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Mauricio Garcés, o el eterno galán

Duerme la eternidad en una tumba discreta, sobria, en el Panteón Francés de La Piedad, de la capital mexicana. Si el visitante, al pasar, no mira con atención, es muy probable que no se dé cuenta de que, en la lápida que dice que allí reposa Mauricio Féres Yázbek, nacido en Tampico en 1926 y fallecido en la ciudad de México en 1989, también está grabado, entre paréntesis, el nombre con que miles lo conocieron en su paso por el cine mexicano del siglo pasado: Mauricio Garcés.

Sí, aquel galán cinematográfico  que tocaba los amplios registros de la comedia sin abandonar su tipo de conquistador internacional, tiene otra historia, donde la consabida solidaridad libanesa y la oportunidad que llama a la puerta, le construyeron los primeros caminos por los cuales Mauricio Féres Yázbek se convertiría en una figura del cine nacional.

“La Primavera” era el nombre de la tienda que, en el puerto de Tampico, tenía la pareja de emigrantes libaneses, formada por José Féres y Mahiba Yazbek. Tres eran sus hijos; Mauricio, Edmundo y Roberto. En “La Primavera” se vendían artículos finos para dama y caballero. Era una tienda muy socorrida, popular: su ubicación era inmejorable, pues estaba en una de las esquinas de la Plaza de Armas de Tampico.

Todo lo que se vendía en “La Primavera” venía de Europa. Entre los recuerdos familiares está el nombre de un barco: el “Orinoco” que era el principal surtidor de importaciones europeas que después los tampiqueños verían en los escaparates de la tienda de la familia Féres.

A pesar de que, a lo largo de su vida adulta, Mauricio Garcés proclamaría su amor por el puerto donde nació, lo cierto es que la vida en Tampico se terminó muy pronto para aquel niño: un ciclón memorable, ocurrido en 1933, afectó muchas de las construcciones del puerto. Los techos de “La Primavera” se vinieron abajo. Entonces, la familia buscó otros horizontes en la ciudad de México

LA COMEZÓN DEL CINE

En la capital, la familia Féres fue  arropada por sus parientes cercanos, los Yázbek. La vida recomenzó. El niño Mauricio empezó a hacer suya la ciudad, si bien nunca olvidó Tampico. En su vida adulta, la anécdota cuenta que si se encontraba con algún libanés mexicano y este lo saludaba con un “adiós, paisano”, Garcés respondía: “serás de Tampico”.

Aquí hizo amigos, como uno de sus vecinos, también de origen libanés, Antonio Badú. Otros amigos surgen entonces, en el rumbo de la Merced, como un güero judío Jacobo Zabludovsky, en ese mosaico multicultural que era, en la primera mitad del siglo XX, el barrio donde se hablaban muchas lenguas y se compartían las memorias de las lejanas tierras de origen. Como a tantos jóvenes de la primera generación de libaneses mexicanos, a Mauricio Féres le tocaba hacer una vida más allá de los mostradores de los comercios. Así, inició los estudios de ciencias químicas, pero había algo, una comezón que no sólo inquietaba al muchacho, sino que era compartida por varios de sus parientes, los Yázbek. Así empezaría su carrera  como actor.

Todo empezó como una ocurrencia familiar en Cuernavaca, en una reunión cualquiera de una familia libanesa mexicana. A esa reunión llegaría un tío de Mauricio, José Yázbek, que, con Charlotte, su esposa, traía una cámara de cine, una 16 milímetros. Nació, en la tertulia, la ocurrencia de hacer una película casera, con un reparto compuesto entre primos, sobrinos y algunos amigos de la familia. Aquella cámara conduciría no solo a Mauricio, sino a otros integrantes del clan Yázbek a la industria del cine y al mundo del espectáculo: el tío José Yázbek se convertiría, al cabo del tiempo, en productor; Alfredo y Tufic, primos de Mauricio, acabarían dedicándose a la fotografía cinematográfica.

Pero en ese fin de semana en Cuernavaca, en 1949, ese juego de improvisación para producir una película, un divertimento familiar que solamente duraba 9 minutos y que contaba la historia de un tesoro enterrado en algún punto del Tepozteco, cambió la vida de esa familia. Y esa filmación, El mapa del tesoro, fue el debut cinematográfico, a los 23 años, de Mauricio Féres Yázbek, que aún no se cambiaba el apellido ni se convertía en un modernísmo don Juan.

El entusiasmo familiar no paró allí. Al poco tiempo, hicieron otra película familiar, por iniciativa de Mahiba Yázbek, la madre de Mauricio, quien enseñó a la familia un libro del que, juzgaba ella, se podría hacer un guión. Así nació El Quiromántico, donde José Yázbek dirigía y llevaba el papel protagonico; actuaba su esposa Charlotte, sus hermanos Alfredo y Hasiba, y sus sobrinos Mauricio, Edmundo y Roberto, además de Emili Fadel. El tío José era el quiromántico que leía el destino de los hombres en la palma de la mano; Mauricio era un joven médico al que le dicen que su destino es volverse un asesino.

