Oaxaca sitiada, de Diego Osorno | La Crónica de Hoy
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Oaxaca sitiada, de Diego Osorno

Oaxaca sitiada, de Diego Osorno | La Crónica de Hoy

(Fragmento)

14 de junio de 2006. Madrugada. Cientos de hombres y mujeres duermen bajo láminas, cartones y plásticos instalados a lo largo de 56 calles del Centro Histórico de la ciudad de Oaxaca. Tendidos en  el suelo, demuestran una sobrada experiencia para reposar en las peores condiciones. Pueden edificar una paupérrima estancia en menos de diez minutos, poner cada nudo para que la lluvia, un fuerte viento o el sol abrasador no acaben con el resguardo, para que el cuchitril sea indestructible, para que sea una casa. Estos oaxaqueños que hoy están en las calles conocen, con precisión cartesiana, cómo y dónde colocar los materiales de la construcción que habitarán durante cinco días, un par de semanas o quizás algunos meses, algo que a ciencia cierta ya no saben porque el fin del plantón no está en sus manos.

Los días del plantón dependen de los tiempos políticos del país, del estado, de los grandilocuentes escenarios político-coyunturales, de los presupuestos públicos, de los ánimos del gobernador en turno, de lo que piensen los funcionarios y de la convulsionada vida interna del sindicato al que pertenecen. En menor medida, la suerte de los hombres y las mujeres que duermen en estas calles depende también de sus conflictos personales, de los problemas que padecen cada uno de los miles de maestros que, desde hace 26 años, se presentan aquí en el Zócalo cada mes de mayo en demanda de mejores condiciones para hacer su trabajo.

Hablar de plantones en Oaxaca no es lo mismo que  hacerlo  en  el Distrito Federal o en Monterrey –si acaso esta apática ciudad del norte ha tenido alguno en los últimos años. En Oaxaca plantarse es una tradición antes que una manifestación. Mientras los políticos y dirigentes sindicales se reúnen en hoteles y oficinas, el plantón se convierte en el escenario de una animada vida social. Los plantones son centros de protesta además de espacios de reencuentro y tertulia, el plantón es el lugar en el que se relacionan los habitantes temporales y los visitantes. En la calle se suceden discusiones sobre temas baladíes o trascendentes mientras el entorno se transforma en centro de negocios y trueque, como llaman los indígenas a las operaciones mercantiles que realizan entre ellos desde antes de que se inventara el capitalismo. Aquí la cultura del plantón está tan firmemente arraigada que los “plantonistas” tienen su propia emisora de frecuencia modulada (FM); la estación sin permiso legal no podía llamarse de otra forma que Radio Plantón.

La gente común, ajena a la protesta en ciernes, no saca la vuelta a los plantones. Quizá porque desde que nació ha convivido con ellos, porque forman parte de sus pláticas diarias o porque hace ya mucho tiempo son el paisaje ocasional en este Centro Histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). Esto de protestar es incluso un cliché que pesa sobre los oaxaqueños, cliché que tiene mucho de cierto. La mayoría de los secretarios del actual gobierno participó en marchas, manifestaciones o tomas de edificios públicos en algún momento de sus vidas. Por ejemplo, Heliodoro Díaz Escárcega, presidente de la Cámara de Diputados en 2006 y segundo de a bordo en el gobierno de Ulises Ruiz Ortiz, incendiaba camiones durante las marchas contra Manuel Zárate Aquino, gobernador removido en 1977 por el presidente José Luis López Portillo. En el caso de los maestros ni qué decir: no existe un solo profesor que no haya participado en una manifestación. En Oaxaca no hay un educador que no haya participado, desde que estudiaba en la Escuela Normal, en alguna protesta o en algún plantón.

