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Jaime Sabines, el poeta más querido

► Jaime Sabines o el hombre que convocaba multitudes con su palabra ►Pionero del cine sonoro mexicano, Miguel Zacarías descubrió a María Félix ► Desde luego que las traía muertas; era nada menos que Mauricio Garcés Los libaneses que hicieron su vida en México dieron personajes destacados en los ámbitos más diversos. Algunos de ellos se convirtieron en personajes muy queridos por el pueblo. En esta entrega de Migraciones en México, Crónica recupera las historias de tres personalidades que, a su particular manera, dejaron huella en la educación sentimental del país que éramos en el siglo XX.

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Los milenials no llegaron a tiempo para ver a las multitudes dando el popular “portazo” nada menos que en el Palacio de Bellas Artes; para ver a funcionarios corriendo, montando en emergencia altavoces y pantallas, para que nadie se quedara sin escuchar, ese 30 marzo de 1996, a Jaime Sabines (1926-1999) que, esa noche, leía sus poemas, y lo que se planeó como un correcto recital, se convirtió en la fiesta que ésos, los habitantes del México del siglo XX, le ofrecían a uno de sus poetas más queridos.

“Las mañanitas” que se cantaron aquella noche a este chiapaneco, mexicano hijo de libanés, se escucharon a cuadras de distancia. Eran los días aún sin internet, sin redes sociales, sin las selfies que muchos se hubiesen tomado en esa especie de macrofiesta familiar. Sabines vivía sus últimos años arropado en un brutal cariño masivo, de ese que en los años del fin de siglo solamente se dispensaba a los cantantes de rock. “Estos son los aplausos que lo lastiman a uno”, le dijo, emocionado a los miles que le aplaudían.

¿Por qué querían tanto los mexicanos a Jaime Sabines? Durante décadas, los críticos aventuraron las más variadas hipótesis: porque decía las mismas palabras que la gente de todos los días usa para enamorarse, para irritarse, para morirse de nostalgia, para tenerle miedo a la muerte; porque, escribió un colega suyo, Raúl Antonio Cota, “su obra tiene la particularidad de irritar y fascinar, al mismo tiempo, a los académicos y a los críticos; de sorprender y encantar a los diletantes”. Un poeta sabio, Vicente Quirarte, dijo que la de Sabines es “una poesía escrita con el corazón en la lengua”.

Acaso porque hablaba de las cosas importantes, de la vida, del amor y de la muerte. “Soy árabe, por tanto fatalista”, dijo alguna vez. “Creo que el hombre, cuando habla de libertad, no es más que un muñeco manejado por la vida”. Sin embargo, su poesía sirvió para que muchos caminaran el mundo de todos los días con alguna mínima clave para librar la jornada diaria.

LA HUELLA DEL MAYOR SABINES

El apellido Sabines tiene aroma a la tierra originaria. Julio, el padre del poeta Jaime, se construyó un nombre para vivir su vida mexicana,  en este lado del mundo tuvo por apellido una derivación de Saghbine, el pueblo libanés donde nació. Muy pequeño, viajó a Cuba con sus padres y sus hermanos. Julio se trasladó a México en los turbulentos años revolucionarios. En nuestro país, se convirtió en soldado carrancista al, que, sin decir agua va, le dieron un caballo, un máuser y unas cananas repletas de cartuchos.

Era Julio Sabines capitán primero, a las órdenes de Jesús Castro cuando en 1914 llegó a Chiapas. Allí se enamoró de una “niña bien”, de la muy quisquillosa alta sociedad de Tuxtla. Luz Gutiérrez, la que sería doña Luz, era nieta de Joaquín Miguel Gutiérrez, gobernador del estado, liberal y juarista. El joven militar cortejó y convenció a la señorita bien educada que tocaba el piano y el violín. Formaron una familia donde el padre transmitió a sus hijos, por medio de las narraciones y la conversación, el legado de la cultura libanesa, de la literatura árabe transmitida por una fuerte tradición oral.

Por las narraciones del Mayor Sabines, sus hijos supieron la historia de Antar, “que es el Mio Cid del Oriente”, les refería capítulos de Las Mil y Una Noches. Juan, Jorge y Jaime, los hijos de don Julio y doña Luz, escuchaban la historia durante o después de la cena. Su padre iniciaba el camino hacia la recámara, por el corredor, continuando la historia. Lo seguían los tres niños, fascinados por la voz del padre, que tenía resonancias de otras tierras. “El viejo era muy hábil”, recordaría el poeta en su propia madurez: “siempre procuraba dejarnos en suspenso, así que todos esperábamos que llegara la noche para oír el desenlace de sus historias”.

Muchos años después, a la muerte del padre, Jaime Sabines escribió ese gran poema, donde se despedía de él. En una línea lo definió, resumió su historia de emigrante, y el peso de las dos grandes raíces que nutrieron su palabra.

