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Patentar desarrollos biotecnológicos ya no es tabú en México: Edmundo Lozoya

Nuestros científicos. “Alguna vez sí quemé la instalación eléctrica de nuestra casa, en Morelia, junto con unos amigos, porque estábamos intentando hacer agua pesada y colocamos unos cables de la corriente eléctrica hacia agua y luego los cruzamos y quemamos toda la instalación”, dice el investigador del Cinvestav

Edmundo Lozoya Gloria, logró aumentar en 50 por ciento el contenido de antioxidantes en las fresas.

Edmundo Lozoya Gloria es un científico singular desde diferentes puntos de vista. Hombre que, desde niño, se interesó en los usos médicos y nutrimentales de las plantas mexicanas, actualmente es titular de cuatro patentes e investigador decano el Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav) en su Unidad de Irapuato, Guanajuato.

Es uno de los investigadores mexicanos que más de una vez han cruzado el proceso que muchos llaman “el Valle de la Muerte”, que es el paso de un descubrimiento desde el laboratorio hasta convertirse en un producto de interés comercial e impacto social.  

“Todavía hay investigadores mexicanos que ven mal el patentar o el pensar en generar ingresos económicos de algún hallazgo, e incluso en el Sistema Nacional de Investigadores no se evalúa suficientemente bien el obtener una patente, a pesar de que el patentar algo puede tomar cinco u ocho años, mientras que publicar un artículo en una revista científica seria toma dos años. Pero, a pesar de esto, creo que actualmente patentar desarrollos biotecnológicos ya no es un tabú en México”, indica el investigador, que siempre ha relacionado los estudios en salud y en propiedades bioquímicas de las plantas.

Gracias a su trabajo como pionero de la ingeniería biotecnológica en México, Lozoya Gloria, logró incrementar hasta en 50 por ciento el valor antioxidante de las fresas y estudia cómo llevar este mismo enriquecimiento a las zarzamoras y arándanos. Pero, además, el doctor Lozoya ya era conocido por haber desarrollado un método para obtener biocombustibles de desechos agrícolas y algas de agua dulce. 

En conversación con Crónica, el científico mexicano narra un camino de vida que es una muestra de lo que en México cuesta y retribuye ser investigador: inicia con su infancia en el oriente de la Ciudad de México, pasa por una formación Marista y “Puma”, para después especializarse en el mejor instituto de Alemania, realizar investigación en  poderosas universidades de Estados Unidos, y regresar a México a investigar, formar a nuevos científicos y desarrollar inventos patentables.  

En lo personal, este hombre, que cuando era niño se fascinó con la química gracias a unos laboratorios de juguete, marca Mi Alegría, cuenta con humor cuando “tronó” la instalación de su casa haciendo un experimento infantil, y luego brinca de la tristeza a la alegría cuando narra la muerte accidental de su primera esposa, las duras penas al quedar viudo con dos niñas y la regeneración dramática que dio a su carrera la reconstrucción de su familia con un segundo matrimonio, que hoy lo hace el padre orgulloso de cuatro hijas de “entre 11 y 30 años”.

“Yo soy originario de la Ciudad de México, nací en Iztapalapa, igual que Los Ángeles Azules”, dice con humor el doctor en Ciencias, quien vivió una parte de su infancia en Morelia y Guadalajara debido a que su papá trabajaba como agente viajero en un laboratorio farmacéutico.  Edmundo era el segundo hijo de una familia de cuatro, dos hombre y dos mujeres.

Dentro de su familia ya existía un antecedente de un investigador interesado en la farmacéutica de plantas: su tío Javier Lozoya Legorreta, quien estudió Medicina y cirugía en Rusia y al volver se interesó mucho en el estudio de las plantas y sus propiedades  farmacéuticas.

JUEGOS INFANTILES. “Cuando era niño, una de mis tías me regaló uno de esos juguetes Mi Alegría, de Química, y eso me fascinó”, dice el investigador que, tras terminar su preparatoria en el CUM, de la Ciudad de México, estudió la carrera de Químico Farmacobiólogo en la Facultad de Química de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Así nació su pasión por la química, bioquímica y el tratar de entender cómo funciona este mundo.

“Alguna vez sí quemé la instalación eléctrica de nuestra casa, en Morelia, junto con unos amigos, porque estábamos intentando hacer agua pesada y colocamos unos cables de la corriente eléctrica hacia agua y luego los cruzamos y quemamos toda la instalación”, dice, conteniendo la risa, el investigador que ya ha cumplido 33 años laborando en Cinvestav. “Eran de las travesuras que hacíamos en investigación”, agrega con buen ritmo de voz.

En ese momento, el joven Edmundo no sabía que años después llegaría a estudiar la maestría en Investigación Biomédica Básica, Bioquímica y Biología Molecular, en el Instituto de Investigaciones Biomédicas, de la UNAM; o que realizaría investigación en las instalaciones que estrenaba el Instituto Nacional de Cardiología o que llegaría a vivir en la ciudad de Colonia, Alemania, donde realizó estudios e investigación en el Instituto Max Planck.

Tampoco sabía que llegaría a trabajar con el ilustre biotecnólogo Francisco Bolívar Zapata, Premio Príncipe de Asturias y fundador del Instituto de Biotecnología de la UNAM. También es colega y contemporáneo de otro destacado biotecnólogo del Cinvestav, Luis Herrera Estrella.

LAS VUELTAS DEL DESTINO. “Las oportunidades se presentan y hay que tomarlas”, dice Edmundo Lozoya Gloria, cuando recuerda que fue alumnos de Francisco Bolívar Zapata cuando acababa de regresar a México, después de haber creado, en San Francisco, Estados Unidos, el primer vehículo de clonación molecular, del mundo. También fue una oportunidad no planeada lo que hizo que entrara al Instituto de Cardiología, que se fuera a Alemania y también que fuera uno de los  primeros investigadores del Cinvestav, Irapuato.

Pero también las vueltas del destino le quitaron, sorpresivamente a su primera esposa.

“En la Facultad de Química conocí a mi primera esposa, María Esther de Ita, quien era química y entendía las dificultades de vivir de la investigación, Juntos tuvimos dos hijas, Laura y Susana, e incluso Laura ya había nacido cuando nos fuimos a Alemania. Desafortunadamente, el 1 de octubre de 1999 mi esposa tuvo un accidente y fallece en Irapuato y me cambió el planeta. Me quedé viudo, con mis hijas de 14 y 11 años y tuve que bajar mi actividad y dedicarme a mis hijas. Dos años después tuve oportunidad de volver a hacer mi vida con mi actual esposa, la doctora Alejandra Mandujano. Ella me entiende también y tuvimos dos niñas, y hoy tengo cuatro hijas desde los 11 hasta los 30 años. Hay que dedicarles tiempo, porque si la familia no funciona no funciona la parte profesional”, detalló.   

“La vida es así, no ocurre como uno la planea pero si uno se dedica en serio a lo que le gusta, en el camino encuentra el espacio que uno busca para trabajar”, dice el experto mexicano en biotecnología.  

 

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