Belcebú y el tigre - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 06 de Julio, 2018
Belcebú y el tigre | La Crónica de Hoy

Belcebú y el tigre

Aurelio Ramos Méndez

Sí había tigre. Y también Mandinga. Lo prueba la dimensión sideral del respaldo logrado por el candidato triunfante en la elección presidencial y la nueva fuerza hegemónica representada por Morena.

Miopía u ocultamiento deliberado, fue una irresponsabilidad mayúscula de los adversarios del ahora virtual Presidente el haber negado la existencia de ambos peligros, Belcebú y el tigre.

Andrés Manuel López Obrador hizo trizas los pronósticos de prácticamente todas las encuestas. Logró una ventaja de ¡más de de 30 puntos! sobre el segundo lugar, Ricardo Anaya, y de 36 respecto al tercero, José Antonio Meade.

Con semejante caudal de votos habría sido jugar con fuego el haber intentado una burla a la voluntad ciudadana.

Escenario éste, el de la defraudación, en modo alguno descabellado o improbable, si se repasa la historia de nuestra democracia.

De hecho, la necedad de pretender sólo días antes de las votaciones instalar a Meade en el segundo lugar suscitó denuncias abiertas de intento de fraude.

La maniobra se pretendió, entre otras artimañas, vía la “revelación” de una supuesta encuesta ultrasecreta e hiperprecisa, de la Coparmex, propalada por líderes de opinión                que –ahora sabemos por confesión de esos mismos periodistas—fue difundida bajo esquemas de publicidad.

Lejos de reconocer la existencia de un felino enjaulado y del maligno queriendo hacer de las suyas, los adversarios del tabasqueño se mofaron hasta cansarse de los avisos de peligro del tabasqueño y de Yeidckol Polevnsky.

Políticos a quienes cabe preguntarles cuáles son las correas de transmisión de la realidad que ellos atienden, se alarmaron a toro pasado. Y vieron algo aún más devastador que el cachudo y el tigre.

“Nos habíamos preparado para un tsunami, pero lo que llegó fue un ataque nuclear”, dijo el perredista, candidato a senador, Juan Zepeda.

No es ocioso recapitular, de cara al futuro, sobre las señales de conflicto poselectoral.

Menos lo es ahora que proliferan quienes, apoyados en los resultados y el comportamiento público ejemplar de los actores políticos, el domingo pasado, sobreestiman la calidad de nuestra democracia.

Por principio de cuentas el proceso electoral fue uno de los más sucios de que se tenga memoria.

Menudearon acusaciones sobre las cuales los ciudadanos estamos a la espera de que la PGR y otros entes de procuración de justicia prueben que no están de ornato. O, ¿aquí no ha pasado nada?

¿No ha pasado nada con la acusación sobre la nave industrial de 54 millones de pesos de Anaya, las supuestas transferencias de recursos públicos al PRI, la captura de emisarios que transportaban ¡20 millones en efectivo! hacia la sede de éste, los departamentos no declarados del inminente Jefe del Ejecutivo?

Acusaciones de corrupción alcanzaron a todos los contendientes, incluido el abanderado priista, presentado como paradigma de la honestidad y quien –por cierto--, al reconocer la victoria del de Macuspana, reivindicó tal condición.

“Me voy como llegué: con la frete en alto y el corazón lleno…”, dijo Meade, con voz quebrada, sólo minutos después del cierre de casillas. Sonó bien, pero fue mendaz.

Meade llegó a la contienda con fama —hasta donde se sabe, bien ganada—de honesto e incorruptible. Acabó como benefactor y amigo o tapadera de personajes de la peor calaña  que lo acunaron y apapacharon.

Y acabó también Meade con su buena fama desteñida, como funcionario indolente que durante dos décadas cohonestó —al menos con su presencia—algunos de los peores actos de rapacidad desde el servicio público.

A manera de corolario, contribuyó a la peor votación que haya recibido el tricolor en sus 89 años de existencia. Saldo suficiente como para decirles a quienes esperaba que lo hicieran suyo: “¡Lo siento, encogí el partido!”.

Ríos de tinta han corrido ensalzando la imparcialidad de las instituciones electorales, la civilidad de los candidatos, el patriotismo de los funcionarios de casilla, de los representantes de partidos; la objetividad de los medios…

Conviene matizar el entusiasmo. La verdad de las cosas es que fue el poderío del ataque nuclear lo que inhibió la factibilidad de defraudación y, por consiguiente, el peligro del tigre suelto y el patas de cabra en las calles.

Fue de tal dimensión el alud de sufragios que no había de otra más que aparecer, si no civilizados, sí resignados. Imposible con tan alta votación explorar camino alguno para tratar de revertir la victoria del Peje y sus morenos.

Habría que ver si con resultado más cerrados, de uno o dos puntos, los civilizados participantes en el proceso hubieran actuado de la misma manera como esta vez hicieron.

Habría que ver si Anaya y Meade hubieran reconocido con tanta facilidad la victoria ajena y los encuestadores hubiesen depuesto su condición de instrumentos de presión y propaganda.

Son numerosas las enseñanzas que derivan de las elecciones 2018 y cuyo señalamiento puede ser útil mirando al futuro.

La primera lección es obvia. El poder político no se cede, tiene que ser arrebatado a punta de votos y en un porcentaje aplastante como para imposibilitar el fraude.

Otra, la inconveniencia del arbitraje meramente contempaltivo como el que ejercieron el INE y el tribunal electoral, considerando inherente al ejercicio político, simpe uso de la libertad de expresión, aun los más graves insultos y calumnias.

No sirve a la democracia un arbitraje como si se tratara de un partido de futbol en el cual las faltas pueden no ser sancionadas para dejar correr la acción en aras del espectáculo.

A tal punto llegó la lenidad en estos comicios que los independientes Margarita Zavala, Jaime Rodriguez y Armando Ríos Piter, quienes se inscribieron sin otro propósito que empiojar el proceso, corren el riesgo de quedarse en la inopia por las multas impuestas por el tribunal a causa de gravísimos delitos.

Zavala deberá pagar 3, 224 pesos; Rodríguez, 4,030, y Ríos Piter 4,836 pesos. En conjunto, la friolera de 12, 090 pesos. ¡Menos de lo que cuestan las picudas botas de Bronco! Una burla.

No nos quejemos después, con semejantes instituciones, de los  abusos y desafueros de los políticos. Muchos de los cuales ya se aprestan a librar rudas peleas por el control de los —todavía— principales partidos y el regio financiamiento público que reciben.

Entre lo bueno que ya desde ahora se puede agradecer a esta especie si no de bomba nuclear sí de agente naranja es la poda y defoliación de algunos de los más frondosos árboles del nepotismo.

Quedó fuera del poder una camada de hijos, sobrinos, nietos y parientes de personajes que, de Sonora a Yucatán, infestaban el medio político y parecían decididos al enchufe vitalicio al erario público.

 


aureramos@cronica.com.mx

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