Espectáculos

Nassim Soleimanpour y el arte de viajar por el mundo sin salir de tu país

Especial. Este experimento teatral rompe con las reglas del espacio, porque logra establecer una conversación entre el autor en Irán, el actor en turno y la audiencia

En el 2011 se estrenó en Escocia y Canadá la obra Conejo blanco, conejo rojo. Dos años más tarde la puesta en escena ya había sido traducida a 15 idiomas. La efervescencia de su éxito se debe a que es una obra que, literalmente, no es la misma cada función. Y no lo es porque cada semana es un actor diferente el encargado de estar en el escenario y cada uno muestra una obra distinta. Ninguno de los actores conoce lo que hará durante la representación, “no tienes nada. Te tienes a ti, tienes tu cuerpo como instrumento y a alguien a quien le estás dando la ­mano y le estás diciendo ‘vamos pues, tú dime por donde’”, dijo la actriz Cecilia Toussaint, quien fue una de las que participaron hace dos años en su estreno en México.

Curiosamente, el guía de Conejo blanco, conejo rojo no es el director (porque no lo tiene); ni siquiera está cerca de ahí. Es un escritor que para cuando se estrenó la primera puesta en escena vivía en Teherán, Irán, y quien es también el autor de esta obra. Nassim Soleimanpour es el responsable de este experimento teatral que rompe con las reglas del espacio, porque logra establecer una conversación entre el autor en Irán, el actor en turno y la audiencia. Tampoco hay tiempo de por medio, pues las instrucciones están dadas desde el 2010 y sin embargo, todo parece conectar perfectamente.

Soleimanpour escribió Conejo blanco, conejo rojo como una forma de libertad. El dramaturgo iraní tenía prohibido salir de su país. No podía tener pasaporte debido a que se negó a hacer el servicio militar, así que creó una ingeniosa obra para que viajara por el mundo en su lugar. De algún modo es él mismo, está en el sobre con la historia, y en el escenario se manifiesta como un testigo, él es parte de cada función, aún sin estar. De hecho, a petición suya, en cada presentación debe haber un asiento vacío que lo represente.

 La historia y obra del iraní lo han convertido en uno de los dramaturgos más influyentes del mundo. En el 2013 se le otorgó por fin el ­anhelado pasaporte y con ello la oportunidad de acompañar su trabajo. Ahora vive en Berlín y hace unos días llegó a tierras mexicanas para presenciar el estreno de su nueva obra: Nassim, con las mismas reglas de su obra anterior; en ésta reflexiona sobre su familia.

 Crónica tuvo oportunidad de charlar con él a propósito del valor del teatro en su experiencia, “es algo muy fuerte y para eso necesitamos más razones que el hecho de sobrevivir a la hora de hacerlo, suceden hechos distintos a través de cada una de las historias”.

 “El teatro simplemente llego a mí, creo que me perdí en ese momento. Le tengo un amor profundo a los ensayos, cuando trabajamos en algo y un actor se equivoca, todos nosotros nos reímos, pero el público no alcanza a ver eso. Cuando estaba yo en Irán no tenía pasaporte y sentía una necesidad de poner a girar mis obras por el mundo”, compartió.

Cuando era adolescente escribió poesía. Con el paso del tiempo se dijo a sí mismo “para qué sufrir”, así que la dejó, pero no su pasión por escribir. Al llegar a los 26 años fue que supo que de verdad sería lo que quería dedicarse el resto de su vida: “Al hacer esa remembranza, creo que no lo consideraría como la palabra teatro, a mi forma de ver las cosas, es más bien el arte de explorar esta loma loca que me acontece desde el momento en el que decidí que quería escribir historias y crear cosas diferentes para los espectadores”, dijo.

Continuó, “es como una montaña muy alta, y desde arriba ves como van subiendo distintos puntitos de colores, van escalando ahí poco a poco, te encuentras propuestas desde Shakespeare y así van. Cuando digo que me perdí en el teatro, es porque veo esa imagen y todos esos puntitos de colores, y de pronto ves hacia la izquierda y se ve un pequeño monte, una loma de una forma extraña, y ése probablemente soy yo”.

Para el dramaturgo su trabajo se convirtió un acto de libertad, como una forma de comunicarse con el exterior y de cuestionar a la humanidad en distintos temas, desde la obediencia a las diferentes realidades sociales, a la reflexión sobre la muerte del espíritu de libertad como un acto condenatorio. Su mejor herramienta es la improvisación.

“Es una combinación que me permite explorar otras áreas del teatro y sobre todo, porque antes de su participación, no tengo un sólo contacto con los actores; tengo la fortuna de sentarme a ver mis obras y ver las reacciones instantáneas de cada uno. Es como una primera cita, el corazón se derrite de no saber qué va a pasar, pero entre más pasa el tiempo, más quieres seguir aprendiendo de ello”, expresó el artista.

También, al recordar que su principal propósito en el arte es el de conectar con el otro, asegura que en el caso de la sociedad mexicana ha ­ocurrido una conexión especial a través del teatro: “El folclor y la cultura mexicana son complejos, pero hay un buen bagaje para poder entablar ciertos diálogos. Soy iraní y siempre me aferré al amor, pero es ahí donde te preguntas ¿sí estás seguro de querer cruzar esa línea?, y de pronto te haces tantito para atrás, y ya te perdiste de ese sentimiento, por eso es que creo que el arte del teatro de México e Irán son similares, ya que lo disfrutamos igual y nos llenamos de emociones, es disfrutable pero de vez en cuando peligroso”, concluyó.

Finalmente, una vez que termine en México la temporada de la obra Nassim, el iraní se adentrará en llevar un proceso para crear nuevas historias, con las que espera regresar al país. Mientras tanto, adelantó que uno de sus proyectos más ambiciosos es el de una audio-obra que el público podrá disfrutar a partir del próximo año por Amazon. 

Imprimir