Los testimonios familiares aseguran que, en ambos cortometrajes, resulta evidente el entusiasmo del joven Mauricio. “Iba en serio”, declaró alguna vez su hermano Edmundo. Tal emoción no pasó desapercibida para el tío José, que a las pocas semanas incluyó a Mauricio en una película que estaba produciendo: La muerte enamorada (1950), donde la estrella era Miroslava Stern, y el muchacho aparecía durante 57 segundos. En los créditos se habla de la participación de un joven llamado Mauricio Morel. Aún no era el galán del cine mexicano.

EL ARTE DE TRAERLAS MUERTAS

Casi inmediatamente de su debut, Mauricio dejó de ser Féres y dejó de ser Morel. Su nombre de guerra, el nuevo, el definitivo, fue Mauricio Garcés. ¿Por qué? Estaban de moda las grandes estrellas del cine estadounidense, y la “G” tenía presencia en los ídolos del joven libanés mexicano: Gary Cooper, Clark Gable y Cary Grant. Juzgó Mauricio que un apellido con “G” podría traerle suerte, y así nació el nombre con el que lo conocerían millones.

El siguiente papel llegó pronto, en ese mismo 1950, en El Señor Gobernador (1950). Siguieron Por querer a una mujer (1951),  Cómicos de la Lengua (1956), Préstame tu cuerpo (1957). Desplegó sus dotes histriónicas colocándose como un personaje en historias de drama y suspenso. Sus caracterizaciones de galán eran completamente serias, como en La Estrella Vacía (1956).  Hizo teatro, y uno de sus grandes éxitos fue No me manden flores. Saltó a la televisión como parte del reparto de la exitosísima telenovela Gutierritos, de 1959 y llegaría a tener en esos años, su primer programa televisivo donde él era la estrella: Cita Ponds. Poco a poco, su prototipo de galán se fue aligerando y desarrollando una curiosa vena cómica. Su carrera se transformó cuando la productora Angélica Ortiz lo invitó a actuar en la película Don Juan 67, producción costosísima. La versión familiar asegura que, en vista de lo que costaría hacer la película, Garcés decidió no cobrar. Si lo pensó como inversión, el negocio le salió redondo: estrenada en el Cine Roble, Don Juan 67 permaneció en cartelera 16 semanas y lo convirtió en un actor popularísimo, demandado por los directores de toda América Latina: a partir de esa película, filmaría en Perú, en Argentina, en Ecuador, en España; lo acompañarían estrellas como María Félix, Lola Beltrán, Silvia Pinal, Elsa Aguirre, Angélica María, Eric del Castillo, Germán Robles, Manolo Fábregas, entre otros.

 Se sucedieron algunas famosas comedias, como El matrimonio es como el demonio, de 1967, Click, fotógrafo de modelos, de 1968, Departamento de soltero, de 1969 y Modisto de señoras, del mismo año. La televisión volvió a recibirlo en 1970, con La hora de Mauricio Garcés. Entre películas donde consolidó su perfil de galán cinematográfico con toque de comedia, pasó la década. En 1980, en mancuerna con El Loco Valdés, volvió a adueñarse de los horarios estelares nocturnos de la época.  Frases famosísimas de su  repertorio de galán, como “Las traigo muertas” o “Debe ser terrible tenerme y después perderme”, hoy serían de una incorrección política inquietante, pero en el México de la segunda mitad del siglo XX, sonaban a seducción teñida de música a go-go, a comedia sana de lo mejor que se hacía en el cine de aquel entonces. Aseguran los primos de Garcés que el famoso “¡Arroooz!” salió, en realidad de uno de los hermanos del actor, Edmundo, mientras jugaba ping-pong. Puede ser, pero no sólo se volvió un sello del personaje construido por Mauricio Féres, sino que pasó al repertorio de el habla popular mexicana.

Hubo detalles de su perfil personal que se volvieron famosos: su afición por las apuestas y por las carreras de caballos; el mucho dinero que perdió. Su empedernida soltería, que no le impidió tener romances con muchas mujeres bellas; la devoción por Mahiba Yázbek, su madre que, cuenta la anécdota, fue la chispa inspiradora para el libretista Mauricio Kleiff para darle algunos rasgos y frases a los personajes de Gordolfo Gelatino y su madre, encarnados por los Polivoces: todo un mundo de humor de otro tiempo, de otro México, que poco a poco se ha convertido en recuerdos que ver en internet.

 

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