Razonar nuestro voto

Isidro H. Cisneros

Los ciudadanos tenemos una gran responsabilidad con miras a las elecciones del próximo domingo. Con el voto habremos de elegir al grupo que gobernará —para bien o para mal— el destino de México durante los próximos años. Le estaremos entregando consenso y legitimidad para decidir el futuro de la sociedad en su conjunto. Nuestra imperfecta democratización se ha caracterizado por avances y retrocesos. Entre los primeros el reconocimiento constitucional de los derechos humanos y la consolidación de un clima de libertades que antes no conocíamos. Entre los segundos, el desarrollo de un sistema político que es un lastre para el país por su déficit de representatividad y por haber producido a su interior castas burocráticas, autoritarias y corruptas que deciden por todos —generalmente inspiradas por intereses personales— pero que existen porque los ciudadanos los colocamos allí por medio del voto.

El sufragio es el principal instrumento a disposición del ciudadano para manifestar sus necesidades y una conquista política de la sociedad. Anteriormente, solo tenían ese derecho los estamentos de alcurnia más pudientes y cerrados. El voto nace como prerrogativa del individuo y evoluciona para constituirse en un acto intransferible de expresión de la soberanía popular. El juicio sobre las necesidades sociales y el interés colectivo ha sido confiscado por los políticos de profesión quienes toman las decisiones socialmente significativas. Mientras que la democracia exige restituir al ciudadano su derecho a incidir en tales procesos. De esta forma, el voto se configura como el único acto a través del cual el ciudadano expresa su sentir y su conformidad, o su disenso y su malestar.

El voto es un instrumento de expresión de la voluntad colectiva, pero también ha sido la causa de que muchas democracias hayan sucumbido. La historia brinda infinidad de ejemplos que ilustran cómo el voto popular propició grandes tragedias. Desde la sentencia a muerte del gran filósofo griego Sócrates quien fue condenado por el voto de los ciudadanos libres de Atenas, hasta el advenimiento del nazismo y del fascismo cuando Adolfo Hitler y Benito Mussolini fueron elegidos, directa e indirectamente, a través del sufragio. Este acto ciudadano determina el rumbo que adoptan las sociedades.

Asistiremos a las urnas para elegir entre diferentes opciones políticas. De un lado, una alternativa tradicionalista que carece de un proyecto coherente y que destaca por la superficialidad de sus propuestas frente a los problemas nacionales en el contexto de la globalización. A su interior coexisten dos posiciones, una tecnocrática representativa de un modelo político que favorece la desigualdad social, y otra carismática caracterizada por una red de operadores políticos representativos del sistema clientelista y antidemocrático que necesitamos erradicar. Por el otro, una alternativa de futuro y desarrollo democrático que postula la necesidad de sustituir el sistema partidocrático por un gobierno de coalición, que establezca nuevas reglas de equidad e inclusión social que permitan enfrentar los crecientes desafíos que plantea el orden planetario.

Es urgente que la política se ponga en sintonía con la sociedad. Asumamos la responsabilidad de nuestro voto y elijamos a quién realmente puede posicionarnos como lo que somos: un país con una grandeza histórica que busca consolidar una democracia de calidad inspirada en el interés de todos. Es la hora del ciudadano.

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