Ignacio Ramírez, El Nigromante: el fuego convertido en palabra - Bertha Hernández | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 23 de Junio, 2018
Ignacio Ramírez, El Nigromante: el fuego convertido en palabra | La Crónica de Hoy

Ignacio Ramírez, El Nigromante: el fuego convertido en palabra

Bertha Hernández

¿Dónde encontrar las huellas de Ignacio Ramírez? ¿Dónde está El Nigromante 200 años después de su nacimiento? ¿Qué más hizo, aparte de proclamar a los 18 años que Dios no existía? Desde aquella ruidosa irrupción en la Academia de Letrán y hasta su muerte, en 1879, Ramírez fue un personaje esencial en la vida intelectual y política del México decimonónico. Como la mayor parte de esa generación protagonista de la Reforma liberal, escribió a carretadas, al tiempo que era funcionario público, y se dio tiempo para escribir, a ratos, poesía. Recientemente, la aparición de una curiosa historia oral familiar ha revelado sus habilidades como dibujante.

Lo cierto es que acaso se le ubique más en su faceta de político y, en ocasiones, como una personalidad sumamente incómoda aun para sus colegas, tan liberales como él pero acaso menos autocríticos.

¿Podemos hablar de algunos momentos especiales en la biografía de este guanajuatense? Sin duda. Nacido en 1818 en San Miguel el Grande –hoy San Miguel de Allende –, hijo de un abogado e insurgente (Lino Ramírez) que llegó a tener trato con los hermanos Hidalgo y Costilla, Ignacio llegó a la capital mexicana a los 16 años, a formarse como abogado en el Colegio de San Gregorio. Sabemos que tuvo una sólida formación que lo convirtió en un convencido liberal que, por haber abrevado en los textos y discusiones de la generación anterior, aquella involucrada con la lucha por la independencia mexicana, veía en la educación una de las claves del desarrollo nacional. Ese interés se manifestó a lo largo de toda su vida, como lo muestran algunas pequeñas historias:

EL EDUCADOR. No solamente se educa en un aula; crear las condiciones para el aprendizaje y la formación de los ciudadanos es otra vertiente de la misión educativa. Ramírez vivió ambas experiencias.

Colaborador hacia 1847 del gobernador  del Estado de México, Francisco Modesto de Olaguíbel, concibió una ley de educación que intentó ofrecer oportunidades a la población indígena, generalmente de muy escasos recursos. Así, se dispuso que los ayuntamientos designaran, de entre los niños más pobres, a aquellos que tuviesen talento, para hacerlos beneficiarios de una beca y que pudieran trasladarse a la ciudad de Toluca, a estudiar en el Instituto Científico y Literario, que en aquellos días recibía todo el apoyo del gobierno estatal, y que estaba a cargo de un liberal conocido: Felipe Sánchez Solís.

Fueron becados 259 niños. Fue un proyecto complicado en su realización, pues, al poco tiempo, el Estado de México se dividió para dar origen al estado de Guerrero, y en el proceso administrativo algunos chicos se quedaron en un limbo burocrático, mientras se decidía qué gobierno asumía el pago de su beca.

Así ocurrió con un muchachito de Tixtla, del que se decía que prometía mucho y que llegó al instituto ya empezados los cursos.

Por casualidad, Ramírez, que impartía clase de Literatura en el Instituto, se topó con ese jovencito, que, desde la puerta del salón, lo escuchaba impresionado y apenado, pues, por ser de nuevo ingreso, no tenía derecho a cursos superiores. Pero el profesor salió en su defensa y, de algún modo, se convirtió en una especie de padre adoptivo para el muchacho de Tixtla que lo veneró mientras tuvo aliento. Ese jovencito se llamaba Ignacio Manuel Altamirano, figura a la que hoy podemos ver como uno de los mejores productos de la educación pública del siglo XIX y que, sin duda, debió parte de su solidez ideológica a la influencia de Ignacio Ramírez.

Pero esta historia sería solamente anécdota si no consideráramos que El Nigromante fue, años después, al término de la Guerra de Reforma, ministro de Instrucción Pública, y que, pasada la Guerra de Intervención, participó en los debates que ocasionaba la creación de la Escuela Nacional Preparatoria, a cargo de Gabino Barreda.

No era discutir por discutir: los liberales de viejo cuño no estaban conformes con el plan positivista de la institución, y durante años lo impugnaron, hasta que poco a poco, lograron abrir brechas en la muralla construida por los directivos de la Preparatoria e instituir materias que se alejaban de la estructura del conocimiento positivo e intentaban dotar de una visión universal a los alumnos. Parecería que un pleito por crear o no una materia de Historia de la Filosofía era poco más que una grilla doméstica, pero la generación de Ramírez pensaba en la educación como uno de los pilares que reconstruirían el país.

EL LEGISLADOR Y EL PERIODISTA. No podría hablarse de Ignacio Ramírez sin evocar su papel como Diputado Constituyente en el Congreso de 1856-1857, ése que a marchas forzadas y con grandes discusiones logró crear la Constitución liberal. Ramírez fue una de las voces relevantes en las discusiones para reglamentar el derecho a la libertad de expresión. Siendo uno de esos personajes que, por escribir lo que pensaba y por ser sumamente crítico en los días en que Antonio López de Santa Anna gobernó México, conoció la cárcel y el destierro en varias ocasiones; fue, junto con Guillermo Prieto y Francisco Zarco, uno de los defensores del trabajo periodístico.

Historia no le faltaba. A lo largo de su vida fue fundador y colaborador de numerosos periódicos, quizá uno de los más famosos entre sus primeros proyectos, fue Don Simplicio, creado en sociedad con Prieto y con Manuel Payno. Aquella publicación apareció “derramando chistes, alborotando conciencias, burlando masones y alarmando bribones”, y se convirtió en una muy incómoda presencia. El experimento terminó con el periódico incendiado y sus autores en la cárcel.

No fue ni la primera ni la única vez que Ramírez se metió en dificultades por ejercer el periodismo, y valido de su pluma se convirtió en una conciencia crítica del propio Partido Liberal que no perdonaba ni siquiera al mismísimo Juárez.

Ésa es, probablemente, la razón por la cual El Nigromante se convirtió en una voz discordante en momentos difíciles para el Partido Liberal. Ni estuvo de acuerdo con la prolongación del mandato de Juárez en 1865 ni con sus aspiraciones a la Presidencia en 1867. Dejó de ser parte del círculo gobernante para ejercer su faceta de jurista en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y prefirió vivir con extrema modestia antes que dejarse tentar por el poder.

TERTULIANO Y CREADOR. Ramírez fue uno de los protagonistas de las Veladas Literarias de fines de 1867, que significaron el resurgimiento de las letras mexicanas y la reaparición de una comunidad intelectual y creadora. Apoyando la iniciativa de su discípulo Altamirano, El Nigromante fue, en esos encuentros, consejero, amable crítico, a ratos poeta, en compañía de dos o tres generaciones más, desde sus contemporáneos como Prieto y Payno, hasta muchachitos quinceañeros como Juan de Dios Peza, que alcanzaría la gloria literaria hasta el Porfiriato. Así, se ganó la veneración de muchos que, si no fueron sus alumnos en el aula, reconocieron el legado del fogoso periodista. 

 

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