El cambio que viene - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 30 de Junio, 2018
El cambio que viene | La Crónica de Hoy

El cambio que viene

Aurelio Ramos Méndez

En cosa de horas el panorama político de nuestro país experimentará, quizá, el cabio más radical de los últimos seis sexenios. O, en el escenario de menos hondura, una recomposición suficiente para difuminar la línea ideológica que en este lapso ha marcado el rumbo de país.

La profundidad de la transformación dependerá de que mañana gane la elección Andrés Manuel López Obrador —algo que según la totalidad de encuestas sólo un desastre podría evitar— o Ricardo Anaya o José Antonio Meade.

En todo caso, lo cierto es que con cualquiera de ellos en la silla, puede darse por seguro, el país no continuará —o al menos no con la misma determinación— por la senda hacia el despeñadero que ha seguido hasta ahora.

Si bien las campañas llegaron a atafagar a los ciudadanos, también inspiraron cambios en el ideario de los candidatos.

Los recorridos por el país modificaron prejuicios y abrieron horizontes aún en los abanderados menos conectados con la realidad, los tecnócratas más fríos y los fundamentalistas de la estabilidad macroeconómica.

Prueba de ello es el discurso del postulante por el PRI, que pasó del duro economicismo propio —por lo demás—de los responsables de cuidar la hacienda pública, al populismo, el clientelismo y el ofrecimiento de toda suerte de beneficios para diversos grupos de la sociedad.

Desde becas y salario rosa, hasta la asignación de ingresos compensatorios, elevación del salario mínimo, duplicación de pensiones y otros mecanismos otrora tenidos por dádivas, fueron promesas del candidato del tricolor.

Semejantes compromisos desde luego no fueron viles recursos para comprar votos. Práctica de tal ruindad no cabe en el esquema moral de un político presentado como adalid de la renovación priista.

Según todos los indicios, esos ofrecimientos resultaron de una mejor comprensión acerca de los graves problemas de subsistencia que enfrenta 53.4 millones de pobres. Mexicanos estos cuya existencia casi todos los abanderados conocían en el papel, no en la realidad.

De la existencia de esos compatriotas tuvieron que enterarse los aspirantes no obstante que prácticamente todas las campañas se circunscribieron a las principales ciudades, sin adentrarse en el México más amargo.

Se entiende, pues, la voltereta ideológica que ha dado el discurso de los aspirantes a la Presidencia, y por consiguiente, el cambio de rumbo que, a querer o no, imprimirían al gobierno, en caso de ganar las elecciones.

Excepción de esta metamorfosis es —por lo visto— El Bronco, Jaime Rodríguez. Regiocéntrico convencido de la supremacía étnica de los norteños. Político nefario que finge ignorancia para  evitar reconocer que el desarrollo de su región se debe, en parte, a la postración del sur.

Como quiera que haya sido, es claro que después de ver la realidad de marginación y atraso que se vive en las zonas más remontadas ningún aspirante al gobierno nacional puede aferrarse a ideas preconcebidas sobre rigidez presupuestal, disciplina financiera y otros fetiches.

Sobra decir que, de ganar el líder de Morena, el cambio podría ser más profundo que con cualquiera de sus competidores, aunque, ciertamente y por las razones que sean, lejos del voluntarismo demostrado en campaña.

Sea cual fuere el calado del cambio, será de la hondura necesaria como para afirmar que ha empezado a ser cavada la tumba de neoliberalismo.

Empezará a quedar atrás el proyecto ideológico que en cuatro décadas ha dejado el país en la triste situación que muestran los indicadores de pobreza, desigualdad y concentración de  riqueza que pueden verse en los informes del Coneval.

¡Y pensar que dentro del gabinete peñista se tiene la convicción de que es sólo cosa de un sexenio más para que los cambios estructurales emprendidos en todo este tiempo, en particular durante el actual sexenio, se tornen ya irreversibles, blindados ante futuros gobierno, del signo que sean!

De resolverse la contienda en el sentido que apunta la totalidad de las encuestas, eso sí, llevaría a tener un gobierno adelantado. Quedarán rebasados por la realidad los dichos del puntero relativos a que respetaría la responsabilidad de Enrique Peña Nieto de gobernar hasta el último minuto de su mandato.

En los hechos, dado el peso político del triunfador su agenda empezaría a cumplirse al día siguiente de las votaciones.

Vale preguntar, a estas alturas, ¿qué clase de Presidente los mexicanos queremos que surja de las urnas este domingo?

La respuesta se antoja obvia. Por principio de cuentas, uno que sea honesto y combata en serio la corrupción y la impunidad. Y que asuma como prioridad la batalla contra la desigualdad. Meta ésta última que hace cuatro décadas muchos soñamos ya muy cerca, sólo para despertar a la lacerante realidad actual.

Un Presidente que establezca con la clase política una relación no clientelar; que reduzca la inseguridad y la violencia, y ensaye estrategias menos sanguinarias para poner fin al baño de sangre de doce años que ha significado la guerra antinarco.

Que procure el rescate de sectores enteros convertidos en verdaderas zonas de desastre, de la educación al campo y la calidad y cobertura de la salud pública.

Que apoye no de dientes para afuera la pequeña y mediana empresa. Y que dé impulso al empleo de calidad, bien remunerado.

En una democracia la última palabra la tienen las urnas. En nuestra coyuntura, ansiedades aparte, un adelanto censal de la jornada la conoceremos el lunes alrededor de las 08 horas, con un PREP para entonces avanzado y firme.

El resultado oficial, prácticamente ya sin margen de duda —salvo lo que más adelante resuelva el contencioso electoral— se tendrá e domingo 8 de julio, con el cómputo oficial de los votos.

Sólo en gracia de discusión, sin embargo, aceptemos que el conteo rápido que Lorenzo Córdova difundirá mañana, a las 23 horas, marcará una tendencia irreversible, hasta el grado de que se podrá decir, ahora sí, que “este arroz ya se coció”.

Otra arista del cambio que deparan los comicios se verá en  el sistema de partidos, donde los más viejos y agorgojados, el PRI y el PAN, podrían quedar reducidos a cascarones, mientras que el tresañero Morena, cualquiera que sea el resultado de los comicios, se afianzará como el único partido organizado.

Y está por verse la composición del Congreso de la Unión, donde se anticipa, asimismo, el desplazamiento de las fuerzas tradicionales y la conformación de una nueva mayoría. Veremos.

aureramos@cronica.com

 

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