La última estación, el próximo tramo - Isidro Pedraza | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 06 de Julio, 2018
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La última estación, el próximo tramo

Isidro Pedraza

La película La última estación narra los días postreros de León Tolstoi, el más grande escritor ruso de la época zarista. En sus escritos “políticos” tomó el camino de las utopías: desarrolló la visión de una sociedad sin propiedad, sin divisiones por origen o fortuna, una comuna con plena igualdad. En una de sus haciendas en la estepa rusa, fundó y sostuvo una comuna, enfrentando el desacuerdo permanente de su esposa y la rivalidad de algunos de sus seguidores, incluida su hija, por el control del grupo.

Sus ideas inspiraron movimientos sociales y políticos en todo el mundo, entre otros el de los dirigentes políticos que crearon en 1905 el Partido Liberal Mexicano.

El experimento tolstoiano demostró que los grandes ideales generalmente no se pueden practicar en el día a día ni con los amigos o familiares cercanos: son ideales que están más allá de nuestro horizonte vital; se predican, se defienden a veces hasta con la vida, pero son metas lejanas, de una dimensión exagerada. Los grandes propósitos que alcanzan a pueblos enteros o a la humanidad, no alcanzan al ser humano que está cerca, a nuestro lado.

Los grandes ideales que son pensados para sociedades ideales y para seres humanos ideales, terminan por ser coartadas para dictadores o justificaciones para inquisidores, y en vez de unir, separan. Es mejor un pensamiento modesto, fuertemente arraigado en la vida real, sin grandilocuencia, sin pretensiones históricas, un pensamiento alejado de las doctrinas trascendentes, de los sermones cívicos o religiosos, un discurso que no proponga grandes verdades, sino pequeñas acciones al alcance de los seres humanos realmente existentes, con sus debilidades, ambiciones y fortalezas.

Construir el futuro desde el futuro, con visión prospectiva, sería mucho más sensato; llamar a los hombres y mujeres que realmente están ahí a participar en la inmensa tarea de resolver los grandes problemas nacionales, es un camino más seguro y transitable. Idealizar al pueblo es una forma perversa de ocultar la obsesión de poder, una forma cínica de mentir que termina en la indiferencia y el olvido. Los héroes de bronce no nacen de bronce; Hidalgo, Juárez, Cárdenas, no actuaban movidos por ambiciones de ser “de bronce” sino por una serena convicción de servicio.

Hay un riesgo en el discurso triunfalista del ganador de la elección, el riesgo de la soberbia; los últimos grandes errores de los dirigentes políticos de izquierda los han convertido en dictadores burgueses, todos con el mismo mal: pretenden reconstruir el esplendor del pasado y ser el modelo de las estatuas del futuro. Quieren ser César, Alejandro Magno, Napoleón, Carlos V, o cuando menos estar a la altura de sus héroes nacionales.

El Estado que ha “conquistado” AMLO es un estado débil, flexible, casi un estado fallido. La intención de resolver los grandes problemas nacionales con un discurso moral y una conducta ejemplar que pocos seguirían, no deja de ser sólo eso: una intención. La verdadera situación del país tiene algo que ver con la corrupción del gobierno, pero mucho con una estructura de poderes formales y fácticos que han superado los controles democráticos establecidos en la Constitución al instituir la división de poderes.

La dinámica social ha superado la capacidad del Estado en todos los sentidos: la economía corre por su propia pista cada vez más autónoma, más globalizada; la sociedad civil, a pesar de las limitaciones constitucionales, ha logrado influir en algunas políticas públicas; el desarrollo nacional se ha regionalizado: el centro y el norte progresistas, industriales, con creciente bienestar, con oportunidades para sus habitantes y para un importante flujo de inmigrantes del sur; el centro con un desarrollo urbano desordenado y una sociedad rural en semiabandono; y el sur y sureste  con graves problemas sociales, de carencias, pobreza, falta de oportunidades, con la  necesidad de una política de inclusión y desarrollo que les garantice alimentación, educación, salud y vivienda dignas.

Para tener una verdadera paz social es necesario reducir las brechas de desigualdad en la sociedad urbana y rural y abrir las puertas a la participación social en las políticas públicas.

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