Jaime, poeta, lo llamó “cedro del Líbano, robledal de Chiapas”.

LA CONSTRUCCIÓN DE UN POETA

La vida en el rancho La Lomita, en los años de infancia del poeta, duraron poco. Se movieron a la ciudad de México en 1939. Jaime Sabines hizo un año de secundaria, y la familia regresó a Tuxtla Gutiérrez. Allá publicó algunos poemas en un pequeño periódico, El Estudiante. El muchacho regresó cuatro años después para estudiar medicina. Viviendo a un par de cuadras de la Escuela de Medicina, pasó tres años, que luego calificaría de profundamente infelices, porque siempre se supo poeta. Con la anuencia de sus padres, dejó la universidad. Regresó en 1949, con una beca del gobierno del estado de Chiapas, para estudiar literatura española en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

El mundo cambió. Jaime Sabines se sintió en su elemento: tuvo maestros a los que apreció, como Julio Torri o Agustín Yáñez; amigos cercanísimos como Rosario Castellanos. En 1950, aparece el primer libro de poemas, Horal. Con rapidez, se suceden otros dos libros: La Señal (1951) y Adán y Eva (1952). En 1953 se casa con Josefa Rodríguez Zebadúa, Chepita. Para sostener a su familia, regresa a Chiapas. Su hermano Juan, recién electo diputado, lo deja encargado de su negocio: la tienda “El Modelo”.

Fueron años de silencio en los que el poeta no dejó de escribir; años de aprendizaje y de resistencia contenida. “Era poeta, pero tenía que ponerme a vender metros de manta o delantales”. Esos años, a los que definió como “terribles” le enseñaron la humildad. Y con todo ese trajín diario, de barrer la calle, de atender el mostrador, jamás abandonó la poesía. Así lo conoció otro poeta chiapaneco, Óscar Oliva, quien le llevó algo de lo que comenzaba a escribir. Sabines bajó las cortinas del negocio, y condujo al joven Oliva al interior de la casa, donde, pertrechados con una botella de ron, dedicaron horas a leer poemas de uno y otro. Oliva salió de allí deslumbrado por lo que sería Tarumba, que se publicó en 1956.

En 1959, la familia vendió la tienda y se trasladó de nuevo a la Ciudad de México. Pero Jaime Sabines ya no guardó silencio. Vinieron libros como el Diario semanario y poemas en prosa (1961), los Poemas sueltos (1951-1961), Yuria (1967), la inevitable toma de posición ante lo que México vivía en Tlatelolco (1968). Poco a poco comenzó a ganar reconocimiento. Vinieron obras como Maltiempo (1972), Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1973), Otros poemas sueltos (1973-1994). Desde 1977, cuando todos estos trabajos se fundieron en el Nuevo Recuento de Poemas, que desde entonces no ha dejado de reeditarse.

EL AMOR POR UN POETA

Para 1986, cuando Sabines llegó a los 60 años, no solo era ya una figura consagrada de las letras mexicanas, sino era un poeta muy querido por los mexicanos de a pie, cuya aparición en público convocaba a cientos de lectores. El homenaje organizado aquel año por la UNAM y por el Instituto Nacional de Bellas Artes se volvió una multitudinaria conversación. “No me gusta estar leyendo, como si yo leyera ante las paredes nada más… Quiero saber que ustedes se ríen, quiero decirles que si alguno de ustedes quiere que yo le lea un poema particularmente, con mucho gusto”. En adelante y hasta su muerte, 13 años después, esa sería la tónica de sus encuentros con el público.

Fueron varios y muy acreditados los premios que se le otorgaron, desde el Premio Chiapas, de 1959, hasta el Premio Mazatlán de 1996. Recibió en 1973 el Premio Xavier Villaurrutia, por Maltiempo, en 1983 el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura, y en 1994 la medalla Belisario Domínguez.

Una caída que le afectó una pierna y una cadera le generaron secuelas hasta el fin de su vida. En 1996, después de 35 operaciones y moviéndose en silla de ruedas, siguió reuniéndose con sus lectores. Y ese afecto no menguó ni siquiera en los difíciles días de 1994, cuando se manifestó en contra del movimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que, en cambio, sí lo distanció de colegas suyos como Juan Bañuelos y Óscar Oliva.

Cuando murió, en 1999, antes de cumplir los 73 años, se supo que no deseaba un homenaje luctuoso en el palacio de Bellas Artes. Quiso seguir siendo el poeta, el peatón, atendiendo a una voz peculiar, ésa que está grabada en la estatua colocada en la Casa de Cultura que lleva su nombre:

 

Alguien me habló todos los días de mi vida

Al oído, despacio, lentamente.

Me dijo ¡Vive, vive, vive!

Era la muerte.

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