban despegar al agresor —que se trabó como un perro— y no tuvieron más remedio que aplicarle una descarga eléctrica, originalmente destinada a reanimar el corazón del otro herido. El electroshock hizo saltar al

Pucas, mientras que el Coque reaccionó por fin, en vista de que la electricidad pasó a su cuerpo a través de las fauces de su depredador y esto, de algún modo, lo trajo de nuevo al mundo. Y como el Pucas no dejaba de insultar a los paramédicos e intimidarlos con toda clase de amenazas, resolvieron arrojarle con la ambulancia en movimiento. Su cuerpo rodó sobre el asfalto y se estrelló de un golpe seco sobre la acera de un camellón, muy cerca ya del hospital.

Mientras tanto el Boy y los suyos abandonaron el bar con sigilo y muy pronto se lograron confundir con el resto de la muchedumbre. Una vez reintegrados a la turba, el Boy propuso sin más que era el tiempo de regresar al microbús para ir en busca del Pucas, que a esas alturas debería estar en algún hospital de la Cruz Roja. A decir verdad, le inquietaba menos el Pucas —hierba inmortal— que el gordo ajusticiado al que suponía muerto, e incluso debía admitir para su fuero interno que echarles montón a las tres viejas no estaba dentro de lo previsto, a diferencia del resto de la pandilla, que lejos de lamentarse festinaban la ocurrencia entre empujones y carcajadas de hienas.

Cuando se dio cuenta de que sería imposible interrumpir el ánimo extasiado de los pocos del grupo que a esas alturas lo seguían, se convenció de que lo mejor sería dar marcha atrás para ir en busca de su armatoste de veinticinco pasajeros, y comprendió a su vez que no tendría mas remedio que cantar retirada en solitario.

Inquieto por desconocer el paradero de su gran cuate del alma, el Boy se montó al microbús y todavía no atinaba a insertar la llave del encendido cuando escuchó una voz familiar desde el fondo de la Chevrolet. “Quihubo cabrón” —le dijo la voz—, que en un principio identificó como la de algún rezagado del grupo esperándole en la penumbra. Esbozó una sonrisa en el momento mismo que se giró para identificar al personaje, y en ese preciso instante la sonrisa devino mueca, cuando descubrió que un tipo se le acercaba a grandes zancadas desde el fondo del camión, con algo parecido a un gran tubo entre las manos.

Era el vinatero. El mismo que había asaltado y descalabrado un par de horas atrás y que por fin le daba alcance —tras una búsqueda por demás previsible— con todas las ansias de ponerle una gran madriza al hijo de puta que por poco lo mata de un botellazo.

El Boy intentó escaparse por la puerta delantera antes que enfrentar al enemigo, pero ya otros gañanes rodeaban el microbús. Unos con bates, otros con botellas y uno incluso con pistola. Ninguno de ellos, sin embargo, intervino para consumar la venganza. Porque al vinatero le bastó abanicar el tubo una sola vez, a la altura exacta de la cabeza del Boy, que salpicó el tablero y los cristales de su camioneta con sangre, cabello, y seguramente una porción considerable de sesos.

 

 


@edbermejo
edgardobermejo@yahoo.com.mx

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