¿Y ahora? - Óscar Espinosa Villarreal | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 05 de Julio, 2018

Supongo que esta pregunta debe ser muy frecuente en una gran cantidad de reuniones en las más importantes organizaciones políticas, empresariales o sociales de nuestro país, así como en muchos hogares mexicanos. Es la expresión que trae consigo este apabullante triunfo de Andrés Manuel López Obrador y de su joven partido, Morena. Es el cuestionamiento que procede ante el hecho consumado de lo que no es más que, como reza el título de la novela, “la crónica de una muerte anunciada”.

Porque una cosa es verlo en encuestas y en las predicciones de una buena parte de los analistas políticos y otra, muy diferente, es escucharlo de labios de las autoridades electorales del país, en una transmisión que llega a todos los rincones de nuestra nación. No es lo mismo que lo gritaran a los cuatro vientos los miembros del equipo ganador, a que, con expresión de velorio, lo afirmen los otrora aguerridos contendientes al aceptar su derrota, incluso antes de que se dieran a conocer los resultados del conteo rápido.

Me imagino las sombrías reuniones y las caras largas propias de una grave cruda electoral, lo mismo en las mesas del Consejo Mexicano de Negocios, que en las del PRI, PAN, MC, Panal o del PVEM, por sólo mencionar algunas. Y ni qué decir de aquellas salas en las que se reúne Enrique Peña Nieto con sus colaboradores más cercanos.

Pero también me imagino la misma pregunta en el caso del equipo del candidato ganador que, estoy seguro, ni en sus más aventuradas predicciones vio un resultado de tal magnitud. En el caso de Morena, como partido político a cargo de Yeidckol Polevnski, que será mayoría en el Congreso de la Unión y en muchos congresos locales, no tardarán en sentir acercarse, como un tren en sentido contrario a toda velocidad, eso que suele llamarse la “terca realidad”. Porque una cosa es ofrecer lo que sea necesario para ganar una elección y otra es enfrentarse a las limitaciones y condicionantes de orden económico, político o social que plantea el mundo ­real. Condicionantes, por cierto, que no sólo surgen y son vigentes dentro de nuestras fronteras, sino que nos vienen, muchas de ellas, de fuera.

Porque una cosa es, como lo he dicho en varias de mis colaboraciones semanales, hablar desde la irresponsabilidad de la oposición, que hacerlo cargando con el grave compromiso que implica ser el conductor de la nave y no alguno de sus ocupantes. El piloto, a diferencia de los demás, no se puede quedar dormido ni se puede emborrachar. Y menos puede hacerlo, tratándose de una enorme y compleja nave llamada México, que transporta a casi 130 millones de personas.

El descontrol y pasmo que denota la citada pregunta se debe en buena medida a que, quienes se la hacen, están verdaderamente sorprendidos al constatar tan abrumadoramente aquello que se resistieron a ver desde hace muchos años: un desesperado reclamo ciudadano ante hechos de corrupción y de sangre que lastiman a millones de personas en lo más íntimo, así como un país que se niega a atender las necesidades más elementales de millones de personas que, aun en pleno siglo XXI, en la decimoquinta economía del mundo perteneciente a la OCDE, aún padecen hambre, viviendo en pobreza extrema.

Menudo y complejo reto el que tienen frente a sí el PRI, el PAN, el PRD y sus partidos satélites, para preguntarse cuál puede ser ahora, después de este tsunami electoral, su destino como organizaciones políticas. Un PRI que tan sólo gobernará 13 entidades federativas y que no fue capaz de ganar ni una sola de las nueve en disputa, habiendo sido desplazado de sus posiciones en el Congreso de la Unión. Ese PRI que no fue capaz de impedir los excesos y la total ausencia del más mínimo pudor de gobernadores que se aprovecharon descaradamente de sus posiciones para enriquecerse escandalosamente, “mereciendo la abundancia”, como lo escribiría una de las cónyuges de estos personajes.

Un PAN que bajo la dirección de Ricardo Anaya decidió autodestruirse, aliándose con una opción política (PRD) con la que históricamente ha mantenido importantes diferencias ideológicas. Un sintomático caso de arrogancia y soberbia política que vino a dejar claro que, para los dirigentes partidistas, lo primero son sus intereses personales y no los del partido cuyo destino conducen.

Y un PRD que ha exhibido su incapacidad de reinventarse por sí solo, después de desaprovechar esa magnífica oportunidad de gobernar la ciudad capital de todos los mexicanos. Un PRD que entregó en bandeja de plata a su hermano de leche (Morena) todo el espectro de una izquierda tan importante para un país como el nuestro.

Y unos empresarios, preocupados principalmente en generar utilidades, defendiendo privilegios y desentendiéndose de la realidad de millones a su alrededor, que ahora les pasan factura dramáticamente. Hombres de negocios que sólo al cuarto para las doce, ya con la realidad encima, expresaron sus preocupaciones respecto a los posibles resultados electorales, habiendo ignorado que, precisamente por los privilegios que tienen, detentan una mucho mayor responsabilidad social y política, pero no sólo en la época de elecciones, sino todos los días.

¿Y ahora? Pues ahora a tomar conciencia de lo que la mayoría del país quiso decir con esta elección y a dejar de hacernos tontos con el compromiso que hemos ignorado, entendiendo el hecho histórico que esta sacudida representa para tener todos un país mejor. ¿Y ahora? Pues ahora a organizarnos como ciudadanos todos, para evitar que los fantasmas que hoy nos asustan se vuelvan realidad y para acompañar a esa mayoría de hermanos nuestros en su afán de creer en algo y, finalmente, poder vivir mejor.

Nunca como ahora se justificó más esa expresión que ha ocupado constantemente este espacio y que, por lo visto el domingo, la mayoría de los mexicanos ya atendió ¡Hagámonos cargo!

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