Hoy todo parece distinto. Hoy, primavera de 2006, los plantones se volvieron algo malo, inaceptable, retrógrado y reprobable. Esto  es lo que dicen varios de los artículos que publican los periódicos locales, en los que se acusa a los “plantonistas” de despreciables, flojos y asquerosos, de afear la ciudad. La condena que han puesto de moda contra el plantón llega también a la radio. Una sospechosa y recién creada Asociación Estatal de Padres de Familia firma un spot en el que se escucha, cada 15 minutos, a un grupo de niños gritando: “¡Maestro al salón, no al plantón! ¡Maestro al salón, no al plantón!” Los políticos que antes habían pedido atender las demandas de los plantones también los odian ahora. Por medio de un pronunciamiento público, supuestamente 310 de los 570 presidentes municipales del estado cuestionan esta práctica. Los empresarios, que no podían faltar, también condenan a los “plantonistas” desde el canal de televisión del gobierno.

¡De pronto el mundo entero muestra su odio contra los plantones!

Pero de entre todos los que detestan los plantones hay un hombre que destaca, alguien que desde 2004, durante su campaña prometió que de ganar las elecciones no permitiría nunca más un plantón; hombre excepcional que, a pesar de ser oaxaqueño y político, nunca participó en un plantón. Un hombre formado en las grandes ligas de la política nacional con el auspicio del PRI, un hombre que ahora, en plena madrugada del 14 de junio de 2006, cumple  un año y medio  de ser mandamás del estado. Un hombre cuyos modos dejan en el aire la contradicción de los mugrientos plantones: el aroma de las lociones francesas y la brillantina nacional. Ese hombre es el gobernador, el hombre que odia los plantones.

Nos plantamos en el Zócalo el día 22, después de haberle dado una semana al gobierno del estado; luego del 15 de mayo porque somos tolerantes. Hasta esa fecha no se tenía ninguna respuesta, a pesar de que el pliego petitorio se entregó el 1 de mayo. Entendemos que en la agenda del gobierno no solamente está el sector educativo sino las demás necesidades del campo y la ciudad, por eso se les dio tiempo. Pero llegamos al día 22 con un paro indefinido y una sola respuesta del gobernador: ¿Lo toman o lo dejan? Le apostaban al desgaste de este movimiento, pero ya ve usted… qué chingados nos íbamos a desgastar.

Todavía estaba oscuro cuando entraron los policías estatales. Era temprano, apenas se veían las nubes de gas lacrimógeno, desde entonces tan grandes como las que imponentemente aparecieron horas después, con la luz del sol, durante la batalla. Era la misma plaza de las noches de parranda de los turistas extranjeros, en la que los combatientes dormían y donde caerían centenares de cartuchos, cuerpos lastimados, piedras lanzadas con hondas, botellas de refrescos. Sangre y destrucción.

Somnolientos, con los pantalones arrugados como acordeón, los “plantonistas” despertaron a las 3:00 de la mañana con la misma advertencia: el rumor de guerra recorría las calles. Con un altavoz, mientras otros maestros prendían una fogata con leña y llantas viejas, un profesor de secundaria, llamado Rosendo, buscaba encender otra fogata, la del espíritu de sus compañeros:

–¡Vamos, vamos! Este debe ser el último día en el poder de Ulises Ruiz –arengaba para luego desafiar al aire–: ¿Me oyes, Ulises Ruiz?, ¿me oyes? ¡Que te quede bien claro: este va a ser tu último día en el poder!

Los estudiantes de la Escuela Normal de Maestros vigilaban los cuatro accesos principales al plantón. Ellos dieron el aviso: estaba iniciando una ofensiva en su contra. La mayoría de las mujeres dormía en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma Benito Juárez, ubicada a dos calles del Zócalo. En el lugar, una maestra proveniente de la costa salía en busca de un nuevo refugio con su bebé en brazos. La alarma crecía junto con los gritos, las indicaciones confusas y la desesperación.

–De aquel lado, compañeras… no, no… de aquel lado, apúrense.

–Tápalo bien, Martha, que no le caiga el gas de estos hijos de la chingada.

Las maestras corrían adormiladas, con los cabellos alborotados, las miradas modorras, los semblantes temblorosos. El cuadro hizo que los hombres se encabronaran aún más.

 

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