El castigo y el mandato - Francisco Báez Rodríguez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 03 de Julio, 2018
El castigo y el mandato | La Crónica de Hoy

El castigo y el mandato

Francisco Báez Rodríguez

Casi todo mundo daba por descontado un triunfo holgado de Andrés Manuel López Obrador en las elecciones del domingo. Lo que acabó siendo impresionante fue la fuerza de la ola que lo llevó a él y a Morena a la victoria y que arrasó todo a su paso, dejándolo convertido en escombros.

El resultado de estas elecciones no sólo implica un cambio en la correlación de fuerzas, sino una sacudida brutal al esquema político en el que México ha vivido al menos en los últimos 30 años. Muchas cosas van a cambiar, y todavía no sabemos cómo.

Hubo un castigo neto a los partidos existentes y, al mismo tiempo, un amplio mandato social al nuevo Presidente y a sus colaboradores, que debe comprometerlos.

Empecemos por el castigo. El que ha sufrido el PRI ha sido tremendo. Su candidato presidencial quedó por primera vez debajo de los 20 puntos porcentuales de la votación y no ganó en un solo distrito. El partido perdió todas las gubernaturas por las que concursó, ganó solamente 14 de 300 distritos electorales, dejó de controlar congresos locales, perdió varias capitales estatales que gobernaba y hasta cedió ante Morena el significativo municipio de Atlacomulco. El varapalo es muy superior al sufrido en 2000 y 2006.

Hay muchas razones detrás de esta debacle, y el candidato Meade está lejos de ser la principal de ellas. El PRI y el gobierno no supieron vender los logros del Pacto por México —que los hubo— y en cambio presumieron beneficios que no eran: una suerte de inmediata mejora en el nivel educativo o una disminución en los precios de los energéticos, que fue lo contrario. Se empeñaron en enojarse con el descontento ciudadano, en vez de intentar entenderlo: pasaron del “contemos también lo bueno”, que era positivo, al “ya chole con tus quejas”, al “ningún chile les embona” y al “hagamos bien las cuentas: es al revés”.

Los números macroeconómicos son decentes, pero la obsesión con ellos habla de una profunda incomprensión de un asunto clave: la economía tiene que ver con las personas, no con los números. Si no entendemos qué se esconde detrás de las cifras, por ejemplo, del superávit agropecuario o del número de empleos formales, estaremos condenados a vivir en un mundo de apariencias, porque eso que se esconde son vidas humanas.

Y qué decir de la corrupción, que se convirtió en el lastre principal de la marca PRI y en el mejor pretexto de AMLO para destrozarla. Lo que se hizo para combatirla fue poco, selectivo y con tiempos discrecionales.

Terminemos con la campaña, destinada insistentemente a pelear por el segundo lugar hasta el último día, en pos de un mítico voto útil que nunca llegó y dejando en el archivero proyectos y propuestas. Fue sólo la puntilla, pero contribuyó a hacer mayores los costos.

Ahora, muchos priistas verán en Morena el viejo PRI reconstituido y buscarán acomodarse. Al partido le toca una larga travesía en el desierto, con muchos menos avíos y recursos que los que tenía hace 18 años, cuando perdió por primera vez el poder federal, y con una severa crisis ideológica. Esa travesía dejará huérfanos de poder político, en particular, a varios de los técnicos que estuvieron a cargo del manejo central de todos estos años, que es el de la economía.

Si bien se sabía que la marca PRI estaba sumamente desprestigiada, algo parecido —aunque no tan radical— ha ocurrido con la marca PAN. Ricardo Anaya ganó solamente en uno o dos estados de la República: quedó atrás de López Obrador en bastiones históricos panistas como Aguascalientes y Querétaro; en Jalisco, donde era fuerte, ni siquiera la fuerza local de Movimiento Ciudadano fue suficiente para que Anaya fuera primero. Tiene a su favor algunas victorias, como las de Puebla y Yucatán, pero en general su apuesta fue derrotada claramente.

Es cierto, López Obrador tuvo éxito en su malicioso juego de acomunar a Acción Nacional con el PRI, mediante el famoso PRIAN. Lo importante, aquí, es preguntarse por qué pegó esa idea de que son lo mismo. Parte de ello tiene que ver con la memoria histórica reciente: los gobiernos de Fox y de Calderón quedaron a deber respecto a las expectativas, y durante ellos se acentuaron las desigualdades. Otra parte, con la percepción de que el PAN es parte integral del sistema político anquilosado (“lo que resiste, apoya”, decía Reyes Heroles) que perpetúa un modelo económico y social en el que Oportunidades es sólo el nombre de un programa social que ya no existe.

La idea de un frente ciudadano tenía la virtud de proponer algo que corriera paralelo al sistema de partidos, pero que no fuera parte integral y obvia del mismo. Que se haya desdibujado desde el inicio, al definir las principales candidaturas mediante un método cupular indicó que era más una estratagema de supervivencia y de búsqueda de poder que otra cosa.

Anaya tuvo la virtud de entender que era necesaria una apertura de Acción Nacional y un corrimiento hacia el centro, a partir de alianzas políticas, pero no la acompañó de una apertura democrática hacia la sociedad. Se entiende, en parte, por la existencia de un núcleo duro de derecha dentro del PAN, más proclive —como se vio— a aliarse con el PRI que con otros partidos, pero la fórmula final no resultó lo suficientemente atractiva. Los resultados están a la vista.

La travesía del PAN será compleja, porque tendrá que definirse en una lucha intestina. El tiempo dirá si se genera esa oposición capaz de acompañar a AMLO donde se pueda y de criticarlo donde se deba, al tiempo que organiza una alternativa.

El PRD, por su parte, es —junto con el PRI— el gran perdedor de la elección. Quedó convertido en parte de la chiquillada. Mismo caso que el blanquiazul, las decisiones cupulares lo condenaron. Mala selección de sus candidatos principales —la campaña de Barrales es ejemplo de lo que es no entender que era un frente, y necesitaba votos de los panistas—, poca influencia en las decisiones programáticas visibles y, como resultado, una sangría constante de militantes y simpatizantes. Queda el cascarón. Tal vez peleen por las migajas; tal vez entiendan que es necesario armar una organización de nuevo tipo.

Ahora, brevemente, el mandato. López Obrador tiene ante sí un apoyo transversal de la sociedad mexicana. Distintas clases sociales, distintas regiones del país, distintos intereses y necesidades. Muchísimas personas, esperanzadas en cambios reales; otras más, enfebrecidas y con expectativas exageradas. Manejar eso no le será sencillo, precisamente porque unos y otros miembros de la coalición social que lo llevó al triunfo esperan cosas diferentes entre sí.

El discurso, lo sabemos por la experiencia de Fox, funciona, pero sólo por un rato. Tal vez con AMLO dure más, porque tiene más cercanía con la gente, pero no será eterno. El problema es que, precisamente por lo abrumador de los resultados, el mandato sea malinterpretado como carta blanca para una cadena de decisiones personales, y no para lo que tanto se ha cacareado: un buen proyecto de nación.

fabaez@gmail.com

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Twitter: @franciscobaezr

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