La gigantesca Rusia se devoró al Mundial

Edgar Valero Berrospe

La zona metropolitana de Moscú es enorme. Equiparable a la de Ciudad de México, pero no con la integración de varios municipios, no. Moscú sola, es una verdadera megalópolis, en franco crecimiento y deslumbrando con su capacidad operativa.

Ayer, que por razones diferentes hice un viaje rápido al aeropuerto de Vnukovo, uno de los cuatro operativos que tiene la ciudad, lo hice por una ruta alterna, un tanto cansado del tráfico tremendo que azota a los tres periféricos, en la mayoría de las ocasiones, porque los imprudentes conductores rusos, muy imprudentes de hecho, suelen probar la potencia de los motores de sus poderosos Mercedes, Audis o BMW´s en unas cuantas decenas de metros y, como es de esperarse, acaban frenándose en el interior del auto de algún desafortunado conductor que se les atravesó en el camino.

Pero, decía yo, fui al aeropuerto, y mientras circulaba por algunos de los hermosos suburbios del norte de la ciudad, no sólo descubrí enormes complejos habitacionales, que por sus dimensiones se equiparan a los que dejó el comunismo en este país, pero que en sus acabados y tecnología de construcción rivalizan con los más modernos del mundo, sí, dije del mundo.

Y además de darme cuenta que cada metro cuadrado disponible se está ocupando de manera excelsa, como ocurre con las famosas y espectaculares torres de Moscú City, un complejo que eclipsa sin ningún esfuerzo la mejor zona de Santa Fé en Ciudad de México, también percibí que de pronto, el Mundial, el evento de eventos, el más grande e importante festival deportivo del mundo, estaba apagado por grandes zonas de la capital rusa.

En ese trayecto de unos 22 kilómetros, había pocas señales de que Moscú fuera la sede principal del Mundial, y por el comportamiento de las miles de personas que se trasladaban lo mismo en autos particulares que en transporte público, era evidente que a la mayoría, el Mundial los tiene sin cuidado.

Ni anuncios, ni espectaculares de esos que azotan visualmente a mi querido México, anunciaban nada que tuviera que ver con Rusia 2018, y eso que la selección local aún vive para contar de su paso a la segunda ronda, donde seguro morirá ante España, aunque los ibéricos no se hayan visto muy poderosos en sus primeros tres partidos.

Y entonces, al reflexionar que algo parecido se vivía en Sochi, en Rostov, en Nizhni, en Kazán, en Saransk y seguramente en otras ciudades que no he visitado, me di cuenta de qué tamaño realmente es en su idiosincracia este país.

Haga usted de cuenta lo que pasa en Estados Unidos, tan grande y pujante que un evento, salvo el Superbowl, porque ya ni siquiera la Serie Mundial, no puede sustraerlo de su rutina.

Rusia le apostó en grande a este evento, pero sucede que en la inmensidad, porque aquí todo es vasto, todo es grande, todo es superlativo, de pronto parece que no pasa nada. En muchos restaurantes de esos con mucho sabor ruso y con su tradicional hospitalidad en los que le dan a uno hasta una “manta” para el frío, las televisiones no necesariamente transmiten los partidos del Mundial.

No todos están tan inmersos, a pesar de que sí hay una enorme cantidad de voluntarios trabajando para que las cosas salgan bien, y las líneas del Metro, muchas y que perforan en las profundidades las raíces de la ciudad, sí se ven saturadas en las tardes y no es por la presencia de decenas de miles de turistas adicionales a los que ya recibe de por sí este país, sino porque las horas pico siguen transcurriendo igual.

Han ganado los citadinos porque en ciertos momentos el transporte es gratis, pero el Mundial, quién diría, está muy claro que no es todo para esta ciudad, para esta región, para este país que es tan grande, que se ha tragado en un sólo bocado la “gigantesca Copa del Mundo”...

 

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