Nacional

De Juventino Rosas a la poderosísima Doña: un universo fílmico

Fue haciéndose de una fama peculiar: “descubridor de estrellas”, creador de luminarias...

Al cineasta Miguel Zacarías (Ciudad de México, 1905-2006), el destino lo favoreció con un padre libanés que escogió México para patria de sus hijos. Ese joven, que estaba llamado a convertirse en uno de los grandes directores del cine nacional en la primera mitad del siglo XX, conoció la historia de amor entre México y Líbano que había determinado su destino, por medio de una carta, escrita en árabe, por su progenitor, donde le explicaba: “Yo, tu padre, no soy desertor ni un fugitivo. Deliberadamente, después de pensarlo bien, decidí darte por patria el país mas privilegiado del mundo. Sí, México”.

Aquella misiva, que el cineasta conservó toda su vida, hablaba de una decisión cuidadosa y llena de amor, tanto al hijo como al hogar elegido: “La naturaleza señala a todas las especies la forma de proteger a sus descendientes; hasta los insectos ponen sus huevecillos en el lugar más propicio. He querido que nacieras en una patria de amplias, ilimitadas oportunidades; he querido darte por patria a México, el único país que no tiene ni puede tener enemigos”.

Así le marcó la vida al joven Miguel; que en su larga vida –murió a los 101 años– dirigió más de 50 películas, y escribió más 56 guiones cinematográficos; ocasiones hubo en que produjo, dirigió e hizo el guion de un filme. Cuando, llegada la vejez, abandonó los sets y los rodajes, siguió escribiendo, lo mismo novelas que poesías.

En sus primeros años en la industria del cine, fue haciéndose de una fama peculiar: “descubridor de estrellas”, creador de luminarias. “Nunca quise tener contratos de exclusividad con ninguna de esas estrellas”, contó en los días de su vejez. “Se los regalaba al cine y que trabajaran con todos los directores, con todos los productores”. Eso sí, Zacarías nunca dejaría de reivindicar esa fama de “fabricante de estrellas”, lo acompañó en todos los momentos de su vida.

“Yo quería ser abogado, igual que mi padre”, recordó alguna vez Zacarías. “Pero él no estaba de acuerdo; decía que era una profesión donde la mentira era una cosa frecuente, y no quería que me dedicara a eso. Él se dedicaba a hacer negocios con bienes raíces. Pero como yo me empeñaba, él quiso solucionarlo enviándome a viajar. Claro que a donde me enviaba, yo intentaba entrar a las escuelas de leyes; pero entonces él llegaba y me sacaba y me llevaba a otro lugar. Y entonces me encontré con el cine”.

Zacarías se formó en México en escuelas maristas; estudió en nuestro país hasta el bachillerato. Después, al sentir el llamado del mundo del cine, marchó a Nueva York, a la Universidad de Columbia, donde estudió dirección, composición fotográfica y arte dramático. Corría 1931, y Miguel Zacarías era un muchacho veinteañero que se convirtió, con la pujanza de su juventud en uno de los pioneros del cine sonoro mexicano. A su vuelta a nuestro país, en 1932, fundó la compañía Latin Films, para realizar su opera prima, que tenía que ver, en el fondo, con sus raíces y con su herencia familiar, en la que el amor a México era fundamental.

SOBRE LAS OLAS...

Hay, en la filmografía mexicana, dos películas  acerca de la dramática vida del compositor mexicano Juventino Rosas; ambas llevan el mismo nombre: “Sobre las olas”. La primera fue rodada por un muy joven Miguel Zacarías en 1932, y, además de ser su primer filme, es una de las primeras películas sonoras del cine mexicano (después de Santa, de 1931, dirigida por Antonio Moreno).

Su mérito fílmico es, por sí mismo suficiente, pero detrás de aquella historia, que aún conserva algo del estilo actoral del cine silente, y en la cual actúan Adolfo Girón, Carmen Guerrero, René Cardona y Emma Roldán, está, también, esa declaración de amor a México que el libanés mexicano lleva a flor de piel y que resurge en las condiciones más insospechadas.

“En uno de aquellos viajes de juventud, por el Mediterráneo, coincidí, en Alejandría, a bordo en un barco, con un lingüista húngaro, que hablaba 26 idiomas. Él se había trasladado a Egipto para perfeccionar su árabe, y cuando quiso practicar y no halló entre los pasajeros alguien más que yo, para hacerlo. Tendría yo como 18 o 19 años. Hice una buena amistad con ese viejecito”.

En aquel barco, por alguna extraña razón, tocaban todo el tiempo “Sobre las olas” de Juventino Rosas. Conversando, le conté que era una composición de un músico mexicano. “¿Qué me dice? ¿Un mexicano? ¡No es posible!”, me dijo en francés. “Es un país retrógrado, de salvajes!” Me dijo. “Vea lo que ha hecho Francisco Villa, invadiendo una pequeña ciudad de Estados Unidos; puso en peligro la independencia de su país. ¡Eso que me dice no es cierto, ese es un vals vienés!” Fuimos con el director de la orquesta del barco: no sabía quién era el autor de la pieza, y ninguno de los músicos lo sabía. Pedí que me dejaran ver la partitura, que decía en alemán “Sobre las olas” nada más, sin el nombre del autor”.

El incidente marcó al joven Zacarías y decidió el camino de la que sería su primera película: “Me quedó ese resquemor en el alma. ¿Por qué se iba a ignorar en el mundo que Sobre las olas era un vals mexicano, escrito por un mexicano? De manera que cuando tuve la oportunidad de hacer una película, fue precisamente “Sobre las olas”, para dar a conocer el vals y la obra de Juventino Rosas. Tiene escenas que me alabaron mucho en Europa”.

En Estados Unidos, el cine sonoro, que comenzaba, orientó sus baterías para llevar películas sonorizadas a los públicos latinoamericanos. “Lo malo era que, en una película, la mamá era española, la hija mexicana, el papá cubano, el hijo argentino y la otra hija venezolana: era una mezcla tremenda de sonidos; la gente se moría de risa con eso; le restaba veracidad a la historia. Entonces comprendí que el cine de habla española necesitaba sus propias estrellas; que atrajeran verdaderamente al público. Eso fue lo que yo busqué: yo los hacía estrellas. ¿Qué hubiera sido el cine mexicano si hubiera padecido un vacío de estrellas, sin Cantinflas, sin Pedro infante, sin Jorge Negrete?”  Hasta el fin de sus días, Miguel Zacarías se ufanó de una cosa en particular: “Yo hice a casi todas las estrellas del cine mexicano”.

¿Quiénes, en el mundo cinematográfico del siglo XX, pertenecieron a ese universo de descubrimientos que se harían legendarios? En Rosario (1935), presentó a un joven Pedro Armendáriz. Figuras como Marga López, Elsa Aguirre, Esther Fernández o Manuel Medel, saltaron a la fama de la mano del cineasta mexicano-libanés, cuyo camino se cruzó, en esas vueltas que da la vida, con otras figuras que no debutaron en sus producciones pero a las que le supo dar el espacio apropiado para que siguieran siendo, a fin de cuentas, estrellas, claro, como Pedro Infante.

EL COUCH DE MARÍA FÉLIX

“No hay duda de que Miguel Zacarías es el director y productor más importante del México de los años 30”, considera el historiador Carlos Martínez Assad. “Es el introductor de María Félix, en El peñón de las ánimas (1943)”, donde produjo, dirigió y escribió el guión.  Es en El peñón de las ánimas, de 1942, donde lanzó a la joven María Félix. Sin pelos en la lengua, el cineasta contó en repetidas ocasiones cómo disciplinó a la joven sonorense, acostumbrada a hacer su voluntad por el solo influjo de su belleza. “Era tartamuda. Todos los días le ponía yo trabalenguas, “tres tristes tigres”, cosas de esas. Le costaba mucho, pero acabó mejorando”

A sus actrices, las ponía en forma para que luego estuviesen en condiciones de filmar; les grababa los diálogos de la película para que se los aprendieran “como si fuese una canción”; las hacía acostarse en el suelo para que aprendieran a respirar. A la joven María Félix no le gustaron las ideas del director Zacarías, pero acaso lo que más le molestaba era que aquel hombre ni siquiera le dedicaba una mirada de admiración. “Ella recorrió muchos sitios para lograr hacer cine”, recordaría el cineasta, “y la única persona decente que encontró fui yo”.Pero claro que Zacarías era consciente de la enorme belleza de María Félix. Muchos años después, compartió con la televisión mexicana un soneto que le escribió, en algún momento; un soneto donde hablaba de la “celestial y satánica hermosura” de aquella mujer: “Ángel y bruja/ En tus ojos, la luz de un sol que embruja/ y amalgama la  crueldad con la ternura”.

 

Imprimir